Lunes, 02 Abril 2018 00:00

“Big data”, círculo rojo y riesgo de abatimiento

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De confirmarse que Cambridge Analytics fue convocada para incidir en elecciones argentinas sería razonable suponer que la fuerza política que contrató esos servicios no haya sido el kirchnerismo: el escrutinio público, oficial y mediático sobre ese sector es tan minucioso (llega hasta la difusión de conversaciones telefónicas privadas de la expresidente CFK) que si estuviera involucrado ya habría habido una lluvia de denuncias y una densa cobertura periodística.

 

¿Alguien usó los métodos de Cambridge Analytics? ¿Quién fue? Misterio, por ahora.

No al despotismo tecnológico

Mientras se desarrolla este caso, lo que queda claro es que la tecnología de la llamada Big Data (procedente de registros estatales y de información proporcionada, digamos, voluntariamente por los usuarios de redes sociales puede ser malignamente empleada en el terreno político, utilizando esos datos para inducir conductas o manipular posicionamientos; para difundir información falsa y tendenciosa con objetivos direccionados, para hostigar masivamente a determinados sujetos valiéndose de perfiles automatizados en las redes, etc.

En vísperas de las últimas elecciones primarias, el gobierno nacional creó el Observatorio Nacional de Big Data, dependiente de la Secretaría de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. No se sabe si el organismo tiene información sobre estos hechos o si estudia, como se prometió al crearlo, algún marco regulatorio que impida el uso dañino de la tecnología y promueva, en cambio, su empleo para fortalecer la democracia.

Hay muchos ejemplos de esto último. En Italia, el controvertido Movimiento Cinco Estrellas (la fuerza más votada en las últimas elecciones) ha desarrollado una plataforma de internet llamada Rousseau -homenaje al pensador francés que postulaba la soberanía popular- con el objetivo de facilitar formas de democracia directa y la intervención sin intermediarios de los ciudadanos en la presentación de proyectos de ley. Las tecnologías que han sido (y son) empleadas para manipular y desorientar voluntades puede ser usada para alentar la participación social y transparentar la política y las instituciones. Se trata de promover la combinación potenciada de democracia y tecnología más que de estimular, en el mejor de los casos, una suerte de despotismo ilustrado tecnológico o un mero empleo administrativo o estadístico de la información que las redes acumulan y están en condiciones de procesar.

Las fuerzas políticas y la sociedad civil tienen ante sí un verdadero desafío.

El gobierno de Mauricio Macri, entretanto, define su agenda mirando a 2019. Aunque algunos estudios de opinión y ciertos analistas lo halagan como el espejo a la madrastra de Blancanieves, en la Casa Rosada hay conciencia de que el bajón sufrido después de los debates sobre la llamada reforma previsional no ha sido debidamente reparado, aunque ese daño no haya sido capitalizado por una oposición todavía convaleciente.

“No pienses en elefantes”

El domingo último el diario Clarín publicó una nota de opinión del ministro de Producción, Francisco Cabrera. El título - “Sin lugar para el desánimo”- fue una evidencia de que Cabrera nunca reflexionó sobre la paradoja del elefante. Cuando a alguien le sugieren que no piense algo, el resultado inevitable e inmediato es que lo piense. “¡No imagines un elefante!” es una orden que indefectiblemente evoca a Dumbo o a algún enorme congénere, su trompa o su volumen.

Lo primero que hace Cabrera es invocar el abatimiento y de inmediato comienza con una infortunada variante de la frase “crecimiento invisible”, creada por alguno de sus superiores jerárquicos: “Estamos en el medio de un cambio tan profundo -aventura- que nos cuesta verlo”. Y se dedica a responder a una batería de “falsas impresiones”.

Por ejemplo a la idea de que la economía está estancada. Cabrera alega, con razón y avalado por el INDEC, que en 2017 la economía creció. Él dice que creció 2,9 por ciento, pero lo cierto es que la cifra se encoge cuando se considera el crecimiento por persona: el producto bruto interno se incrementó e igualó el que había en 2015. Solo que la población también creció, de modo que ese PBI hay que dividirlo ahora por más personas.

Cabrera discute la idea de que el consumo cayó: “El consumo privado en 2017 creció 3,6 por ciento”, asegura. Conviene mirar el árbol y también el bosque. Si bien es cierto, como ha señalado el Kantar Worldpanel, que “el consumidor no deja de gastar en bienes durables, como notebooks, camiones, motos, autos, turismo y autos usados, entre otros (...), la canasta de consumo masivo cayó un 1% en el 2017". Lo que no crece es el consumo masivo y el rubro textil. Según la CAME (Confederación Argentina de la Mediana Empresa), “el 2017 cerró con una caída del 1 por ciento en las ventas de los comercios pymes”. En cuanto a las ventas en supermercados, el propio INDEC informó en enero que las ventas totales en términos reales mostraban estancamiento (no crecimiento).

“La inversión creció 11,3% en 2017”: otra buena noticia que difunde Cabrera para combatir el desánimo. Una vez más: para evitar lo que en la era Trump se ha bautizado como fake news, conviene poner las cosas en contexto. Pese al incremento citado por el ministro, el país no llega a invertir el 20 por ciento del PBI, cuando se requiere un 23 por ciento para alcanzar un crecimiento que registren los sismógrafos. El presupuesto de este año prevé que la relación inversión-producto será de alrededor del 17 por ciento. El ministro, que había reclamado a los empresarios locales “¡Dejen de llorar e inviertan!”, seguramente reconoce esta realidad. Que se completa con esta otra: la inversión directa extranjera, aunque crece en algunos sectores puntuales, apenas llega al 1 por ciento del PBI (el promedio de los países de la región está entre 4 y 5 por ciento). A su modo, el ministro de Energía, Juan José Aranguren, expuso un motivo propio: dijo que él mantiene en el exterior sus ahorros (unos 90 millones de dólares) “hasta que el país recupere la confianza…”

El listado de argumentos optimistas (y pudorosas omisiones) de Cabrera se extiende a las exportaciones, a las importaciones, a la producción industrial. El final de la nota permite comprender el objetivo de esa y otras comunicaciones oficiales de estos tiempos: más allá de las previsibles actitudes de la oposición, hay ruido y descontento entre los propios votantes de Cambiemos; varias encuestas indicaron una caída de la imagen del presidente, de la aprobación al gobierno y, en general, de las expectativas de la sociedad. Se trata de impedir una hemorragia y recuperar cierto entusiasmo.

La agenda del Presidente

El Presidente tomó en sus propias manos la comunicación de la noticia más auspiciosa de estos días -la caída de la pobreza. Por impaciencia Cabrera no mencionó ese logro genuino: el INDEC lo reportó tres días después de que el ministro publicara su artículo y el Presidente lo aferró de inmediato: no será la “pobreza cero” que marketineramente prometió durante la campaña, pero es un resultado y una buena noticia.

Cabrera y otros voceros se dedican a lo que a (a menudo despectivamente) la comunicación oficial llama “círculo rojo”. El ministro Cabrera exhorta explícitamente a esos sectores a la colaboración: “Los dirigentes no podemos dejarnos conquistar por el desánimo. Políticos, empresarios de todos los sectores productivos, líderes sociales y periodistas tenemos la oportunidad de salir del pantano de discusiones viejas y convertirnos en protagonistas de un país en transformación”.

Evidentemente el gobierno necesita ayuda para transitar una segunda mitad de su mandato en la que todavía los frutos de la estrategia gradualista se dejan ver muy tímidamente.

En paralelo con esos mensajes al “círculo rojo”, el Presidente toma a su cargo la relación con personas influyentes en la opinión pública. Por ejemplo, con los futbolistas de élite, tan neurálgicos en vísperas de un campeonato mundial en el que Argentina juega tanto (no sólo en la cancha) y cuando derrotas como la sufrida ante España pueden profundizar las depresiones. Según el siempre bien informado Carlos Pagni, “basta con ver su cuenta de WhatsApp (la de Macri). Tiene rodeado a Messi a través de amigos que llegan a su padre. Y se comunica con casi todos los jugadores”.

Otro ejemplo: nueve días atrás, Macri invitó a comer en la residencia de Olivos a un ramillete de personalidades de la televisión de amplio conocimiento público. Otro fino (y amigable) observador de la conducta presidencial, Pablo Sirven, explicó en La Nación que “para el presidente Mauricio Macri pesa mucho más la opinión privada y pública de megafiguras de la TV argentina como Mirtha Legrand, Susana Giménez y Marcelo Tinelli -sus pares de toda la vida en la vidriera de las celebridades- que la de los más encumbrados columnistas políticos de la prensa. Los primeros empatizan con vastos sectores populares de la población… Por su propia historia y formación, Macri se identifica más con aquellos personajes, factores informales de poder que con sus personalísimos radares intuitivos auscultan gustos y sensaciones de sus audiencias”.

Los targets pueden ser distintos, pero el objetivo, en el fondo es idéntico: terapia contra el abatimiento prematuro, vitaminas para estimular buenas expectativas, calmante para las miradas escépticas. Hay que frenar el desánimo.

Errores no forzados

Ocurre, sin embargo, que a las dificultades que impone el tiempo a la estrategia gradualista y a los remanentes de “herencia recibida” (muy devaluados ya como coartada), el gobierno suma errores no forzados: algunas iniciativas oficiales parecen goles en contra.

La Casa Rosada hizo trascender, por ejemplo, su voluntad de subsumir al INDEC (el Instituto Nacional de estadísticas) en un Consejo Nacional de Información Estadística de sesgo político. Así, el INDEC, que recuperó su calidad profesional y su credibilidad después de la larga colonización a la que fue sometido por el gobierno K, volvería a perder su autonomía técnica para subordinarse a la conducción de un organismo del Poder Ejecutivo. Ahora, de éste.

Como no podía ser de otra manera, el proyecto proclama las mejores intenciones; pero, sin necesidad de ponerlas en duda, también revela que el gobierno se siente más cómodo controlando organismos que deberían ser independientes que consolidando o alentando su autonomía institucional. Eso ya se ha evidenciado, por caso, con la situación de la Oficina Anticorrupción que, como señaló hace unas semanas el Club Político Argentino, “es impostergable que se delegue en personas que no estén directamente identificadas con el partido gobernante y es aconsejable que este organismo sea política y administrativamente independiente del Poder Ejecutivo”. El razonamiento expuesto en beneficio de la credibilidad del ente anticorrupción por los intelectuales del Club Político -en modo alguno hostiles al oficialismo- es también aplicable al instituto de estadísticas: su confiabilidad reconquistada volvería a resentirse si se lo amarra al poder político.

Los tironeos de las últimas semanas con la Justicia pueden perseguir la sana finalidad de mejorar una institución que ha perdido marcadamente el crédito público, pero también pueden ser leídos como intentos destinados a presionar y manejar a un poder que debe actuar con independencia.

La suma de ejemplos va dibujando un perfil controlador que desmiente muchos de los mensajes que favorecieron el triunfo de Cambiemos dos años atrás. Si se trata de errores, quizás el gobierno pueda corregir y verificar si esas conductas no motorizan (al menos en parte) el abatimiento que el Presidente y sus ministros procuran combatir con gestos de comunicación.

Jorge Raventos
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