Jueves, 15 Marzo 2018 00:00

Los “artesanos” de la civilización

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Como dice Ortega y Gasset, la civilización es un artificio y requiere “artesanos”; es decir quienes la sostengan para no quedarse sin ella, evitando de tal modo que volvamos a la ley de la selva primitiva.

 

Los valores fundamentales de la moral y la cultura –y por supuesto la cultura “política”-, debieran ser tenidos muy en cuenta hoy más que nunca, en razón de la complejidad y dificultades que plantean los avances tecnológicos de los siglos XX y XXI.

Ya en 1935 el ilustre madrileño alertaba acerca del hecho que “el desequilibrio, entre la sutileza complicada de los problemas de la sociedad y de las mentes, será cada vez mayor si no se le pone remedio, constituyendo la más elemental tragedia de la civilización”.

Sin querer marchar tan lejos, ni tan alto, basta echar una mirada a lo que ocurre hoy en nuestro país, para comprobar cuánto nos estamos alejando de dicha “civilización”, al observar el crecimiento incesante de pujas violentas atadas a las crecientes necesidades materiales insatisfechas, producto de años de improvisaciones económicas y políticas.

La calle se llena fácilmente por lo tanto de iracundia y discursos vociferantes, que intentan forzar la puerta de la cordura como nunca antes, sin que estemos demostrando haber aprovechado la voz de una dolorosa experiencia histórica que, a esta altura de los acontecimientos, tiene riqueza suficiente como para que podamos definir con claridad la diferencia entre “ser y no ser civilizado”.

En efecto, los años de dictaduras omnipotentes nos dejaron, en ese sentido, una experiencia muy rica, pero la misma ha quedado circunscripta a demandas judiciales sin fin, en donde los conceptos profundos están totalmente alejados del escenario reivindicatorio.

Creemos con firmeza que quien aspire a crear una nueva realidad política y social en nuestro país, debe contribuir primordialmente a que no nos veamos sumergidos sine die a una mera lucha “cuerpo a cuerpo” y contribuir a evitar la proliferación de pugilatos públicos extendidos horizontalmente, que siguen resultando de difícil “digestión cultural”.

La fuerza de la calle ha tenido siempre los atributos necesarios para ser considerada como el símbolo de la fuerza bruta; porque no es ni más ni menos que la expresión de masas desbocadas que intentan “abreviar” sus argumentos mediante acciones directas que empalidecen los verdaderos “contenidos” de los mismos.

“Cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que le invita a afirmarse en sí mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual”, decía Ortega hace algunos años, “y este contentamiento consigo le lleva a cerrarse a toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer PREDOMINIO”.

¿Qué mejor definición para los actuales problemas políticos y sociales de nuestro país? ¿Será posible oírnos al menos unos a otros? ¿O seguiremos marchando y exponiendo pancartas con manifiestos frágiles y viscerales que quedan como basura acumulada tras el desfile de hordas arreadas para “hacer número”?

Si Cambiemos lograra amortiguar esta inercia negativa de una sociedad desinteresada en la creciente “falta de civilización”, podría comenzar a torcer años de un primitivismo totalmente alejado del mundo conceptual, que nos ha traído a un desconcierto balbuceante que nos aleja cada día más del verdadero progreso.

Nuestra clase media, bastante responsable del declive descripto -tan orgullosa de su “esencia” y alejada del sacrificio personal-, trata de “instalarse” desde hace años en un mundo “sobrado” (el del buen clima y los recursos naturales), creyendo que no tendría por qué sufrir las angustias que generan inevitablemente los “partos” del desarrollo. Sus integrantes, están firmemente convencidos que con sólo hacer la “plancha” lo demás les será dado por añadidura.

Ortega solía alertar en su tiempo acerca de la época de las “corrientes” y del “dejarse arrastrar”, en donde “casi nadie presenta resistencia a los superficiales torbellinos que se forman en arte o en ideas, o en política, o en los usos sociales.

Por lo mismo,” agregaba, “más que nunca triunfa la retórica”.

De esta retórica “de base” se ha nutrido nuestra política, sin que la mayoría de sus protagonistas se haya decidido hasta hoy a convertirse en el tan necesario “artesano de la civilización”.

En este escenario, el gobierno de Cambiemos ha elegido, quizá por primera vez, un camino que no es liberal ni progresista, sino, como dice certeramente Tomás Abraham (lo compartimos totalmente) HACER LO QUE SE PUEDE.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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