Miércoles, 06 Diciembre 2017 00:00

Hoy un juramento, mañana una traición

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Ver el juramento a su cargo de algunos legisladores procesados o investigados seriamente por la justicia, nos lleva a pensar que el Congreso quizá esté sirviendo solo como órgano de resonancia de sus fechorías ¿promoviendo un arrepentimiento tardío de aquellos que propiciaron su llegada mediante el voto?

 

La prensa y la opinión pública, mirando para otro lado, solo se hicieron eco de la cantidad de “militantes” que los acompañaron, si juraron por esto o por aquello y de qué manera estaban vestidos.

De su moral fluctuante, NADA.

El saber, los talentos, la honradez y otras cualidades que se atribuían a los hombres públicos en algún tiempo muy lejano, brillan nuevamente por su ausencia, haciéndonos dudar qué podremos sacar en limpio de estos personajes casi impresentables.

No puede quedar ninguna duda que se postularon por el deseo de alejarse de ciertos pormenores de historias que los comprometen, disponiéndose a aceptar con cara de póker las invectivas de los pocos que aún siguen poniendo en aprietos su desfachatez para poder “zafar” de eventuales condenas judiciales.

Muchos de estos “algunos” ya han demostrado que son personas sin convicciones morales y totalmente consecuentes con los principios políticos que defendieron siempre: caminar hacia donde sopla el viento de sus propias conveniencias personales.

Menem y Cristina Fernández son dos paradigmas que resultan algo así como monedas falsas de poco valor, permaneciendo atentos a elaborar sus “nuevos” discursos retóricos y nubosos que versarán –como nos tienen acostumbrados-, sobre una realidad ficticia que solo existe para proyectarlos al Olimpo que se han diseñado para sí.

Para ellos, la inmortalidad del bronce no es una mera alternativa, sino un imperativo excluyente. Tanto como los viajes a la estratósfera de Menem y las rutas a ninguna parte construidas por Cristina y sus “amigos”.

Si se desea tener noticias de un país y formarse de él un concepto cabal, no hay más que estudiarlo a través de su apego o lejanía con la verdad y la honradez; y la mucha o poca preocupación que esto genera entre los ciudadanos. Ninguna de ambas cosas parece haber exhibido su mejor cara.

Hemos visto una vez más de qué manera el Congreso se embarrará con la llegada de quienes seguirán proponiéndonos desde allí sus habituales falsos axiomas, sus definiciones inexactas y muchas, muchísimas palabras sin definir verdaderamente lo que piensan.

¿Por su propia conveniencia? Seguramente ¿Para “hacer lío”, aprovechando ad referéndum lo propuesto imprudentemente por el Papa Francisco a algunos jóvenes rebeldes del mundo? Probablemente también.

Sospechamos que cuando un edificio alberga raciocinios y conductas extravagantes, que se corresponden con el comportamiento de quienes han demostrado no ser merecedores de aplauso alguno, puede ocurrir que el mismo se desmorone en algún momento por falta de cimientos, provocando una onda expansiva de efectos impredecibles.

¿Qué leyes pueden propiciar quienes han probado ser corruptos y venales, sino aquellas que solo sirvan para engañar los oídos de los incautos que aún viven embobados por su presencia?

“Nueva retirada, nueva trinchera, vamos allá. La ley dice: el que contravenga sufrirá la multa de mil reales, y en caso de insolvencia, diez días de cárcel. El poderoso paga los mil reales y se ríe de sus fechorías; el pobre, que no tiene un maravedí, expía su falta rejas adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley?” se pregunta metafóricamente Jaime Balmes.

Y añade: “la pena debe ser apreciada no por lo que es en sí, sino por el daño que causa al paciente y la impresión con que le afecta, pues de otro modo desaparecerían los dos fines del castigo: LA EXPIACIÓN Y EL ESCARMIENTO”.

En nuestro caso, al menos, no abrirles la puerta nuevamente a algún cargo público a través de resoluciones judiciales inexplicables y vergonzosas, Y PONERLOS PRESOS CUANDO CORRESPONDA.

Estamos dominados sin duda por las preocupaciones de quienes no buscan en la ley ni en las cosas lo que realmente hay, sino LO QUE LES CONVIENE PARA APOYAR SUS OPINIONES, creyendo hipócritamente que están trabajando por la causa de la verdad.

Muchos de ellos, oradores dotados de grandes cualidades para interesar y seducir, son una verdadera calamidad pública, pues las emplean en defensa del error, ventilando las cuestiones del Estado sobre las que les toca discurrir sin razones claras, sesudas y austeras, ya que solo están interesados en su mezquina vanidad para generar aplausos.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
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