Miércoles, 06 Diciembre 2017 00:00

Periodismo de trincheras

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Hace exactamente cien años que el senador estadounidense Hiram Johnson  pronunció aquella conocida frase que señala que “la primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”.

 

Si bien las guerras van desapareciendo en la disputa entre las sociedades democráticas, el espíritu de las viejas trincheras permanece como señal de identidad de cierto periodismo que permanece atado al espíritu de facción. En Argentina ha sido muy visible este fenómeno durante la etapa kirchnerista, pero el cambio político no se ha traducido en un cambio de hábitos que sobreviven como residuos culturales que tardan en disiparse.

Esta deformación interesada de la realidad ha sido muy evidente en ocasión del luctuoso episodio que terminó con la vida del joven Rafael Nahuel en la toma de tierras de Villa Mascardi. Es un hecho policial muy reciente, que está bajo investigación judicial, de modo que los periodistas deberían tratarlo con sumo cuidado evitando ofrecer como ciertos datos que no han sido contrastados ni obran en el sumario judicial. Sin embargo, en algunas notas periodísticas se presenta a Rafael Nahuel como integrante del RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) un grupo radicalizado que se ha atribuido algunos atentados en la Patagonia, pero de cuya real magnitud existen pocos datos. Hasta el momento no existe una sola evidencia o indicio que avale que Rafael Nahuel perteneciera a esa organización.

Para el periodismo de trincheras no existen dudas de que Rafael Nahuel era  un integrante del RAM a quien  le habían “lavado o secado la cabeza”, llevándolo a tomar una decisión equivocada que fue el error que le costó la vida. Se utilizan así estrategias de desprestigio, dirigidas a descargar la responsabilidad sobre la víctima como modo de atenuar la responsabilidad de los autores. Y se omite señalar que aún, en el supuesto que hubiera sido integrante o simpatizante del RAM, nada autorizaba a dispararle por la espalda.

En esta deformación interesada de la realidad no puede ignorarse la participación de una agencia estatal –la ex SIDE- que ha sido tradicionalmente productora de información destinada a perjudicar a los opositores o a ofrecer versiones exculpatorias de los excesos del poder. Este aparato de manipulación informativa fue muy  activo en la época de la dictadura militar cuando se enmascaraban las ejecuciones extrajudiciales como “enfrentamientos armados de las fuerzas de seguridad con elementos subversivos”. Ese aparato sigue activo, como lo evidencian las informaciones coincidentes en la prensa –es decir provenientes de una misma fuente- que situaban, por ejemplo, a Santiago Maldonado en Chile o acuchillado en un enfrentamiento con un puestero de una estancia patagónica.

Un periodista tiene todo el derecho, como cualquier ciudadano, a defender aquellas hipótesis que considera más verosímiles. En esta elección, influyen, sin duda alguna, sus preferencias ideológicas o políticas. Pero lo que no tiene derecho es a dar por ciertos hechos que no están comprobados y organizar una exposición en base a datos falsos.  Como reconoce Marcos Novaro (“Un mundo sin periodistas”), “el espíritu faccioso ha sido desde siempre un factor gravitante en nuestra vida política. No lo inventaron los Kirchner”.

Timothy Garton Ash (“Libertad de palabra”, Tusquets Editores) argumenta con solidez que en las sociedades democráticas reivindicamos la libertad de expresión como fórmula que nos permite acercarnos a la verdad. Aspiramos a tomar distancia de las mentiras fabricadas por el poder en las sociedades totalitarias. Pero debemos reconocer que “tenemos que afrontar una manipulación mediática que es crónica incluso en las democracias liberales”.

Mientras que la libertad de información nos ayuda a aproximarnos a los hechos, la libertad de expresión nos permite conocer las opiniones opuestas sobre hechos políticos que son siempre complejos y controvertidos. De esta manera estamos más preparados para acercarnos lo más humanamente posible a alguna forma de verdad. Como añade Ash, “cuanto más sepamos  sobre cualquier tipo de poder, mejor podremos examinarlo, dado que el poder, ya sea público o privado, siempre necesita ser controlado”.

La libertad de expresión es indispensable para vigilar y controlar lo que hace el Gobierno. De modo que la libertad de expresión se completa con el derecho de los ciudadanos a tener información verídica de  lo que hacen sus gobernantes. El flujo de información va tanto hacia la gente como hacia los gobernantes, labor que solo una prensa libre e independiente hacen posible. El escrutinio público de lo que hace el Gobierno permite mejorar la calidad de su labor al poner en evidencia sus errores, y  los gobiernos deberían agradecer a quienes señalan, con objetividad, sus errores.

La labor periodística demanda una predisposición intelectual a atenerse a los hechos y evitar deformarlos. El periodismo anglosajón ha hecho de esta concepción una consigna: “los hechos son sagrados, las opiniones libres”. De este modo se pretende establecer una clara diferencia entre hechos objetivos y juicios de valor. Sin embargo, en la realidad periodística, esta distinción es difícil de alcanzar, puesto que los periodistas que opinan tratan de convencer, y para ello necesitan ocultar los hechos desfavorables a su punto de vista e iluminar los que son favorables. En el periodismo “militante” esta predisposición es muy marcada, al punto que no se duda en deformar la realidad ofreciendo como datos de la realidad lo que son meras suposiciones o hipótesis no verificadas. 

El único antídoto que existe frente a esta inevitable tendencia de los seres humanos a caer en el estrabismo ideológico es la existencia de un periodismo que hace del rigor intelectual una señal de identidad. La credibilidad ganada por periodistas de investigación como Hugo Alconada Mon o María O´Donell, -debido al esfuerzo por interrogar a la realidad y chequear los datos recibidos de distintas fuentes- o la ecuanimidad en sus análisis de intelectuales como Eduardo Fidanza, ofrecen una muestra acabada de que otro periodismo es posible en Argentina. Una democracia sin voces críticas y responsables que interpelen al poder sería una democracia sin nervios, un cuerpo sin alma.   

Aleardo F. Laría 
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