Lunes, 12 Marzo 2018 00:00

Notas sobre la despenalización del aborto

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Como acontece con cualquier debate en el que se entrecruzan concepciones religiosas, ideológicas y culturales, el uso de las palabras no es neutral.

 

Los participantes luchan con denuedo por establecer el marco conceptual alrededor del cual se aglutinan las posiciones. Saben que el uso de ciertas y determinadas palabras provoca una respuesta emocional e inconsciente, como se pone de manifiesto en el actual debate sobre la despenalización de la interrupción de los embarazos no deseados. De allí que resulte exigible una cierta honestidad intelectual en el uso del lenguaje si queremos evitar las falacias construidas haciendo trampas con las palabras.

El profesor George Lakoff ha explicado que siempre que pensamos lo hacemos en términos de marcos mentales y metáforas. “Los marcos son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo; todas las palabras se definen en relación a marcos conceptuales”. Puesto que el lenguaje activa esos marcos, existe un combate por el uso de los términos afines a la idea que defendemos. Estos marcos mentales (frames), están presentes en el inconsciente cognitivo, es decir, estructuras de nuestro cerebro a las que no podemos acceder de manera consciente pero que afloran a través de nuestro modo de razonar. Son constitutivas de lo que habitualmente denominamos el sentido común.

Por ejemplo, cuando el presidente Mauricio Macri afirma “estar a favor de la vida” lo que está haciendo, tal vez sin saberlo, es situar a quienes discrepan de sus preferencias ideológicas en el lugar opuesto, es decir en el lugar de la muerte. De modo que la utilización de determinadas palabras o metáforas no es fruto de la casualidad, sino del deseo de instalar a “los otros” en escenarios execrables. Esta manipulación maniquea del lenguaje es justamente uno de los rasgos más notorios del populismo.

Los partidarios de mantener la criminalización de las mujeres que deciden interrumpir un embarazo no deseado utilizan estratagemas similares a las del presidente Macri, denominando “niños” a los embriones intrauterinos o “persona humana” al zigoto que está en proceso de crecimiento. Lo que pretenden con el uso de estos términos es asimilar la interrupción de un embarazo al asesinato de un ser humano. Desde el fundamentalismo conservador, el principal argumento para oponerse a la interrupción del embarazo ha sido siempre decir que abortar es matar a un ser humano, cometer un homicidio, para manipular los sentimientos morales que hacen que en nuestro mundo civilizado estamos todos en contra del asesinato. Conviene por los tanto iniciar este recorrido con algunas precisiones terminológicas.

El concepto de vida es polisémico y puede ser abordado desde varias perspectivas. Desde la perspectiva biológica, la vida es la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir y es lo que distingue a los seres humanos, a los animales y a las plantas de los objetos inanimados como las piedras. Si bien desde una perspectiva científica las macromoléculas como las proteínas o los virus no son seres vivos en sentido estricto, puesto que son incapaces de reproducirse por sí mismos, podríamos afirmar, por ejemplo, que un espermatozoide o un óvulo “tienen vida” y llegar también a la conclusión que el uso de anticonceptivos o los dispositivos intrauterinos que impiden la reunión de un espermatozoide con un óvulo son formas de quitar la vida. La Iglesia Católica no ha sido ajena a esta interpretación puesto que desde Pablo VI ha defendido la tesis de que los anticonceptivos son algo antinatural y deben prohibirse. No deja de ser una llamativa contradicción que la Iglesia Católica favorezca de este modo la procreación insensata de los demás mientras impone un absurdo y peligroso celibato a los sacerdotes y monjas que integran su congregación.

Otro tanto acontece con el concepto de “ser humano”. Desde una perspectiva biológica, pertenecen al género humano todos quienes tienen el 99,9 % del genoma humano. A diferencia del concepto biológico, el concepto de “persona” se vincula con la autonomía y la autosuficiencia, es decir la capacidad para pensar y actuar con libertad, al tener sentido del bien y del mal. En principio, solo las personas, en sentido estricto, pueden tener derechos y deberes, pero nada impide que en determinadas circunstancias se adjudiquen derechos a seres que no son personas, como los animales y los embriones.

Como se desprende de lo anteriormente expuesto, las palabras representan acuerdos convencionales que son siempre relativos y pueden variar en el transcurso del tiempo. De modo que ninguna criminalización puede apoyarse sobre un terreno tan inestable y cambiante y menos para defender la aplicación del Código Penal a quienes piensan de otro modo. El uso de expresiones meramente retóricas, como la del “derecho a la vida”, carecen de valor argumental y sólo sirven para uso de los ya convencidos. Por consiguiente, parece más fructífero dirigir la mirada a la realidad social para acertar con la respuesta correcta a cualquier desafío que la sociedad quiera afrontar desde la racionalidad y la ética.

Si atendemos a nuestra realidad biológica y cultural, comprobaremos que hace bastante tiempo que reproducción y sexualidad marchan por senderos paralelos. Como señala Steven Pinker, “las personas practican el sexo en última instancia para reproducirse (porque la causa última del sexo es la reproducción), pero en primera instancia pueden hacer todo lo que les sea posible para no reproducirse (porque la causa próxima del sexo es el placer).” Por este motivo se ha popularizado el uso de métodos anticonceptivos que permiten practicar la sexualidad eludiendo el riesgo de un embarazo no deseado.

Persiguiendo este objetivo es que en los países avanzados se imparte en los colegios secundarios una formación adecuada sobre planificación familiar. Pero por más precauciones que se adopten, algo puede fallar. De allí se desprende la necesidad de contemplar procedimientos que cumplan la finalidad de interrumpir el curso del proceso de reproducción no deseada ex post, del mismo modo que se trató de evitarlo en la etapa anterior. En   opinión de muchas mujeres no existe una diferencia de esencia entre la píldora que impide que se produzca la ovulación y la píldora del día después que impide que el óvulo fecundado anide en la placenta (o, en casos excepcionales, que una máquina aspire ese óvulo si solo ha transcurrido un limitado período de tiempo).

No hay duda alguna que entre un embrión humano y el resultado final de una gestación de nueve meses existe una íntima relación, del mismo modo que entre la nuez y el nogal que nace por continuidad de la genealogía celular existe una continuidad. Un grano de polen fertiliza una flor de nogal y a partir de su implantación en la tierra, si se dan condiciones favorables, puede nacer una planta de nogal. Como señalaba Aristóteles, la nuez no es un nogal, pero encierra la potencialidad de convertirse en nogal. Sin embargo, intuitivamente sabemos la enorme distancia que existe entre un zigoto de nogal y un nogal bien formado. De igual modo, resulta forzado considerar que un embrión es un ser humano o que eliminar un embrión equivale a matar o asesinar a una persona.

La cuestión de fondo gira alrededor de este punto nodal. Si el Estado debe intervenir prohibiendo y castigando esa práctica o si debe permanecer neutral, dejando que las mujeres elijan libremente continuar o interrumpir el embarazo no deseado. Esta neutralidad es la única que permite conciliar todas las posiciones: quienes desean interrumpir un embarazo no deseado pueden hacerlo sin riesgos de ir a la cárcel y las mujeres que crean que su embarazo es producto de la voluntad divina pueden seguir adelante sin que nadie les obligue a interrumpirlo. Los legisladores deben reflexionar sobre si es justo criminalizar una práctica que adoptan centenares de miles de mujeres en el mundo porque no desean continuar con un embarazo accidental que no han elegido. En definitiva, por utilizar un procedimiento anticonceptivo que es posterior al coito pero que se fundamenta en los mismos argumentos éticos que han dado lugar a las precauciones anteriores al coito.

Hoy la realidad social en nuestro país nos muestra un penoso cuadro de madres adolescentes que en medio de la pobreza provocada por un entorno social hostil son forzadas a aceptar un embarazo no deseado. Muchos de esos niños, carentes de afecto familiar y con los cerebros malformados por las carencias alimentarias, pasan luego a integrar las filas de los chicos abandonados a la mendicidad y a la delincuencia. Sabemos que algo tan decisivo en la vida de una mujer como es dar a luz un niño, debe ser siempre la consecuencia de una decisión racional bien sopesada y no el fruto de un hecho accidental. Por consiguiente debemos reconocer que, en el fondo, el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo es la otra cara de la obligación ética y moral que nos lleva a reclamar una maternidad responsable y bien instalada. No se puede conseguir una cosa sin conceder la otra.  

Aleardo F. Laría
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