Jueves, 15 Marzo 2018 00:00

Economía esquiva y “agenda feminista”

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La llamada “agenda feminista” (el reclamo de igual salario por igual trabajo, la reacción frente a la violencia que hace blanco en las mujeres y, paradójicamente, la habilitación del debate legislativo sobre el aborto) le ha permitido al gobierno recuperar una iniciativa que se le venía escurriendo al tratar los temas económicos, un territorio donde avanza tan gradualmente que ha tenido que definir el crecimiento como “invisible”.

 

El crecimiento invisible

El economista Cristian Folgar explica los motivos de esa invisibilidad: señala que si bien es cierto que el PBI está creciendo (2,9 por ciento en 2017), “para saber si una economía crece, como mínimo, deberíamos tener en cuenta la evolución de su PBI per cápita. Es decir, no considerar su nivel absoluto sino cuánto PBI se generó por habitante”. Y agrega: “Si tenemos en cuenta el PBI real per cápita, estamos por debajo del que el gobierno recibió en diciembre 2015” y “a estas tasas de crecimiento del PBI real, recién en algún momento del 2019 el PBI real per cápita volvería a los niveles del 2015”.

Con esos plazos para exhibir logros económicos que se distingan, el gobierno necesita mantener la conversación ocupada en otros temas, y en estas semanas parece estar consiguiéndolo. El Presidente celebró el día de la mujer declarando enfáticamente que las mujeres deben ganar lo mismo que los hombres por igual trabajo. Para los jueces varones de la Corte Suprema esa es probablemente una celebrada reivindicación, ya que allí el sueldo más alto lo acredita la única dama, Elena Highton de Nolasco. Pero esa es, claro, una excepción.

Probablemente no sea tan difícil alcanzar ese objetivo: los especialistas aseguran que, en verdad, en el universo de los trabajadores en blanco no hay diferencias apreciables entre sueldos de hombres y sueldos de mujeres en puestos análogos: en general los convenios describe posiciones y les asignan una remuneración, con independencia del sexo de quien las ocupe. Probablemente las diferencias se marquen más, en muchas actividades, en las oportunidades para ocupar cargos más altos o jerarquizados. Mujeres que lleguen a conducir una gran empresa (como ocurrió, por caso, con Isela Costantini en Aerolíneas Argentinas) son por ahora raros. El fenómeno es notable inclusive en ámbitos que suelen proclamar criterios feministas: en los medios (privados y públicos), por caso, la “cuota femenina” está lejos de cumplirse equitativamente en los cargos de decisión.

El fenómeno es, sí, más notorio en los trabajos informales: los sueldos son malos para los dos sexos, pero son peores los de las mujeres. Allí quizás la reivindicación debería ser “blanqueo y salario de convenio”: una consigna que incluye de hecho la equidad de género en la remuneración. Esta sí es una tarea en la que el Estado (particularmente la cartera laboral) tiene mucho por hacer.

Penélope y el aborto

El tema que parece central en la nueva agenda del gobierno es la legalización del aborto. Un punto que, curiosamente, las máximas autoridades coinciden en rechazar. La cuestión tuvo un relieve protagónico en la multitudinaria manifestación que celebró el 8 de marzo el día internacional de la mujer. En este tema el gobierno teje y desteje como Penélope: abrió sorpresiva y clamosamente el debate, inmediatamente hizo saber que ni el Presidente ni sus funcionarios principales están de acuerdo con el aborto, ahora la Casa Rosada asegura que Mauricio Macri no vetaría la legalización si el Congreso la aprobara. El congreso del Pro, entretanto, ofrece el interesante espectáculo de un debate interno en el que hay defensores de las dos posiciones.

Tanta danza y contradanza pretende satisfacer a tirios y troyanos (o, mejor dicho, a quienes quieren aborto libre y gratuito y a quienes rechazan ese camino), aunque en una Argentina de hábitos menos corteses que los que imperan en el partido del Presidente, corre el riesgo de generar reacciones a ambos lados de la frontera.

Mientras recupera terreno con estos asuntos, el gobierno celebra que el mundo sindical se vaya amoldando aparentemente a sus deseos: ha conseguido que algunos sindicatos firmen convenios por un 15 por ciento sin cláusula gatillo y pronto habrá una CGT sin el sindicato de Camioneros. La familia Moyano no peleó para permanecer en la institución de la calle Azopardo y quizás obtenga algún premio por esa conducta. Ya en el pasado, cuando canalizó sus rebeldías desde afuera, a través del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA), Hugo Moyano demostró una capacidad de maniobra, de acción y de negociación que lo mantuvo de hecho en la cumbre del gremialismo y fue funcional a la tarea de aquellos de sus colegas que practicaban las artes de la diplomacia.

El gobierno ha agregado ahora a su fixture de peleas mediáticas a los empresarios. El ministro de la producción, con la venia y el halago del Presidente, calificó a los empresarios de llorones y los exhortó a que inviertan en lugar de quejarse de la competencia externa. Varios analistas sostienen que de ese modo el oficialismo pretende limpiar ante la opinión pública su imagen de “gobierno de ricos” y exhibir su disposición a castigar no sólo a los sindicalistas que le hagan frente, sino también a los hombres de negocios más remisos.

El gobierno culpa a los empresarios nacionales porque no se cumplió su pronóstico inicial, que anunciaba una inundación de capitales cuando quedara claro que había un gobierno no peronista en operaciones. Los capitales demoran su arribo, llegan con cuentagotas. Y los empresarios argentinos se quejan de que la caída del consumo, el atraso del dólar y la apertura comercial los ha dejado con una alta proporción de su capacidad instalada inactiva.

Que en el marco de ese intercambio un juez haya imputado y, en primera instancia, dictado prisión a un ex presidente de la Unión Industrial Argentina incrementó una tensión que refleja las dificultades económicas que el gobierna sobrelleva y que lo impulsan a refugiarse en una agenda diferente.

De lo urgente a lo importante

Aunque por momentos el ruido de las urgencias locales devore la atención de los medios, conviene también recordar lo importantes. El próximo martes cumple cinco años el pontificado de Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio.

El 13 de marzo de 2013, con su consagración llegaba a la cátedra de San Pedro no apenas, como se dijo entonces, “un pastor de los confines”, no sólo el primer Papa no europeo, no meramente un cardenal latinoamericano muy singular, sino la encarnación de una visión renovada y abarcadora del catolicismo universal forjada en América Latina: la teología del pueblo desarrollada durante décadas (desde mediados de los años sesenta del siglo XX) por una corriente de pensadores laicos y sacerdotes que Bergoglio integró y algunos de cuyos nombres más destacados fueron Juan Carlos Scannone, Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O’Farrell, Alberto Methol Ferré.

Para Austin Ivereigh, autor de una excelente (quizás la mejor) biografía del Papa (Francisco, el gran reformador), hay un “cambio de época en la Iglesia: el pontificado de Francisco es el primero de esa nueva época: la Iglesia latinoamericana se ha convertido en la fuente de la Iglesia universal”.

En aquellas reflexiones de la teología del pueblo estaba la semilla de enseñanzas y acciones que Francisco lleva adelante en su papado. Poniendo el centro en “las periferias” (de cada sociedad, del mundo en su conjunto) y proyectándolas al centro de la atención, propone una visión universal apartada de la indiferenciación y la homogeneización (pues el mundo “se configura dinámicamente en pueblos y culturas” legítimas y respetables, “por eso, debe siempre evangelizarse desde la cultura propia del pueblo destinatario”) y trabaja para “que surja una nueva civilización” que no niegue, sino que supere “ la modernidad, que integre los valores que ella ha aportado” pero en un nuevo marco, en un nuevo nivel. Que cuestione “la avidez consumista” y la pretensión de dominio de la naturaleza que destruye y provoca crímenes ecológicos”.

La primera encíclica de Bergoglio, en mayo de 2015, fue Laudato Si(«Alabado seas»), donde se observa que «no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental», por lo que reclama que debemos «escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres». En Laudato Si, Francisco realiza una crítica mordaz del consumismo y el desarrollo irresponsable y se introduce en la necesidad de una gobernabilidad mundial para encarar esa problemática global.

En estos cinco años, Francisco se ha transformado sin duda alguna en una figura de influencia y prestigio mundial: ha alzado la voz en defensa de los refugiados y migrantes, ha producido iniciativas de mediación y de paz en diferentes escenarios, ha impulsado el diálogo ecuménico con luteranos y ortodoxos, ha propiciado el encuentro de las grandes religiones monoteístas, ha puesto en movimiento a la Iglesia para recuperar su misión: salir de sí misma e ir a las periferias, construir puentes para dialogar, compartir y ayudar, especialmente con los más desfavorecidos de la sociedad.

Esa voz, que fue excepcionalmente acogida y escuchada en los poderosos ámbitos de grandes potencias y que es atendida inclusive en la China de Xi Jinping (en vías de cerrar una brecha histórica con El Vaticano), es la voz de un pastor de almas nacido y criado en la Argentina, seguramente el argentino más prominente de nuestra historia (aunque la miopía de círculos pequeños pero influyentes del país no consiga distinguir y reconocer esa realidad).

Jorge Raventos  
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