Domingo, 25 Febrero 2018 00:00

Mañana y las décadas por venir

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Mañana no habrá en nuestro país una disputa épica, a todo o nada, de esas capaces, por su trascendencia y sus consecuencias, de torcer el rumbo de una determinada política, poner en tela de juicio la gobernabilidad o, lisa y llanamente, darle jaque mate al gobierno de turno.

 

Habrá, sin duda, una pelea que pese a todo cuanto se ha dicho en el curso de las últimas semanas, no reviste demasiada importancia. Puede que resulte una de las más llamativas, pero no pasará de eso. Hugo Moyano carece de la fuerza para torcerle el brazo a Macri. Sin el apoyo de sus pares del sindicalismo nativo ni del peronismo político, ha debido conformarse con dos aliados que sería mejor haberlos perdido en el camino que encontrárselos formando parte de la misma sociedad: el kirchnerismo y la CTA.

El jefe de los camioneros de hace algunos años atrás sí estaba en condiciones de ponerle un palo en la rueda a cualquier administración que le hiciera frente. Éste es un burdo remedo de aquél. Para colmo de males, el desprestigio del que goza a nivel de la sociedad achica aún más el escaso campo de maniobra que todavía posee. No, Moyano es una suerte de cuco desvencijado que ni siquiera asusta a los chicos. Por eso, imaginar una lucha homérica entre él y el presidente de la Nación es una tontería de bulto.

La marcha que se llevará a cabo en la capital federal en pocas horas más no representará un antes y un después. No será un punto de inflexión ni tampoco parte de una guerra declarada cuyo destino sea no tener solución de continuidad. Aun si los gestores del acto, con el camionero a la cabeza, lograsen congregar en la intersección de las avenidas Belgrano y 9 de Julio a una multitud, al día siguiente nada habría cambiado. En cambio, si la situación se desmadrase no por la voluntad de Moyano -que sería el último en desearlo- sino por obra y gracia de la izquierda combativa que aquél no controla y al cual los grupos maximalistas desprecian de la misma manera que el ERP y Montoneros detestaban, en la década de los setenta del pasado siglo, a la llamada burocracia sindical, quien tendrá que pagar los platos rotos será el organizador del evento.

La puja es desigual por donde se la mire. Analizada desde el ángulo que a uno se le ocurra, cualquiera que sea, cuanto resalta es la asimetría de fuerzas. Moyano ha dado un paso que lo ha dejado a la intemperie. En su desesperación lanzó un reto al gobierno y quedó en evidencia su orfandad de aliados y su escaso poder de fuego. Debió cerrar la boca y, en su lugar, vociferó y mostró su juego antes de tiempo. El resultado está a la vista: prácticamente todos sus pares se le abrieron y lo dejaron solo, junto a quienes él nunca quiso estar. Groucho Marx, siempre actual, decía la verdad cuando en una de sus clásicas e imperecederas humoradas -o no tanto- expresó aquello de que es “preferible callarse la boca y mantener viva la duda a hablar de más y confirmar la sospecha”. Claro que Moyano de Groucho sabe poco o nada.

El camionero no perderá su liderazgo en un abrir y cerrar de ojos aunque su peso se reduzca cada día que pasa. Mañana dejará en el camino, aunque no lo reconozca y sume un gran número de participantes la marcha, jirones enteros de su integridad política. Básicamente en razón de que no podrá hacer que el gobierno modifique la dirección de sus velas. Hasta aquí, más allá de algunos comentarios picantes y réplicas más o menos ingeniosas, el macrismo no ha movido sus fichas. Todo el desgaste ha sido de su opugnador. Y lo más seguro es que, en adelante, lo deje obrar, confiado en que el miedo a ir preso lo impulse a equivocarse en el diagnóstico y la estrategia una vez más.

Nótese este dato, un tanto paradójico si no fuese por las resistencias que suscita el camionero en casi la totalidad del arco justicialista. Cuando arrecian las críticas a la política económica; la inflación no cede; el déficit de la cuenta corriente se incrementa; los informes internacionales delatan la debilidad argentina en el caso de que el costo del endeudamiento soberano sea mayor; la pobreza no baja de 30 % y despunta en el horizonte la discusión de las paritarias, Moyano convoca a una movilización a la cual el grueso del peronismo le ha dado la espalda.

Casi podría decirse, sin ánimo de parecer provocativos o rebuscados a la hora del análisis, que al gobierno la alianza de hecho en la que ha quedado embretado Hugo Moyano le viene de perillas. Si dependiese de Balcarce, lo impulsarían al camionero a que siga escalando su pelea. Nada puede resultarle más auspicioso a Macri -en un momento difícil en términos económicos- que tener enfrente, en calidad de enemigos, a buena parte de los personajes y grupos más desprestigiados del país. Cristina Fernández y Hugo Moyano unidos, representan la crónica de un triunfo anunciado para el gobierno. Siempre y cuando maneje bien los tiempos que reclaman prudencia y los que piden a gritos osadía.

Los problemas de Cambiemos no pasan por la batucada callejera moyanista ni por el proceder equívoco del subsecretario general de la Presidencia o el desliz de Jorge Triaca. En el fondo, los mencionados son simples accidentes que no van a mover el amperímetro. La cuestión esencial, que determinará como ninguna otra el rumbo futuro y la suerte del gobierno, pasa pura y exclusivamente por la economía; o sea, para ponerlo en lenguaje popular, por el bolsillo. La víscera más sensible del pueblo argentino, al decir de alguien que lo conocía bien -Juan Domingo Perón- es la clave del asunto.

Las complicaciones que aturden a la Casa Rosada son de índole estructural. Hay doce meses por delante, poco más o menos, en los cuales no habrá ni campañas electorales, ni listas que confeccionar, ni negociaciones que entablar con los radicales de la coalición gobernante, ni pactos que gestar con el peronismo ortodoxo en las dos cámaras del Congreso ni leyes fundamentales que pelear en el ámbito parlamentario. Lo que se dice, un panorama despejado de obstáculos.

Sin embargo, la inflación -es una certeza a esta altura del año- no se ubicará ni cerca de la meta replanteada; el riesgo país es 12 % más alto que a finales de diciembre pasado y el costo del endeudamiento soberano sumó 90 puntos básicos entre enero y febrero. Para complicar aún más la situación, sólo un tercio de las provincias cuenta con superávit fiscal y el déficit de cuenta corriente de la Argentina equivale a 5 % del PBI. En cuanto al sesgo exportador, nuestro país tuvo la peor performance de América Latina en 2017. Entre 2011 y el año pasado la exportación de bienes cayó más de 30 %. Son datos tan significativos como muchos otros, y sobre todos ellos nos hemos ocupado extensamente en pasados Informes.

Al peronismo se lo puede atomizar y vapulear en las urnas. Se pueden labrar acuerdos con gobernadores de otros partidos y generar acuerdos sectoriales con ciertos sindicatos. Son decisiones que se ponen en práctica rápido. En cambio ¿cuánto lleva bajar los costos argentinos y convencer a un país siestero y presuntuoso que sin mejoras en la productividad, la competitividad y la inserción en cadenas globales de valor la Argentina seguirá vegetando en una meseta de mediocridad? La tarea llevará décadas. Macri hace lo que puede.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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