Domingo, 18 Marzo 2018 00:00

Campaña adelantada

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Todo hacía suponer, en atención a lo que estipulaba de hecho el cronograma político, que la campaña electoral se abriría paso recién cuando hubiese finalizado el campeonato mundial de fútbol a disputarse este año en Rusia.

 

Era un secreto a voces que, al menos en las tiendas oficialistas, se preparaban para largar la carrera en pos de octubre de 2019 a mediados de julio, día más o menos. Por su parte, las distintas facciones justicialistas, cuyo objetivo es dotar al movimiento al cual pertenecen de una unidad perdida hace tiempo, coincidían en punto a los tiempos con el macrismo. Pero los planes de unos y otros han sufrido una modificación súbita, producto -sin duda- del enrarecimiento del clima político.

Es cierto que el adelanto al que hacemos aquí referencia resulta apenas visible. Los bandos que se aprestan para la disputa por venir no se han lanzado al ruedo con sus banderas desplegadas al viento, sus plataformas en orden y los candidatos dispuestos a recorrer sus respectivas jurisdicciones con el propósito de seducir a los futuros votantes. Es demasiado temprano para que ello ocurra. Al gobierno, sus adversarios peronistas no están en condiciones de apurarlo para que suba al ring. En cuanto a los nostálgicos de Juan Domingo Perón, nadie en Casa Rosada piensa en empujarlos para que substancien sus rencillas anticipadamente. Cuanto más tarden, mejor.

Claro que también es cierta la caída en la imagen del presidente y un cierto desencanto con su gestión perceptible, no entre quienes en el cuarto oscuro se inclinaron por Daniel Scioli, sino en aquellos que apostaron desde un primer momento por Mauricio Macri y los que, en la segunda vuelta, luego de haber sufragado en favor de Sergio Massa, no dudaron demasiado y premiaron al candidato de Cambiemos. Ha sido esta erosión la causa en virtud de la cual los estrategas del macrismo -siempre atentos al run rún popular o, si se prefiere, a los cambios de humor de la opinión pública- decidieron adelantar en casi tres meses cuanto iban a poner en ejecución al promediar julio.

Las razones que han tenido el PJ ortodoxo -si cabe la expresión- y el kirchnerismo para seguir el mismo camino que sus rivales, son bien distintas de las de la coalición oficialista. Sucede que ellos están en una encrucijada de difícil resolución. Desunidos como nunca antes en su historia -que lleva ya más de setenta años- y, por ende, sin un líder a la vista, capaz de suscitar la adhesión de la totalidad de los caciques e indios del movimiento, corren con notoria desventaja. Como no pueden descuidarse y el tiempo no les sobra, es lógico que proliferen las reuniones, cónclaves, encuentros y tenidas con el objetivo de hacer realidad algo que Alberto Rodríguez Saá ha popularizado -al menos entre las tribus justicialistas- con dos palabras: ”Hay 2019”.

Que el macrismo le ha sacado varios cuerpos es cosa que salta a la vista del menos avisado de los mortales. Por de pronto maneja los principales resortes del poder, le sobra plata para encarar una campaña como la que se le viene encima y tiene dos candidatos -curiosamente el muleto de la escudería se encuentra hoy mucho mejor posicionado que su piloto estrella- en condiciones de competir con éxito a nivel nacional. Imposible pedir más si, al propio tiempo, en la vereda opuesta abundan las diferencias de bulto, falta efectivo -que nadie está de momento dispuesto a poner- y -eso sí- sobran pretendientes al trono.

Analizada la cuestión con base en la debilidad de sus contrarios, desde l955 a la fecha en ninguna oportunidad un gobierno no–peronista se ha encontrado, a año y medio de unos comicios en donde se jugará su continuidad, en una situación tan holgada. No se necesita ser un experto en la materia para darse cuenta de que esta es la primera vez que el peronismo se halla dividido en tantas sectas y huérfano de dirigentes de envergadura. Si se dejan de lado los años en que estuvo proscripto y lejos del poder, tanto en 1983 -cuando cayó vencido por la UCR- como en el año 2000, contó siempre con presidenciables de fuste. Para demostrarlo, ahí están los nombres de Ítalo Luder, Antonio Cafiero, Carlos Menem y Eduardo Duhalde. Con este dato adicional: de las derrotas a manos de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa no siguió una balcanización como la actual. Hubo, en una y otra ocasión, dos o tres facciones antagónicas peronistas. Nada más. Hoy, en cambio, los caciques parecen ser más que los indios.

Por ahí se ha sido dicho que en Balcarce 50 no descartan la idea de avanzar, si acaso ello fuera necesario, con una fórmula Macri-Vidal o, en el peor de los casos, si la situación fuese apremiante y el jefe del partido no midiese bien, con la mismísima gobernadora de la provincia de Buenos Aires como cabeza de la fórmula. A estar a estas versiones, ya se barajan nombres para reemplazar a la hoy mandataria bonaerense. En rigor, estas y otras especies que se escuchan y leen no resisten análisis. Forman parte de lo que Bernardo Neustadt, en uno de sus habituales y lúcidos juego de palabras, llamaba la opinión publicada -distinta, claro, de la opinión pública.

Cualquiera sabe, a esta altura, que María Eugenia Vidal mide por encima de Mauricio Macri en términos de imagen y de intención de voto. Por lo tanto, nadie que no fuese un negado, dejaría de tenerla en cuenta en el supuesto de que las encuestas demostrasen que Macri podría perder una elección que su subordinada estaría en condiciones de ganar. Pero una cosa es puntualizar el dato antes expuesto -digno de Perogrullo- y otra, harto distinta, es sostener que se tejen hipótesis y se tiran nombres como si en el oficialismo hubiese cundido el desconcierto y estuviesen sus responsables pensando en subirse a los botes.

Que hay una modificación en la percepción social respecto de la capacidad de la presente administración para hacer realidad cuanto prometió en la campaña que llevó a Macri a Balcarce 50, es innegable. Más allá de los casos que tuvieron como protagonistas excluyentes a los Triaca, a Valentín Díaz Gilligan y a Luis Caputo -cuyo efecto en el ánimo de la gente roza la intrascendencia- los indicadores relevantes de la caída de la imagen presidencial no son los relacionados con la trasparencia sino con la economía. No es que las esperanzas generadas por Cambiemos tiendan a desaparecer de buenas a primeras. Pero, para parte de los simpatizantes del Pro y de distintos sectores apolíticos, los anhelos de presenciar algo distinto y de soñar con un futuro mejor han comenzado a astillarse.

El desafío del oficialismo es volver a enamorar a los segmentos disconformes con su performance. El desafío del peronismo es bastante más complicado y, además, triple. Debe recomponerse de la derrota, elegir un jefe y convencer a algo así como 50 % de los argentinos de que resulta una opción creíble y responsable. Los dos bandos tienen un año y medio para acometer tamañas empresas.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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