Domingo, 21 Enero 2018 00:00

Francisco es parte del problema

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El Papa no ha logrado permear en el país su Encíclica que insta a hacer prevalecer la unidad sobre el conflicto.

 

La Argentina ha vuelto a sumirse en estos días en otra de sus repetidas y antinómicas discusiones. Fue detonada por la visita de Francisco a Chile y Perú. La cuarta oportunidad desde el 2013, cuando asumió la jefatura del Vaticano, que merodeó nuestro país sin pisarlo.

Esa ausencia divide agitadamente las aguas sociales. Algo difícil de comprender tratándose de un Pontífice oriundo de la Argentina, convertido además en una referencia ineludible –religiosa y no religiosa-- para un mundo vacante de liderazgos potentes y reconocidos. Aquella discordia, sin embargo, no debe extrañar. Nuestra sociedad no se caracteriza por las miradas convergentes ni por una inclinación a encapsular figuras sagradas. Ocurre con el pasado más remoto y el presente. Ocurre en cualquier ámbito: donde debe prevalecer la racionalidad (la política y la vida pública), la estética (la cultura) y la pasión (el deporte).

Un caso anecdótico refleja esa realidad. Empieza a operar en el país la aerolínea Norwegian, con base en Oslo. El hábito de la empresa es ilustrar siempre la cola de sus aviones con algún personaje indiscutido del país donde vuelan. Después de mucho requisar en todas las historias optaron por Astor Piazzolla. De inmediato una mácula cayó sobre ese genio del tango.

Uno de los problemas que encierra aquel debate, quizás, es el carácter dogmático de ser providencial con que se ausculta la figura de Francisco. Lo posee, sin dudas, desde un punto de vista religioso. Por su prédica y su acción. También se le debe reconocer en el terreno político global. Están sus esfuerzos por sanear internamente las oscuridades del Vaticano. Donde enfrenta todavía serias resistencias. Su presencia en Siria en una instancia crucial. El alivio que supo derramar sobre el agobiado pueblo armenio. El acercamiento que promovió, aún con declives a la vista, entre Washington y La Habana. Su visita a Estados Unidos donde cuestionó al capital financiero por dañar la cultura del trabajo y la producción. La nómina podría continuar también con resultados poco rutilantes, como el caso de Venezuela.

La situación reconoce, en cambio, matices en la Argentina. Nunca desde la óptica religiosa y de su condición de Pastor. Pero Francisco es una persona, con todos los recovecos inherentes al género humano, que nació, se educó, perfeccionó el conocimiento y militó en estas tierras. Bebió de sus raíces culturales más hondas. De sus virtudes y de muchas otras cosas. Pertenece a una entidad, la Iglesia, que amén de congregar a la mayor grey religiosa del país supo desempeñar también un papel político y social en el revuelto y traumático devenir argentino.

La Iglesia no sólo quedó en medio del debate que abrió la última sangrienta dictadura. Antes ocurrió lo mismo en instancias frustrantes para el país. Nadie ignora tampoco la incidencia que, con aciertos y errores, ejerce en la cuestión educativa y en la búsqueda de una mayor igualdad social. Cabría entonces colocar la lupa sobre ese carácter providencial que emana de Francisco.

Tal vez ha sido en esta tierra, por propia pertenencia, donde no ha logrado que se plasme uno de los postulados centrales de la primera Encíclica, Evangelii Gaudium. Aquel que insta a que la unidad prevalezca sobre el conflicto. Y eso sucedería de ese modo porque el Papa no ha sabido aún hacerse observar por la sociedad como verdadero mediador. Tampoco se trata de un actor exclusivo, aunque sí el de mayor influencia. Aquel sentido de unidad jamás prevalecerá sin el aporte de todos los individuos y sectores. Incluidos los medios de comunicación.

Ahora se blande como gran escollo la existencia de la grieta. Una marca registrada a lo largo de toda la historia nacional. Pero que en los años del kirchnerismo –sobre todo con Cristina Fernández en la cima—recobró profundidad. Esa grieta puso un tiempo a Francisco en contra de ese kirchnerismo. Ahora lo ubica enconado contra Mauricio Macri. Jorge Bergoglio pudo haber abonado con gestos esas miradas intencionadas. Pero por el aura providencial que se le adjudica debió haber ensayado alguna solución. Una salida por encima del fogoso pleito argentino.

Resulta inevitable sobrevolar las especulaciones. ¿Por qué no rompió esta encerrona no bien asumió, cuando aquí mandaba Cristina? ¿Por qué no aprovechó el 2014, un año de transición, sin elecciones? Porque, sostienen en el entorno del Papa, se hubiera interpretado como un presunto apoyo a un Gobierno que venía en declive popular. ¿Por qué entonces no haberlo hecho en el 2016 o ahora mismo, aprovechando su gira por Chile y Perú?

Porque temería, dicen aquellos mismos intérpretes, ser aprovechado por el gobierno de Macri o tironeado por Cristina. En suma, el Papa ha quedado en medio del problema. Porque a lo mejor forma parte de él. Se lo observó en Chile con un gesto crispado y un lenguaje impropio para quien predica la armonía. Con desagradables huellas de su pensamiento político. Fue cuando replicó acusaciones sobre un obispo chileno acusado de pedofilia. Lo cierto es que los senderos para volver al país se le estrechan cada día más. Superado este año vendrá el recambio o la continuidad presidencial. Un escenario peor que los que han pasado.

Tampoco podrían aguardarse golpes de magia. Un reflejo muy común del imaginario argentino. ¿Si Francisco sentara a una misma mesa a Macri y a Cristina, como se conjetura, nacería una reconciliación? Improbable. ¿Podría ocurrir si convocara a todos los ex presidentes vivos? También improbable. La importancia no radica en esos gestos de manual. Estaría en todo caso en que el peso específico moral del Papa pueda servir como punto de partida para una lenta reivindicación y convivencia colectiva.

Quizá vale reparar, en ese aspecto, en lo que en otra época no cotejable con la actual hizo Juan Pablo II. El primer Papa no italiano desde 1522, ungido en 1978 luego del fallecimiento de Juan Pablo I. En su segundo viaje fuera del Vaticano, en 1979, regresó a su tierra natal, Polonia. Recorrió varias ciudades cuando el régimen comunista de esa nación del Este europeo todavía conservaba vigor. El Muro de Berlín, vale recordarlo, cayó recién una década más tarde.

Karol Wojtyla se convirtió en un ariete contra el régimen. En 1983 repitió aquella visita durante una semana y sacudió las fuerzas sociales y estructuras del país. Fortaleció el movimiento sindical Solidaridad y empinó la figura de Lech Walesa. Que, sin demasiadas luces, terminó siendo el primer presidente de una Polonia no comunista. Pero Juan Pablo II en todo el derrotero logró modelar algo. Una sociedad que perdió temores, recuperó valores básicos (diálogo) y se encaramó en la conciliación. Luego la historia fue abriendo allí otros surcos. No siempre gratos.

La proximidad geográfica de Francisco en Chile y Perú significó, sin dudas, una incomodidad para el Gobierno. Macri respondió su saludo protocolar, no bien sobrevoló suelo argentino, con cordialidad. Luego aludió a palabras del Sumo Pontífice delante del Gabinete cuando instó a sus ministros a promover la cultura del trabajo. Marcos Peña, el jefe de ministros, sostuvo que no existe ninguna razón política para que el Papa no visite la Argentina. Tal vez no sea político, pero algún motivo hay. Habría que escarbar.

Nexos con el poder no le faltan. Francisco suele tener de interlocutores a Esteban Bullrich, Carolina Stanley y María Eugenia Vidal. También posee llegada, a través de Juan Grabois, asesor de la Comisión de Justicia y Paz del Vaticano, con Mario Quintana, uno de los ministros coordinadores. La gobernadora de Buenos Aires, con algunas decisiones de Macri de la semana pasada, promete volver a colocarse en el centro de la escena.

El Gobierno dispuso por decreto que las subas salariales de los maestros nacionales se fijen de modo automático y no en debate con los sindicatos. El decretismo parece un ejercicio veraniego de Macri. El método ha disparado controversias. Como el mega DNU con el cual modificó 140 leyes. También varió la representación de los gremios y le restó volumen político a Ctera, el sector mayoritario. Clave para definir el éxito o el fracaso de los paros docentes.

La maniobra tuvo un sentido de anticipación. Ctera se había manifestado en contra del 15% de aumento –meta complicada- que el Gobierno aspira para las paritarias que vienen. Aunque a ellos, con el nuevo decreto, les toque más que eso. También auguraron un posible no inicio de las clases en marzo. Algo bastante previsible.

La ventaja del Gobierno reside en que la personalización de la protesta recae en Roberto Baradel. Así ocurrió siempre. Aunque no sea el líder de Ctera sino del principal gremio docente bonaerense. El mismo que desafió el año pasado a una dura porfía a Vidal, que terminó perdiendo. Al menos ante la opinión pública. Las clases comenzaron con retardo en la Provincia pero, aun así, la gobernadora le arrimó a Macri el principal triunfo electoral.

Vidal estaría dispuesta, si fuera necesario, a reeditar la pelea. Enfrenta un calendario que no dispone votaciones. De hecho, empezó a tomar medidas para hacer un blanqueo de las afiliaciones docentes en Buenos Aires. Abrió una página en Internet donde cada afiliado, registrando el DNI, puede verificar en qué situación sindical se encuentra. Los primeros resultados van arrojando sorpresas: en un mes 17.200 docentes comprobaron tener una doble y hasta triple afiliación. ¿Será parte de la campaña antisindical que denuncian Hugo Moyano y Luis Barrionuevo? Recién se empieza a tirar de la punta del ovillo.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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