Jueves, 05 Abril 2018 00:00

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Luego del penoso desempeño del seleccionado argentino de fútbol frente a su par español, no fueron pocos los analistas políticos y gente del común que repasaron la relación entre ese deporte -capaz de despertar, en estas tierras, pasiones desbordantes- y la cosa pública.

 

Sobre todo, en razón de que, en el curso del presente año, se disputará en Rusia el campeonato mundial y nuestro combinado llegara a Moscú envuelto en un sinfín de polémicas respecto de sus limitaciones a la hora de enfrentar a los equipos favoritos del certamen: Brasil, Alemania, Francia y España.

Hay quienes piensan que torneos como el mencionado, donde dirimen supremacías los mejores, suscitan tantas expectativas y generan tantas esperanzas que todo lo demás no interesa: la política queda arrumada en un rincón y las preocupaciones diarias de los argentinos -inseguridad, falta de trabajo, inflación, etc.- son, por espacio de un mes, si no olvidadas, sí puestas a descansar.

Si esto fuese cierto y los once jugadores elegidos por el director técnico del seleccionado, Jorge Sampaoli, tuviesen la virtud de hacernos olvidar las miserias diarias e hipnotizarnos con sus gambetas, atajadas y goles, el gobierno debería rogar para que el seleccionado albiceleste, tras pasar con éxito los octavos, cuartos y semifinales, se clasificara para jugar y ganar la Copa del Mundo, a mediados de julio.

Si fuese cierto. Pero no lo es. Basta repasar la historia de las últimas cuatro décadas para darnos cuenta de ello. En realidad, más allá de la euforia que generaron los títulos obtenidos en 1978 y 1986, y las decepciones -algunas de ellas brutales, como la de Madrid en 1982- la incidencia que han tenido los resultados de los sucesivos mundiales de fútbol en la política nacional han sido intranscendentes. Ni cuando ganamos por primera vez, frente a Holanda, en un estadio de River colmado y con la presencia de la Junta Militar en pleno, ni tampoco cuando, de la mano de un Diego Armando Maradona inspirado, repetimos la hazaña en el país azteca ocho años más tarde, la situación del país cambió. Las cosas no mejoraron. Tampoco empeoraron. Y lo mismo corresponde decir de las muchas otras oportunidades en las que el seleccionado volvió con las manos vacías. Las administraciones de Carlos Menem y las de los Kirchner no se vieron afectadas en nada por efecto de la decepción popular.

El desenlace desfavorable de una disputa deportiva, de alcance mundial, sólo podría tener algún efecto sobre la política en el supuesto de que el partido decisivo se solapase con una elección trascendental. Imaginemos que el equipo capitaneado por Messi hiciese un papelón en Moscú y hubiese elecciones presidenciales tres meses después. Cabría, entonces, especular respecto de las consecuencias del fracaso futbolístico en los comicios. Pero como ello no va a suceder, mejor dedicarse a otra cosa.

El 6 a 1 que puso al descubierto -por si faltasen evidencias- qué tan lejos se halla nuestro seleccionado del español y que desnudó, al propio tiempo, las falencias ya visibles en las eliminatorias frente a Chile, Perú y Venezuela, fueron materia de conversación por espacio de un par de días. Lo mismo habrá de suceder durante el transcurso de junio y julio. En caso de ganar, la alegría será desbordante; y en caso de perder, los reproches estarán en boca de todos. Sin embargo, la euforia y la tristeza serán pasajeras.

El resultado de un mundial tendrá el mismo efecto que las recientes declaraciones de Elisa Carrió. Explotan como una bomba pero, pasado el día, nadie se acuerda demasiado de ellas. Pocas críticas -si acaso alguna- le han sido hechas al presidente de la Nación desde campo propio como la que acaba de enderezar en su contra la siempre polémica jefa de la Coalición Cívica. Menos lindo, le dijo de todo. A tal punto que -tomada conciencia de la desmesura de sus juicios- la propia Lilita, poco afecta a las retractaciones, debió desandar lo andado y pedir disculpas.

Cualquiera pensaría, luego de leerlas, que “se acabó el idilio”, que “explotó el vínculo de la Carrió con Macri”, o que “estalló la coalición de gobierno”. Nada de eso. A las palabras, por duras que sean, se las lleva el viento. Romper lanzas con el ministro de Justicia, Germán Garavano; decir del titular del gremio de camioneros, Hugo Moyano, que es un asesino y -como si fuese poco- acusar a Macri de indecente, forman parte del repertorio de la fogosa diputada. En la Casa Rosada la conocen de sobra como para asustarse. Al resto de los argentinos, no deja de llamarles la atención pero -por gravísimas que resulten- saben que la sangre no llegará al río.

Hay cuestiones tan resonantes como efímeras en el mundo del espectáculo, en el ámbito deportivo y en los territorios que reivindica para sí la política, y hay hechos en esos mismos espacios que -sin la espectacularidad de los primeros- acreditan, sin embargo, una importancia mucho mayor por su permanencia en el tiempo. Ganar un torneo deportivo, obtener el título de reina de belleza o llamar traidor al presidente de la Suprema Corte de Justicia son, entre nosotros, anécdotas apenas. El gobierno nacional y el arco opositor no deberían preocuparse por lo que suceda en Rusia. Claro es que volver con la copa será mejor que no hacerlo. Pero los temas que importan a unos y a otros no sufrirán modificaciones por la performance de nuestros futbolistas.

El desafío de Mauricio Macri de aquí a octubre del año que viene es la inflación. El de sus opositores justicialistas, la búsqueda de un jefe y de la unidad desaparecida. En esto, ganar o perder, 1 a 0 ó 6 a 1, puede serles fatal.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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