Martes, 27 Febrero 2018 00:00

Mundo “líquido”, peronismo y encierro cultural

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Se ha denominado a nuestra era como el comienzo de una fase “líquida”, en la que hábitos y modelos de comportamiento tradicionales han comenzado a derretirse y resultan difíciles de ser “recolocados” apropiadamente en el lugar que se les tuvo asignado durante muchos años.

 

La manera de afrontar la realidad está sufriendo una severa crisis, por la velocidad con que acontecimientos de todo tipo desfilan ante nuestros ojos, impidiendo que los incorporemos al mismo ritmo en el que aparecen (y desaparecen).

Este nuevo escenario exige que seamos más flexibles para cambiar de estrategias políticas y sociales que nos permitan abandonar gradualmente ciertas lealtades prestadas a un mundo en estado de extinción.

Los medios audiovisuales reproducen mensajes que duran a veces pocos segundos y los conceptos de “comunidad”, “colectividad” y “totalidad”, que nos referían a tipos determinados de asociación entre individuos dispuestos a encarar el bien común, han quedado heridos de muerte por su influencia, comenzando a propagarse un escenario donde priva el “sálvese quien pueda”.

El individualismo se esparce así por doquier y ha dejado a la humanidad inmersa en una lucha por ser “premiados” según los resultados que logremos obtener compitiendo, para ser desechados una vez que se haya agotado nuestra utilidad personal.

Mientras esto ocurre, políticos, sindicalistas, empresarios y trabajadores, que deberían obligarse a cambiar sus ideas que hoy huelen a naftalina para afrontar los nuevos desafíos que plantea la realidad, y no lo están logrando por su apego cerril a pensamientos unidimensionales.

Vemos de tal modo que las demandas de justicia y equidad han pasado a ser, como sostenía Bauman “una cuestión planetaria, que se mide y se valora mediante comparaciones atravesadas por verdaderas AUTOPISTAS DE LA INFORMACIÓN”; y los modelos tradicionales de distribución de ingresos y atribuciones dentro de la sociedad, han quedado inmersos en una globalización que impide que nos refugiemos en los antiguos criterios de “vecindad inmediata”.

Además de ello, la creciente opacidad del “revolucionario” magma peronista y los residuos malolientes de su última aventura populista y autoritaria –el corrupto kirchnerismo-, ha dejado a nuestra sociedad en estado de consternación, porque a lo ya expuesto se ha sumado la atomización y desintegración de un “movimiento” que nos mantuvo por casi 60 años en un estado de latente adolescencia, sin haber dejado otra enseñanza que no sea su absoluta inviabilidad política y social.

Su “reinado”, se caracterizó por la existencia de un poder único a quien peticionar por cualquier razón, ya que éste representaba de algún modo un compendio de sabiduría (¿) que desde el Estado –al que tomó prácticamente “por asalto”-, se constituyó en una suerte de “Gran Hermano” benefactor que vigilaba, premiaba y castigaba a su arbitrio a la gente sin establecer parámetros comparativos de ningún tipo académico sin matices conceptuales de ninguna naturaleza.

Hoy, el peronismo ya no puede ofrecer absolutamente nada que le sirva a una sociedad para salir del encierro a piedra y lodo que creció gracias a su influjo, afirmando el sentimiento de que no podíamos “escapar a alguna parte”, abjurando del nacimiento de una nueva “sociedad abierta” (Karl Popper).

Salir de nuestras fronteras para enfrentarnos con “el otro mundo” (al que durante años solo vimos como un destino para comprar barato), para retornar a nuestro encierro colectivo una y otra vez, nos mantuvo hablando entre nosotros “en un idioma que el resto del mundo no entiende”, como señaló metafóricamente alguna vez el ex presidente uruguayo Jorge Batlle Ibáñez.

Vemos entonces que las pujas sectoriales siguen basándose aún hoy en discusiones interminables sobre salarios, “beneficios” y subsidios, excluyendo cualquier referencia a una productividad que obligara a adaptarnos a los desafíos del nuevo mundo líquido y abandonar de tal modo nuestra tozuda “impermeabilidad fronteriza”.

Por las evidencias que tenemos a la vista, resulta evidente que la sociedad en su conjunto, casi sin matices, sigue consultando la hora en un reloj que atrasa irremediablemente.

Para una gran mayoría de los ciudadanos, “llenar la avenida 9 de Julio” significa – aún hoy-, un “símbolo” de la modernidad, mientras cuentan ansiosos a los asistentes y lamen las heridas de su lacerante intrascendencia cultural.

Alguna vez antes de ahora hemos recordado una profunda reflexión de Friedrich Nietzsche respecto de estas cuestiones, cuando dice: “en la primera fase de la humanidad superior, se considera la valentía como la virtud más noble; en la segunda, la justicia, en la tercera, la moderación; y en la cuarta, la sabiduría. ¿En qué fase vivimos nosotros? ¿En cuál vives tú?”

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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