Miércoles, 10 Enero 2018 00:00

La manipulación de la historia

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Nadie parece prestar demasiada atención a los extraordinarios medios tecnológicos que dispone hoy día un narrador, para referir los pormenores históricos de una época, por lo que se ha popularizado la mala costumbre de dar testimonio de la misma mediante distorsiones y falsedades.

 

La vertiginosidad con que suceden los acontecimientos de la vida corriente, contribuye además para que muchísima gente carezca de posibilidades de retener con fidelidad absoluta hechos que desfilan ante sus ojos a una velocidad apabullante.

Ya en los 70, señalaba Alvin Toffler sobre esta circunstancia, cuando advertía que “una de las razones para que nuestras imágenes INTERIORES de la realidad cambien con creciente rapidez, es el aumento de velocidad con que los mensajes cargados de imágenes EXTERIORES llegan a nuestros sentidos”.

En nuestro caso, si hiciéramos caso de algunas anécdotas que han fortalecido el prestigio de algunos políticos pertenecientes a supuestas eras “revolucionarias”, abusando de un “atosigamiento” de apotegmas falsos, podríamos haber concursado fácilmente para algún campeonato mundial de la mistificación audiovisual, mediante el conocido método de SALTAR, GIRAR Y RETROCEDER.

Como es un hecho comprobado que las personas se mueren desde que dio comienzo la vida en la tierra, dejan testimonios que pasan por muchos intermediarios, algunos de los cuales deciden “adornar” el pasado con su propia interpretación del mismo, usando gran malicia para “acomodarlos” en beneficio de intereses oscuros (generalmente vinculados con la corrupción y la venalidad), llegando al punto de inventar hasta las estadísticas que les resulten necesarias para apoyar sus tesis.

Como consecuencia, leemos la descripción de muchas revoluciones políticas modernas siguiendo la opinión de vulgares aventureros que usan ex profeso un tono pomposo y sesudo para dar fe de sucesos jamás ocurridos, tal como aparecen relatados en su “testimonio histórico”.

Para mal de nuestros pecados, se ha extendido la (¿mala?) costumbre literaria de “novelar” la historia y a los supuestos grandes héroes de la misma, con lo cual se termina deformando “a piacere” la rigurosidad necesaria para que el pasado tenga el lugar que le corresponde y no aquel en el que se lo quiere ubicar para fortalecer algunas maliciosas y oscuras ideas de sus autores intelectuales.

Jaime Balmes sostiene que los hechos suelen estar siempre ante los ojos, por lo que muchos relatos de quienes echan mano de colores halagüeños buscando   explicaciones favorables a los mismos, no dejan de provocar –¡afortunadamente!- que “los esfuerzos del historiador apasionado o de mala fe no hagan más que llamar la atención del avisado lector para que fije la vista con atención en lo que hay, y no vea ni más ni menos que lo que hay”.

Desgraciadamente, no todos pueden ser considerados “lectores avisados”, y muchos podrían ser tenidos más bien por “oyentes interesados”.

Para que ello ocurra, el filósofo catalán recomienda que antes de prestar atención a una relación, leamos algo sobre la vida del historiador, “el lugar en que escribió, las formas políticas de su patria, el espíritu de su época, la naturaleza de ciertos acontecimientos y la particular “posición” del relator, para encontrar la clave que explique sus declamaciones, sus silencios o sus reservas; por qué pasó sobre un hecho con pincel ligero y por qué cargó la mano sobre otro”.

Cuando se trata de negociaciones ocultas y secretos de Estado, todo ha de ser leído con extrema desconfianza, insiste Balmes, porque “si difícilmente podemos aclarar la verdad de lo que pasa a la luz del sol y a la faz del universo, poco podemos prometernos tocante a lo que sucede en las sombras de la noche”, concluye.

Vemos así que acontecimientos políticos de trascendencia como la Primera Guerra Mundial, o la Segunda, o el advenimiento y caída de la Cortina de Hierro (por tomar unos pocos ejemplos paradigmáticos al azar), o los pensamientos de personajes que influyeron en su tiempo (Marx, Lenin, Fidel Castro, Hugo Chávez), han sufrido y sufren aún hoy “variaciones” teñidas por falsedades que, en algunos casos, han sido reconocidas como tales luego de muchísimos años de haber quedado establecidas como verdades absolutas.

Para ello, no deberíamos olvidar que la vida del hombre en sociedad ha dado origen a una serie de hechos que representan, en muchos casos, una “filosofía del momento” que correspondería tener en cuenta para no deformarlos y poder relatarlos con mayor justeza.

Se ha visto asimismo que la historia, que suele ensalzar a los defensores de la libertad, el derecho, la felicidad y la paz, es ostentada por la mayoría de los regímenes despóticos, represivos y antidemocráticos, en los cuales todos los que no pertenecen a la clase dirigente terminan sometidos a vivir una manifiesta e intencionada desinformación. Sobre todo, en los países subdesarrollados culturalmente como el nuestro, donde es muy fácil montar escenarios fraguados.

Para poner en contexto local estas reflexiones, no tenemos más que recordar las diferencias esenciales que existieron siempre respecto de las “herencias informativas” recibidas por parte de los gobiernos peronistas con la intención de sumirnos, sin solución de continuidad (¿40 años? ¿50? ¿60?), en un mundo de fantasía que se repitió hasta el hartazgo.

“Pocos son los hombres que se sobreponen completamente a las circunstancias que los rodean, pocos los que arrostran un peligro por la sola causa de la verdad; pocos los que en situaciones críticas no buscan una transacción entre sus intereses y su conciencia. En atravesándose riesgos de mucha gravedad, el mantenerse fiel a la virtud es heroísmo, y el heroísmo es cosa rara” (Balmes).

Es lo que sentimos cuando el peronismo, falsificador de la historia por antonomasia, comienza a reunirse nuevamente para volver a “ofrecer al país el esfuerzo de sus mejores hombres para las elecciones de 2019”, con el inconfesado propósito de reivindicar su identidad política autoritaria y antidemocrática, insistiendo en mantenernos confundidos con relatos que les permitan disimular sus fracasos y perpetuar sus imposturas.

¿Serán dichos “mejores hombres” quienes ya nos han tenido “amarrados” a políticas mafiosas e ineficientes para sumirnos finalmente en el desconcierto y la miseria durante años?

¿De dónde salen los diez millones de pobres que revientan por necesidades insatisfechas hoy día, sino de las barrabasadas (por decirlo con cierta indulgencia) de un movimiento político que nos dejó “pegados” hasta hace unos días nomás a su magma gelatinoso mientras muchos de sus capitostes (Santa María, Balcedo, López, Báez, Kirchner y siga la lista) no saben explicar el origen de su fortuna personal?

¿Da acaso lugar a que quienes intentan vendernos el mismo pescado podrido de siempre nos hablen de que algunos son diferentes porque representan el “peronismo de Perón” (Julio Bárbaro dixit), creyendo que al deformar la perspectiva de verdades pasadas lograrán confundirnos nuevamente?

¿O creen acaso que verán consolidar su prestigio diciendo frases estúpidas como: “¡ojalá volvamos a enamorar a la gente otra vez!” (Insaurralde dixit).

Debiéramos recordar que los abominables atentados contra la libertad y la dignidad en este mundo, se inscribieron siempre en historias que despreciaron dicha verdad PARA EVITAR POR TODOS LOS MEDIOS EL SER JUZGADOS POR LOS CRÍMENES COMETIDOS POR POLÍTICOS INEXCUSABLES.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero   
carlosberro242gmail.com

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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