Martes, 28 Noviembre 2017 00:00

Reflexiones sobre la muerte y el envejecimiento

Escrito por 
Valora este artículo
(5 votos)

Dice Fernando Savater que “quien consigue arrebatar tiempo a la muerte, la aplaza PERO NO LA DERROTA. Sigue amenazado por ella, tanto si le queda una hora de vida como un siglo, o un milenio, porque los mortales siempre están a punto de morir”.

 

Este concepto debería ser tenido en cuenta cuando abordamos tareas perentorias que exige la supervivencia: cuidar las enfermedades con medicinas adecuadas, hacer cálculos de revisión de vida útil de un artefacto antes que éste estalle en mil pedazos por su obsolescencia y comprender acabadamente que en este mundo TODO SE GASTA -aún por su buen uso-, y queda sujeto a la ley de la finitud.

La Argentina “atada con alambre”, y la retórica que acompañó siempre al kirchnerismo, acaban de ponernos ante la evidencia de un fracaso aún peor que lo imaginado: de qué manera cruel se pone en juego el fin de la vida cuando la soberbia se apodera de las personas creyendo que pueden torcer el brazo a la naturaleza de las cosas.

Los testimonios de la época en que Agustín Rossi y Nilda Garré estaban en el Ministerio de Defensa, permiten recordar los bombos y platillos con que se presentó en sociedad la reparación (¿con alambre?) del submarina ARA San Juan.

Ni qué decir de los 30 años que nos aseguró Cristina Fernández prolongaría su gallarda figura sobre el mar exhibiendo las bondades de la “mano de obra argentina”.

Esa manía estúpida que nos ha llevado a desconocer que en materia de tecnología seguimos muy atrasados respecto de un mundo que avanza a pasos agigantados y podría proveernos muchas veces de la ayuda necesaria para resolver problemas técnicos de cualquier índole, alejándonos de las improvisaciones propias de los novatos.

Son las bondades de una globalización “amigable” que siempre ha parecido molestarnos.

De nada sirve que de tarde en tarde aparezca entre nosotros algún geniecillo iluminado con dotes genéticas especiales que se destaque en alguna actividad científica determinada: ha quedado demostrado que solo se trata de una aguja en un pajar.

Por otro lado, y para mal de nuestros pecados, nuestra sociedad jamás ha acompañado a estos talentos solitarios.

Nos resulta asombrosa la manera en que se han amañado las estadísticas de casi todos los gobiernos de los últimos años para exhibir eventuales cualidades “instrumentales” ligadas a resultados técnicos que parecen relatos de ciencia ficción.

La verdad es que hemos sido totalmente indiferentes a los cambios culturales imprescindibles para distinguir la “diferencia esencial entre una vida de continuo amenazada y limitada por la muerte y una hipotética vida susceptible de continuación indefinida” (Ferrater Mora).

¿No nos hemos sentido acaso por ello más temerosos de una muerte a la que hemos creído aplazar sin pensar en ella? ¿No hemos ido soportando así al mismo tiempo con mayor zozobra y angustia su creciente proximidad, ignorándola en forma infantil e irresponsable?

Cuando decíamos hace algunos días que la herencia cultural del kirchnerismo había agravado algunos males que han echado raíces en la sociedad, aludíamos también a lo que ocurre con todos aquellos que pretenden enfrentarse con la fatalidad de la muerte y la obsolescencia utilizando caminos equivocados y temerarios.

Tragedias como las del submarino ARA no deberían remover cúpulas de mando en nuestras fuerzas armadas solamente, sino abrirnos los ojos para decidirnos a abandonar en forma perentoria un estilo de vida donde seguimos decidiendo la prolongación de la existencia mediante pócimas y prácticas de “magia tecnológica”.

Una longevidad sana –de cualquier tipo que ella sea-, debe evitar la presencia anticipada de una muerte -que hubiese podido preverse a tiempo-, para volverla menos cruenta, considerando seriamente el deterioro que produce el envejecimiento y reconociendo la finitud que caracteriza la esencia de todas las cosas que existen en este mundo.

Mucho más aún si de lo que se trata es de la vida humana.

Echar las culpas a “otros”, que participan con nosotros en el desconocimiento de la realidad, no soluciona nada. De lo que se trata es de variar radicalmente la orientación de nuestras convicciones personales, aceptando que no existe, ni existirá jamás, una lozanía eterna que pueda asemejarse a la vida imperecedera de los dioses mitológicos.

Deberíamos de tal modo cuidar quizá mucho más la vejez que la muerte, porque la muerte suele ser, como en este caso, la consecuencia de todos los males que nos afligen, dejándonos al final dolores y humillaciones como los que nos ha deparado la explosión del submarino “reconstruido” por los K.

Algunos, probablemente muy pocos, se estarán preguntando alarmados hoy (y nosotros con ellos), cuál será la próxima tragedia que nos ponga frente a nuestra  insoportable y proverbial levedad cultural; y si alguna vez aceptaremos la experiencia de quienes suelen encarar estos problemas sin atender “razones de oportunidad”.

Muchos trastornos que hemos vivido en estos años, no provienen de una mala voluntad humana, SINO DE LAS FALSAS IDEAS Y ERRORES QUE HEMOS  COMETIDO AL BUSCAR LO QUE MÁS NOS CONVENÍA.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Visto 612 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…