Lunes, 04 Diciembre 2017 00:00

Militares en el limbo

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La tragedia del ARA San Juan habla del desmantelamiento de las Fuerzas Armadas.

 

A muchos les gusta creer que la Argentina es un país en que todo suele cambiar con rapidez desconcertante. La verdad es otra. Mientras que la Europa occidental de 1985, digamos, era radicalmente distinta de lo que había sido cuarenta años antes, aquí abundan quienes piensan como si aún estuviéramos en 1977. Para ellos, las Fuerzas Armadas siguen planteando un peligro mortal a la convivencia democrática y el respeto por los derechos humanos, razón por la que quieren mantenerlas enjauladas, mal alimentadas y, sobre todo, despreciadas. Parecería que la clase política civil, luego de casi medio siglo de sentirse bajo la tutela de “los milicos”, decidió someterlas a un período igualmente largo de humillación.

Tuvo que suceder un drama como el de la desaparición del submarino ARA San Juan, con 44 tripulantes a bordo, y la espera angustiante de novedades que se prolongaría día tras día, para que, por fin, una parte sustancial del país comenzara a cuestionar la política de negligencia poco benigna hacia las Fuerzas Armadas que adoptaron casi todos los gobiernos democráticos anteriores al actual.

Puede que, como dicen los voceros de la Marina, el San Juan sí estuviera en condiciones de navegar bajo el agua desde Ushuaia hasta Mar del Plata sin sufrir percances mayores, pero pronto se difundió la sospecha de que su destino trágico habrá sido consecuencia de la falta de recursos y, quizás, de la corrupción de los responsables, tanto empresas alemanas como funcionarios argentinos, del mantenimiento del submarino. ¿Rumores sin fundamento? Es posible, pero no cabe duda de que, luego de décadas de mezquindad presupuestaria, las Fuerzas Armadas están tan mal equipadas que en cualquier momento podrían producirse accidentes fatales.

Lo mismo que otras instituciones estatales –las reparticiones administrativas, la Policía, el servicio penitenciario, la educación pública, la Justicia–, las Fuerzas Armadas han sido virtualmente inutilizadas por décadas de deterioro económico y la desidia que es propia del populismo. Además de no poder emular a sus equivalentes del resto del mundo que se han visto revolucionadas por la incorporación de nueva tecnología, han tenido que enfrentar los prejuicios de quienes las ven como anacronismos que no sirven para nada, a menos que sea para aportarles información acerca de las actividades de sus rivales políticos: fue esta la alternativa ensayada por el general César Milani al procurar sumar el Ejército al “proyecto nacional” de la entonces presidenta Cristina.

¿No sería mejor –se preguntan algunos– hacer lo que hizo Costa Rica y abolir las Fuerzas Armadas, de tal modo ahorrando muchísimo dinero que el país podría gastar en salud, educación y subsidios sociales? Las respuestas tradicionales, según las que son necesarias para defender el territorio nacional contra potencias extranjeras interesadas en adueñarse de pedazos, no convencen. Aunque ciertos estrategas militares continúan mirando de reojo a los chilenos y británicos, sorprendería que tomaran en serio tales hipótesis de conflicto; como sus homólogos de otras latitudes, les es habitual teorizar en torno a eventualidades improbables que, entre otras cosas, sirven para justificar el oficio al que se han dedicado.

Ya antes de la pérdida de contacto con el ARA San Juan, el gobierno de Mauricio Macri preparaba una modificación “estructural” de las Fuerzas Armadas en que poco ha cambiado desde la guerra de las Malvinas, de ahí el superávit de generales, almirantes y brigadieres, pero convendría que pensara en reformas mucho más profundas que las que tiene en mente para adaptarlas a los tiempos que corren. Sería reconfortante suponer que, por ser tan reducido el riesgo de que se vea invadido por británicos, chilenos o brasileños, para no hablar de bolivianos, paraguayos o uruguayos, el país podría conformarse con un aparato militar meramente simbólico, pero pensar así sería poco realista.

En los países considerados avanzados, todos salvo los contestatarios más ilusionados entienden que a menos que cuenten con fuerzas armadas altamente capacitadas que puedan reaccionar enseguida frente a una emergencia, su propio futuro sería muy pero muy sombrío. Por desgracia, no hay motivos para creer que el mundo esté por entrar en la soñada época de paz universal; antes bien, todo hace pensar que está internándose en una de conflictos brutales, imprevisibles y confusos.

La Argentina no podrá quedarse al margen de lo que ya está ocurriendo o está por ocurrir en otras partes del planeta. No le convendría intentarlo: al privar a las Fuerzas Armadas de un papel internacional, la postura de neutralidad amonestadora que asumió el grueso de la clase política frente a las guerras mundiales las hizo concentrarse en asuntos internos. En busca de una misión que no implicaría comprometerse con una alianza amplia, los militares terminaron inventándose una en que actuarían como “la reserva moral de la República” o una “elite modernizadora”.

La participación en la fase inicial, antes de la llegada de una nave rusa, de la búsqueda del submarino perdido de la Armada Real británica, además de embarcaciones estadounidenses dotadas de tecnología de última generación, podría tomarse por una invitación a desempeñar un papel activo en la alianza occidental que, a pesar de la voluntad de Donald Trump de subordinar absolutamente todo a los intereses nacionales de su propio país y el deseo de la mayoría de los británicos de salir de la Unión Europea, tendrá cada vez más importancia en los años próximos.

Al darse cuenta sus integrantes de que la resistencia de los norteamericanos a continuar respaldando el orden mundial imperante sin preocuparse por los costos económicos, rol este que heredaron de sus “primos” británicos, estimulaba la combatividad de docenas de otros países, comenzando con Corea del Norte e Irán, además de los atraídos por el yihadismo islámico y bandas criminales sumamente violentas, son muchos los países cuyos gobiernos han llegado a la conclusión de que les será necesario acostumbrarse a defenderse contra enemigos despiadados sin poder depender por completo de Estados Unidos. Aunque Trump ha suavizado su postura ante la OTAN, sigue insistiendo en que sus miembros, incluyendo a Alemania, paguen una proporción adecuada de los costos de lo que, al fin y al cabo, es su propia defensa. Huelga decir que el locuaz presidente norteamericano no es el único en creer que es deber de todos aportar lo que puedan a la seguridad común.

Macri ha hecho de la “normalización” de las relaciones internacionales una prioridad. Lo sucedido al San Juan y el impacto que el desastre ha tenido en la opinión pública han hecho más urgente la tan demorada “normalización” de las Fuerzas Armadas que, desde que abandonaron de modo ignominioso el poder político en diciembre de 1983, cumplen lo que a ojos de muchos es el papel del malo más malo de la melodramática película nacional. Los dos cambios de enfoque así supuestos están interrelacionadas; en su estado actual, las Fuerzas Armadas no están en condiciones de colaborar de manera positiva con los socios naturales del país.

Para más señas, no es tan fácil como muchos quisieran creer discriminar entre asuntos internos y externos. Por motivos que eran comprensibles décadas atrás, los políticos coincidieron en prohibir a las Fuerzas Armadas involucrarse en cuestiones vinculadas con la seguridad interior, obligándolas a limitarse a defender las fronteras contra eventuales intrusos procedentes del exterior. Así pues, no podrán hacer mucho en la lucha contra narcotraficantes a pesar de que, como ya ha sucedido en Brasil, algunas bandas hayan sido capaces de pertrecharse de armamentos apropiados para ejércitos regulares. Por lo demás, no suelen respetar las fronteras nacionales.

Tampoco podrían ayudar mucho las Fuerzas Armadas a sofocar brotes de yihadismo si aparecieran dentro del territorio nacional. El que en Francia y, de forma menos espectacular en el Reino Unido, los militares patrullen las calles en un esfuerzo –poco exitoso pero así y todo necesario– para mantener a raya a los fanáticos, muestra cuánto ha cambiado el rol de las fuerzas armadas en el mundo democrático.

Asimismo, aunque por ahora agrupaciones como la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) no parecen plantear una amenaza demasiado grave, podrían hacer necesaria la intervención de fuerzas mejor entrenadas que las de la Policía, Gendarmería o Prefectura Naval en el caso de que recibieran más apoyo financiero y propagandístico de organizaciones izquierdistas extranjeras o de regímenes ambiciosos interesados en sembrar caos en tierras que les parecen apetecibles.

Prescindir de fuerzas armadas pudo haber sido una opción razonable cuando, por sus propios motivos, la superpotencia reinante garantizaba la seguridad estratégica de países como la Argentina que eran demasiado débiles para hacer frente por sus propios medios a agresores que aspiraban a cambiar radicalmente el orden internacional tan fuertes como la Alemania nazi, el Japón imperialista y la Unión Soviética comunista, pero parecerían que tales días se han ido para siempre. Así y todo, no es demasiado fantasioso vaticinar que, tarde o temprano, el país se vea frente a situaciones en que precisaría la colaboración plena de las potencias militares occidentales. 

James Neilson

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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