Jueves, 14 Diciembre 2017 00:00

La verdad no teme la luz

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Si la ex Presidente Cristina Fernández cree que los “pormenores” de la denuncia de Nisman contra ella y varios de sus lugartenientes carecen de fundamento, no debería tratar de echar humo con su palabrerío habitual sobre algunas conclusiones del dictamen del juez Bonadío que mueven a la reflexión.

 

Entre muchas determinaciones obrantes en autos (hemos leído el fallo), hay algunos párrafos, como el que alude a la defensa del propio ex Canciller Timerman, que llaman poderosamente la atención.

El hecho de manifestar que se reunió en un hotel cuyo nombre “no recuerda” (?) con el Canciller Iraní para “analizar” el memorando y luego de repasarlo juntos pedir instrucciones operativas a Cristina, SIN HABER RECIBIDO ASESORAMIENTO DE QUIEN TUVIESE LOS CONOCIMIENTOS JURÍDICOS NECESARIOS PARA EMITIR OPINIÓN FUNDADA ofende el sentido común.

¿No suena extraño dado lo ambiguo de algunos términos empleados en dicho  memorando?

Ni qué hablar si se comprueba -hay “escuchas” que contribuyen a ello-, que el objetivo final del mismo era recibir fondos iraníes (¿diez mil millones de dólares?) para evitar que el gobierno K se fuera a pique en las épocas del cepo cambiario.

Es decir, un objetivo meramente comercial de características totalmente espurias.

Habría que dejar la supuesta mirada “política” del juez Bonadío, para concentrarse en los aspectos “jurídicos” de estas cuestiones. Que no se haya enjuiciado antes a los hoy procesados no modifica el valor de las pruebas.

Es de eso de lo que hay que hablar.

Al respecto, habría que recordarle una vez más a la arquitecta egipcia y abogada exitosa cuán pernicioso es el influjo de las pasiones cuando éstas impiden tomar conocimiento de la verdad, como le ocurrió cada vez que trató de eliminar obstáculos que pudiesen detener su marcha para ser recordada como una auténtica semidiosa.

Siempre fue una parlanchina compulsiva con grandes dotes oratorias, que manejó las cuestiones públicas de manera “epidérmica” y es muy probable que este asunto tan espinoso la haya convertido finalmente en una víctima de sus propios embrollos “imperiales”, porque mirando bien las cosas ¿quién puede haberla aconsejado que se metiera repentinamente en camisa de once varas para “arreglar” (?) el tema de la AMIA ayudándose de improvisados y malvivientes?

Alguna vez hemos dicho que uno de los peores defectos del kirchnerismo consistió en su incompetencia y rusticidad para poder resolver los asuntos confiados a su cargo. De este modo, Cristina y los suyos vivieron siempre aferrados “al rescate perpetuo del mundo” sin que nadie se los pidiera, tratando de moldear los asuntos de gobierno a su gusto y paladar, de manera improvisada y egocéntrica.

¿Por qué debería ser una excepción pues el haberse enredado en “misiones” diplomáticas incomprensibles?

¿A santo de qué se metió la ex mandataria con Irán, una cultura milenaria especialista en sacar las migas de un sendero para que cualquier Pulgarcito extraviase el camino de retorno?

Alain Decaux, historiador de una honestidad poco común, sostenía que era necesario dar nueva luz a muchos acontecimientos que parecen escaparse de su resolución definitiva dejando en la oscuridad más absoluta algunas páginas turbias, PARA LOGRAR LA RECONSTRUCCIÓN DE LAVERDAD.

Y es eso, al menos, lo que debemos hacer los argentinos: investigar y “revolver” sin prejuicios algunos hechos de la política que rozan la criminalidad y aún hoy parecen lejos de nuestra comprensión; y hacerlo, aunque en el camino se rocen intereses de quien fuere.

Pero es quizá demasiado pedir para quien como la ex Presidente solo tuvo visiones de “contrarrevolucionarios e infiltrados” (¿) que le impidieron a su gobierno y al de su esposo Néstor el poder consumar sus anhelos de instalar un nuevo tipo de democracia que “delegara” en ellos las facultades necesarias para decidir sobre la vida y hacienda de todos los argentinos.

Alrededor de este sentimiento compulsivo, inflamó y unificó a quienes identificó con habilidad como “desplazados del sistema” sumergiéndolos un poco más en su ignorancia y limitándolos con un cepo doctrinario que le permitiera mantenerlos dentro de su zoo ideológico.

Para ella, las únicas garantías de que se estaba frente a la verdad, era que la misma hubiese sido interpretada por la maquinaria de desinformación a cargo de sus adláteres, entre quienes se destacó netamente Carlos Zannini.

Para este ex maoísta había que “disciplinar” el pensamiento de los militantes creando una nueva conciencia popular -“la verdad solo está donde yo digo que está”-, anulando toda posibilidad de disenso.

En ese escenario, marchó hacia adelante CFK embobada en sus pensamientos “sublimes” (¿), creyéndose dotada de virtudes excepcionales, mientras se aferraba a verdades simbólicas que no resultaron más que patrañas, desparramándolas “vegetativamente” -como hubiese dicho Ortega-, en todos los ámbitos sociales en los que intentó construir su poder.

Cada vez que expresó diagnósticos sobre la realidad, demostró su incapacidad absoluta para aceptar un hecho contundente de la realidad: quien desea llegar a una justa conclusión en torno a una teoría cualquiera, como señalaba un gran jurista como Rudolph von Ihering, “en lugar de detenerse en la enumeración de los inconvenientes que por ventura puede llevar consigo, debe considerar TODO EL CONJUNTO DE EFECTOS QUE LA MISMA PUEDE ENGENDRAR”.

Por el contrario, se arrogó siempre la pretensión de sentirse investida por el derecho para definir los alcances de la verdad, olvidando que hay quienes, como en este caso, están llamados a decidir si el mismo es, finalmente, un verdadero derecho “real”: los jueces.

Uno de ellos, siguiendo esa línea sustentada por quienes respetan las instituciones republicanas, es quien, casualmente, ha decidido incriminarla con fundamentos jurídicos bastante sólidos como para que deban ser debatidos -al menos-, sin descalificarlos livianamente.

Decir que en su dictamen Bonadío “ha seguido instrucciones de Macri”, vuelve a ofrecer el rango de pobreza de ciertos argumentos que caracterizan a los kirchneristas en todos los asuntos en que son investigados por sus desaciertos y tropelías.

Mientras tanto, a los que supimos desde el vamos adonde irían a parar con sus paparruchas, nos acompaña el consuelo de Dostoyevsky: “el gran misterio de la vida, es cómo las viejas penas se convierten, gradualmente y con el tiempo, en serenas alegrías”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
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