Lunes, 26 Febrero 2018 00:00

Moyano, el gobierno, el aborto y la fábrica de humo

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No siempre acertará en los relatos y las fundamentaciones de iniciativas oficiales, pero exhibe una interesante capacidad para usar en favor propio iniciativas ajenas y para disparar sobre la atención pública temas y enfoques que ocultan o disimulan (al menos por un tiempo) situaciones incómodas o embarazosas por las que atraviesa el poder.

 

Veamos lo que ocurrió en la semana que termina.

Moyano versus la Banca de Andorra

La convocatoria de los camioneros a movilizarse contra la política “de ajuste”, por ejemplo, le sirvió al oficialismo para desplazar de los medios de comunicación el incómodo asunto del hasta el último lunes subsecretario general de la Presidencia, Valentín Díaz Gilligan, titular en un banco de Andorra de una cuenta de más de un millón de dólares que había evitado mencionar en sus declaraciones juradas.

Después de que trascendió la información del diario español El País, Díaz Gilligan trató de justificar el hecho argumentando que él sólo había actuado como una suerte de testaferro del verdadero dueño del dinero, un uruguayo ligado a negocios ligados del fútbol y mencionado en la trama del llamado FIFAgate (alguien debería haberle recordado a Díaz Gilligan la añeja advertencia: “No aclares, que oscurece”).

El funcionario consiguió el caluroso apoyo de su superior inmediato, Fernando De Andreis, y hasta del Jefe del Gabinete de Ministros, Marcos Peña, quienes aceptaron como plausibles sus explicaciones (una simple “omisión”, justificada porque “el dinero no era suyo”, y los fondos “no eran públicos”).

Pese a esos esfuerzos, la situación de Díaz Gilligan se volvió pronto insostenible para un gobierno que arrastraba el resbalón reciente del caso Triaca y todavía soporta preguntas y sospechas sobre los vínculos entre su ministro de Finanzas, Luis Caputo, y compañías offshore en Islas Caimán y una gerenciadora de fondos de inversión en Miami (detalles que este funcionario también habría omitido reflejar en su declaración jurada al asumir).

Los medios principales aceptaron el envite de discutir sobre las culpas que se imputa a Moyano y abandonar por un tiempo a los funcionarios en offside.

En cualquier caso, los socios menores del Pro en la coalición oficialista (radicales, Coalición Cívica) alertaron que había que tomar decisiones más fuertes que encargarle el caso Gilligan a la Oficina Anticorrupción. “Para este gobierno la vara de la exigencia pública está muy alta”, y el recurso a la Oficina Anticorrupción se ha vuelto una instancia poco convincente: para la oposición se trata de un organismo “que se dedica a encubrir funcionarios corruptos de su espacio político” y hasta intelectuales próximos a Cambiemos (los del Club Político Argentino) registran ese desgaste y señalan la necesidad “impostergable de que se delegue esa tarea en personas que no estén directamente identificadas con el partido gobernante y que este organismo sea política y administrativamente independiente del Poder Ejecutivo. De otra manera sus investigaciones sobre los funcionarios en ejercicio seguirán careciendo de credibilidad, y la opinión pública se afirmará en la convicción de que sólo cuando termina una gestión es posible revisar sus actos de gobierno”.

Díaz Gilligan terminó persuadido de que debía apartarse de sus funciones, pero el caso ya había tomado vuelo en los medios y habría sido difícil reducir sus repercusiones y controlar sus daños de no encontrarse tan próxima la movilización articulada por los camioneros. El gobierno sólo tuvo que ayudar un poco para que el asunto quedara amortiguado por la vocinglería alrededor del acto de Moyano.

El gobierno supo sacar esa ventaja mientras el camionero extraía la suya en la calle.

Lo que sabe Moyano

Vale la pena detenerse sobre el multitudinario acto del miércoles 21, que confirmó algunas conjeturas previas (el aislamiento relativo de Hugo Moyano en el sistema de las jerarquías sindicales y paralelamente su capacidad autónoma de maniobra; la cautela con que se relaciona con él el llamado peronismo federal), pero también permitió comprobar otros hechos.

Uno: el kirchnerismo, lejos de ser (como ha expuesto cierto análisis sesgado) “la conducción intelectual” de los sectores que se congregaron ese día, se ha resignado a un papel subalterno. Se conforma con que le permitan participar.

Esto tiene cierta lógica: a esta altura, el mayor (si no el único) activo que ese sector puede ostentar es la cifra electoral bonaerense que consiguió la señora de Kirchner cuatro meses atrás. Pero el país no atraviesa una actualidad electoral; la política se despliega en otros escenarios. Uno de ellos es la calle, y allí Moyano mostró que es más que cualquiera, tanto por capacidad propia como por su capacidad de conducir fuerzas heterogéneas.

Segunda comprobación: el jefe camionero pudo liderar una enorme manifestación que se desarrolló en paz, sin incidentes ni violencia pese a las expectativas de mal agüero que especulaban con las “viejas diferencias” entre las fracciones sindicales más y menos formales, los movimientos sociales y las organizaciones de izquierda. “Conducir el orden es fácil -decía Perón-; la cuestión es conducir el desorden”. En ese sentido, al menos, Moyano demostró que esa asignatura la domina.

En tercer término, pero no menos importante: el gobierno leyó bastante bien el mensaje de los hechos. Moyano podrá estar aislado entre la dirigencia gremial y no caerá simpático a una parte grande de la opinión pública, pero eso no lo convierte en un adversario fácil de vencer.

Para entender los movimientos de la Casa Rosada hay que aplicar el consejo que Néstor Kirchner les dio en Madrid a los empresarios españoles al comienzo de su mandato: “Atiendan a lo que hago, no a lo que digo”. En principio, el miércoles a la noche las palabras del poder sobre el acto de la Nueve de Julio fueron devaluatorias o despectivas (“¿Qué acto?”); pero, en los hechos, Macri destinó a replicar a Moyano a tres primeras espadas, los ministros de Trabajo, de Interior y de Transporte.

Jorge Triaca actúa sobre la opinión interna del sindicalismo, conciente de que la demostración de fuerza de Moyano ejerce su impresión sobre los gremios que se abstuvieron de participar y sobre el conjunto de la situación: un moyanismo vigorizado por la movilización (y aliado en la acción con las dos CTA y hasta con la izquierda) puede representar un peligro en el seno de las organizaciones sindicales, alentando corrientes disidentes, promoviéndolas o amparándolas; los gremios más propensos al diálogo, por otra parte, no dejarán de usar la amenaza del moyanismo como un factor de negociación con el gobierno, que deberá ofrecer hechos, no sólo argumentos o promesas. Allí se pondrán a prueba la muñeca de Triaca y la capacidad de maniobra que le permiten su gobierno y la coalición en que se apoya.

Frigerio, con el mismo condicionamiento, debe convencer a gobernadores e interlocutores del peronismo dialoguista de que se mantengan a distancia de la línea opositora que busca encarnar Moyano. Frigerio sabe que para gobernadores e intendentes del peronismo es más sencillo diferenciarse de la señora de Kirchner que del jefe camionero. Ella, aunque conserve un activo electoral, está ligada a la derrota del peronismo y carga con una imagen negativa altísima. Podría alegarse que también Moyano tiene mala imagen, pero hay una diferencia: ella (como Mauricio Macri y, en general, los políticos) compite ante la ciudadanía en general; el electorado de Moyano, en cambio, son los trabajadores camioneros y la opinión pública que le importa principalmente es la base y cuadros del movimiento sindical. Y allí está fuerte.

El gobierno también leyó en la movilización que Moyano no cayó en la trampa de la provocación o la dureza impotente. Pese a que algunos de sus aliados le requerían a que usara la plataforma del acto para lanzar un paro general, el dirigente camionero prefirió el ramo de olivo: se mostró con fuerza pero dispuesto a conversar. Se desligó del “club del helicóptero” que sueña con la caída de Macri y alentó a su público a pensar el voto futuro (2019), porque “la derrota es transitoria”.

Al gobierno también le reclaman algunos de sus aliados y compañeros de ruta: quieren que deje de lado el gradualismo y avance a fondo contra “la rémora sindical”. Quieren guerra.

El centro del gobierno habla de guerra, pero opta por evitarla o postergarla hasta más ver. Del retiro oficialista de Chapadmalal se filtró una frase clave, que algunos atribuyen al Presidente: “El triunfo es perdurar”.

Da la impresión de que, más allá de frases y aprontes, y más allá inclusive del conflicto real entre dos maneras de mirar la realidad del país, por ahora ninguno de estos rivales quiere arriesgar un enfrentamiento a todo o nada. Macri y Moyano, dos hombres ligados al fútbol, comprenden que hacer goles puede ser importante pero evitar sufrirlos es fundamental. Prefieren, por el momento, ir al alargue y eventualmente, a los penales.

Macri y el aborto

La habilitación del tema de la despenalización por parte del oficialismo puede ser interpretada como otra táctica para hacer tiempo y cambiar la conversación. De hecho así la consideró un opositor de buen trato con el gobierno, como el peronista federal Miguel Pichetto: “Una trampa cazabobos (…) Pongamos un elefante a caminar por la avenida Independencia y así la gente se distrae mirando al elefante”.

Pero la trampa cazabobos puede volverse contra el que la coloca. Pichetto apunta que “es un tema que va a producir una dinámica muy fuerte en el conjunto de la sociedad que no sé si el Gobierno va a poder controlar”.

Por cierto, el tema del “aborto libre” no es una iniciativa del gobierno: viene siendo agitado hace tiempo por corrientes feministas radicales, la extrema izquierda, las organizaciones que promueven la libre elección de género, muchas fuerzas neomalthusianas que propician poner límites al crecimiento demográfico y también corrientes menos coloridas que lo defienden con iguales o distintos argumentos. Pero el hecho de que la fuerza de gobierno propicie, desde el centro mismo del poder, la apertura inmediata del debate parlamentario sobre el asunto le otorga a ésta, de algún modo, la paternidad política actual.

Un columnista de La Nación, Nicolás Cassese, señalaba el sábado 24 que “de aprobarse, sería una ley definitiva en el legado del Presidente” y sugiere que el aborto representaría “para Mauricio Macri lo que fue el divorcio en el mandato de Raúl Alfonsín, o el matrimonio igualitario en el de Cristina Kirchner”. O el voto femenino en el de Juan Perón, podría haber agregado.

Aunque el gurú ideológico del macrismo, Jaime Durán Barba, se ha pronunciado en favor del aborto libre, ni el Presidente ni la mayoría de los hombres y mujeres políticos del Pro ( Pinedo, María Eugenia Vidal, Rodríguez Larreta, Michetti, Monzó, Frigerio, por mencionar sólo algunos) se sentirían orgullosos de esa eventual paternidad. El tema se despacha al Congreso para que ocurra “lo que decidan los legisladores”. No habrá requerimiento de disciplina partidaria.

Lo que al gobierno parece importarle, más que el resultado, es el debate. Que ofrecerá a la sociedad y los medios un tema denso para atender durante algunas semanas, mientras caen las noticias sobre la inflación de febrero, la cotización del dólar o preguntas peliagudas como las que tuvo que responder el ministro de Hacienda en España.

Después…viene el Mundial. “El triunfo es perdurar”.

Jorge Raventos  
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