Miércoles, 03 Enero 2018 00:00

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda (O el fin de los artificios)

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Si las palabras de Cristina Fernández fueran un fluido que tuviese que pasar -como las aguas servidas-, por conductos específicos para su evacuación, éstos  necesitarían tener un diámetro inexistente en el mercado que los provee, lo que provocaría un taponamiento trágico en las cámaras sépticas de “amortiguación”.

 

La metáfora es algo escabrosa si se quiere, pero es el pensamiento que genera el contenido de intervenciones públicas de una oralidad desechable, donde la materia prima es siempre “densa” y podría desatar eventualmente una epidemia infecciosa entre quienes deben soportar sus efluvios.

Resulta claro que insiste en actuar como esos perros que ladran intempestivamente, hasta que los vecinos inician una enérgica petición para que sus propietarios los contengan o se muden. Lo grave de este asunto, es que CFK ha quedado en nuestro caso como un perro sin dueño, porque quien solía tenerla “a traílla corta” (Néstor) ya no está en este mundo.

Algo de eso debe haber sentido el senador Pichetto, convertido hoy al autodenominado “peronismo democrático”; sin recordar, posiblemente, que alguna vez gozó y usufructuó en el pasado con la cacofonía de los ladridos cristinistas.

En su reciente intervención en el Senado, la ex abandonó transitoriamente su vestuario de “chica de barrio”, para aparecer con un llamativo vestido de seda con diseño de hojas y flores gigantes (acorde quizá con el concepto de medida que tiene de sí misma), pretendiendo reclamar a viva voz por su situación jurídica personal ante la mirada atónita de sus nuevos “pares”, algo que no estaba incluido en la orden del día de la convocatoria respectiva.

Poco pudo hacer la señora Michetti para ponerla en vereda llamándola al orden reiteradamente, y asistimos así a un “mini” remedo de aquellas cadenas nacionales donde comenzaba a hablar del valor de algunas fórmulas químicas – deformándolas ad nauseam-, y terminaba asegurando que debíamos sentirnos felices de que hubiera decidido proteger nuestro desvalimiento con sus atributos de abogada exitosa y arquitecta egipcia.

Algunas horas antes que esto ocurriera, nos habíamos armado de la paciencia necesaria para oír una de las tantas arengas disparatadas del ex chofer de autobús, hoy Presidente de una Venezuela con 2700% de inflación anual, Nicolás Maduro, denostando a Mauricio Macri con términos soeces, para comprobar, una vez más, la semejanza de sus chácharas con las de nuestra ex Presidente y preguntarnos alarmados cómo es posible que haya quienes se constituyan en “militantes” de personas que rozan algún tipo de esquizofrenia, para permitir que éstas se hagan cargo de los asuntos de Estado y pontifiquen desde allí sobre cualquier disparate.

Aquellos que, desde el vamos, se hacen dueños del poder absoluto engañando a la sociedad con apelaciones falsas, pero, sobre todo, navegando con habilidad y una estridencia que amilana a mucha gente que acepta sus falsificaciones, por una extraña compulsión que los incita a vivir en un escenario de polémica perpetua que les permita postergar “sine die” el enfrentamiento de los desafíos que impone nuestra  era.

Queda así en evidencia que muchos argentinos “del común” no buscan la verdad sino después de haber agotado todas las demás posibilidades, por lo que nos recuerdan unos dichos del actor Peter Ustinov: “algunos individuos son lo suficientemente locos como para creer que lo mejor está siempre por venir”. Son quizá los que, además, cuando la temperatura atmosférica sube y el sol calcina, rezongan y ruegan por una lluvia, que finalmente llega y al mojarlos los fastidia nuevamente.

No hay duda alguna que los efectos de las pasiones son devastadores sobre el entendimiento y son uno de los aspectos más negativos que acechan a un individuo afectando gravemente su inteligencia, sin comprender que los objetos que nos rodean y son parte de la realidad no son susceptibles de ser cambiados por un mero acto de voluntad.

Muchas veces, también, denotan FALTA de inteligencia.

En efecto, cuando el corazón se pone en juego, causa en las personas un sentimiento que les hace creer que dichos objetos han mudado repentinamente su esencia, cuando en realidad no se han movido de su lugar original.

Hace un tiempo que venimos insistiendo en nuestras columnas sobre las características psicológicas que caracterizan el comportamiento de muchos políticos arrogantes y perversos, como así también el de aquellos “militontos” que los siguen masivamente intentando llevarnos por delante a quienes no concordamos con sus divagaciones.

Alguna vez los hemos señalado a los primeros como enfermos de “disemia” (del griego “dis” que significa dificultad, y “semes”, que significa “señal”), una enfermedad psíquica que consiste en una incapacidad de aprendizaje de los mensajes no verbales que reciben de quienes les rodean.

Dicen los psicólogos que un niño de cada diez tiene algún problema en ese aspecto.

En el caso de los adultos, representados hartamente por aquellos a quienes hemos señalado, parecería que entre nosotros el porcentaje debe ser infinitamente mayor, lo que provoca que entre sus víctimas estén quienes no les entienden, por un lado, y por otro, los que absorben los disparates que proponen en relación con sus propias vivencias.

La ineptitud política resulta más dolorosa aún, cuando ocurre en los momentos de mayor peligro: esos en los que es necesario tomar contacto con la realidad “real” para resolver temas acuciantes y afrontar con éxito desafíos políticos, sociales y económicos muy complejos de un mundo sumamente convulsionado hoy día.

Los que malinterpretan las claves emocionales de quienes se dirigen a ellos impartiéndoles una “doctrina” abstrusa, sin apercibirse de que son engañados olímpicamente, suelen a su vez, como consecuencia, conducirse pésimamente en su vida personal, porque la cerril negación de la realidad los “saca” bien lejos de cualquier oportunidad de progreso personal.

Mientras todo esto sucede, la “mona vestida de seda” que ha causado daños enormes a la sociedad, ha recomenzado los últimos arrestos de quien no se ha percatado aún que una porción importante de la sociedad ha dejado de comer vidrio, por haberse cortado la lengua y el esófago al tratar de digerirlo.

Afortunadamente, está probado que con el tiempo y al lado del veneno, la naturaleza de las cosas suele “colocar” el antídoto adecuado y este suele presentarse a través de las apariencias más inesperadas.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
carlosberro24gmail.com 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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