Martes, 06 Febrero 2018 00:00

Inquisiciones políticas

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El populismo argentino ha fomentado siempre nuestros peores rasgos naturales, estableciendo una contagiosa polémica permanente y consiguiendo al fin que muy  pocos ciudadanos se terminen identificando con las limitaciones del Estado, al no examinar detenidamente ciertos “papeles” del pasado, que permitirían desechar de cuajo lo que resulta verdaderamente inútil a través de su misma probanza.

 

Puede apreciarse claramente que hemos llegado a constituir una sociedad de “individuos” con muy pocas esperanzas en nuestro destino colectivo, cultivando una recurrente nostalgia por ciertas abstracciones que nos han impedido conformar “un movimiento político que nos prometiese un severo mínimo de gobierno”, como solía decir Jorge Luis Borges. Es decir, una institución que no tiene por qué hacerse cargo de todo para todos.

Mediante la gradual intromisión del Estado populista en nuestra vida, personificado por gobiernos mediocres, proféticos y eufemísticos, hemos fortalecido así dicho individualismo “ad nauseam”.

Nuestra vida de todos los días abunda en enigmas que no logramos resolver por falta de auténticas convicciones y los políticos -que provienen de nuestra misma base social, ya que no tenemos noticias de que hayan arribado de Marte en alguna nave espacial-, han fortalecido sus gobiernos con una maliciosa pasión por explotar ciertas razones sentimentales que nos son tan caras –los mejores, los más independientes, los que rechazamos el colonialismo y otras paparruchas por el estilo- que terminaron por volver totalmente difusa la frontera con lo razonable.

La argumentación de los dirigentes sobre sus planes de gobierno, se ha caracterizado por la utilización de una variada batería de entimemas, que no son más que silogismos con que se callan por sobrentendidas algunas proposiciones absurdas de imposible realización.

Los temas políticos y sociales son debatidos entonces sin detallar la esencia de nada, sin profundizar sobre su naturaleza y en forma totalmente descriptiva, alejándonos de unas mínimas definiciones que exhiban calidad, claridad y exactitud al respecto.

Sería bueno recordar quizá, las reglas que sugiere Jaime Balmes para entender mejor de qué se trata el abordar estas cuestiones: “a) agotar el todo; b) no atribuirle partes que no tenga; c) no incluir una parte en las otras; d) proceder con orden, ya que éste se funde en la naturaleza de las cosas, o en la generación o distribución de las ideas”.

Trabajoso, pero perfectamente factible.

A los peronistas, que han ignorado la raíz de estas cuestiones durante toda una vida política discursiva cargada de apotegmas, podríamos replicarles asegurándoles que no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento y que jamás hemos visto en ellos contribuciones memorables para solucionar los problemas de la sociedad en este aspecto, ya que se caracterizaron por haber utilizado métodos argumentales ilusorios, que solo evidenciaron claramente su apetito para llegar al poder y ejercerlo por el mayor tiempo posible, a cualquier costo.

Usando de una dramatización voluntaria, le han hecho siempre diversos planteos dialécticos a la sociedad, con los que proyectaron la imagen de una supuesta doctrina donde pulula el voluntarismo, olvidando totalmente cualquier principio lógico que permitiese coordinar el tiempo y el espacio disponibles.

Borges hubiera definido seguramente sus proposiciones políticas como “un complejo sistema de signos tipográficos, con aspecto inacabado, hirsuto y confuso” (sic).

En estos días en que el gobierno de Cambiemos intenta retomar el equilibrio de todas las variables que deben confluir para permitirnos salir de la maraña dejada en el camino por la ineficiencia kirchnero-peronista, asistimos una vez más a la pobreza de argumentos de quienes no tienen cómo tapar su pasado, atacando al Presidente mediante la edición de fragmentos de su propio fracaso, usando a los más selectos integrantes de su “mafia” intelectual de pacotilla.

A la cabeza de ellos Hugo Moyano, como siempre; mientras los demás se horrorizan y complotan en la oscuridad para seguir “tanteando” su acercamiento al favor popular perdido (¿transitoriamente?) diciendo las cosas de otro modo pero con malicia similar.

Entre ellos Facundo, el hijo mediático del líder sindical, asiduo “almorzador legrandiano” -fiel exponente de una nueva clase media acomodada a los ponchazos-, que no para en mientes para salir en los medios audiovisuales manteniendo romances con “olor a humo” y dirigiendo frases patéticas a quienes le dan prensa, con una ligereza y falta de profundidad que espanta.

Están apostando una vez más a las artes apologéticas del cálculo de probabilidades, uno de los más vanos y frívolos recursos del que pueda disponer el ser humano: desensillar hasta que aclare, sin revelar sus verdaderas intenciones.

Lo que no parecen recordar quienes se suman en la penumbra de sus hogares a ciertos reclamos sobre “estrecheces” de un ajuste inevitable, es que la historia no carece de gradación dramática ni de valor filosófico y nos permite descubrir “la infortunada condición del hombre bajo las especies de un ciego, un leproso o un moribundo” como sostenía Borges.

Por todo ello, sería sumamente valioso que termináramos de entender de una buena vez que los problemas que hoy debemos afrontar, no son más que la consecuencia de una permisiva y cobarde actitud colectiva que nos atañe a todos, POR COMISIÓN U OMISIÓN. Y obrar en consecuencia.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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