Martes, 10 Abril 2018 00:00

Cuando la consigna es derribar al adversario

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La tolerancia es una disposición para convivir armoniosamente con personas de creencias opuestas a las nuestras y respetar formas de vida distintas.

 

A pesar de ello, muchos periodistas y dirigentes políticos que “circulan” por los medios de opinión cultivando un pensamiento que no edifica, creen que cualquier diálogo con un interlocutor debe terminar con el “derribo” del mismo, dirigiéndole cañoneos verbales para no dar cabida a ninguna de sus ideas, absolutamente convencidos que DEBEN HACERLO CAPITULAR INDEFECTIBLEMENTE.

El conocimiento y la verdad pasan así a un plano secundario a manos de un objetivo que aparece claro: establecer superioridad de fuerzas por parte de quienes adoptan discursos francamente belicosos, que les permitan arrollar -y si fuera posible pulverizar-, a los demás.

John Stuart Mill sostenía que tolerar no significa suspender nuestro juicio acerca de ciertas creencias y conductas humanas, sino renunciar a utilizarlo como fundamento de persecución violenta y destemplada. La tolerancia, subrayaba, no significa en modo alguno la resignación del impotente, sino más bien la restricción voluntaria del poderoso. Es decir de aquél que posee los conocimientos pertinentes sobre una cuestión en debate y está dispuesto a sostenerlos en un escenario donde primen la cordialidad y los buenos modales.

A través de los medios, hay quienes alimentan hoy la idea atrabiliaria de que cierto “tipo” de tolerancia constituye una supuesta indiferencia con lo que ocurre a nuestro alrededor y una indulgencia cómplice con crímenes y desafueros sociales cometidos por otros.

Nada más absurdo.

Al calor de estas ideas, han ido desapareciendo casi totalmente los ambientes tradicionalmente acogedores y respetuosos donde deberían debatirse las diferencias SIEMPRE, dando lugar a una peligrosa afirmación de unanimidades forzosas que llevan implícitas el deseo de someter a supuestos “disidentes” (¿), al dar alimento a algunos prejuicios abominables que revelan una suerte de xenofobia que persigue la instalación de políticas “higiénicas”.

Los manuales de psicología sobre el comportamiento humano, señalan que la intolerancia se suscita normalmente en el interior de un individuo por miedo a lo desconocido. Y esa incertidumbre PROVOCA EN ÉL UN DESASOSIEGO QUE LE EXIGE OBTENER CHIVOS EXPIATORIOS. Trata de sembrar así la idea de que el mal viene “desde afuera”, merced a acciones y dichos de quienes acechan para derrotarlo o dejarle en ridículo.

El paso siguiente consiste en la búsqueda irreflexiva de una pureza doctrinal a como dé lugar, la que es defendida fanáticamente como única fuerza disponible de quienes suelen aferrarse a argumentos caprichosos y arbitrarios para despejar sus temores psicológicos, como señalaba Nietzsche.

Nuestra sociedad exhibe, desafortunadamente, pruebas abrumadoras de haberse acostumbrado a vivir maniatada por una gran cantidad de dogmas – muchos de ellos curiosamente contradictorios-, que han ido generando a través del tiempo variadas intolerancias que han destruido el diálogo, promoviendo una infatigable falta de indulgencia general con las ideas de los demás.

Sin que hayamos buscado limitar en lo más mínimo los alcances de la misma, se ha ido cerrando así el camino del pensamiento diverso, promoviendo la violencia desatada por ciertos intereses creados que delatan, además, sorprendentes inhabilidades discursivas.

Que se esgriman razones “del afecto” para sostener algunas creencias y/o símbolos del pensamiento, no debe otorgarles a éstos especial relevancia por parte de quienes intentan debatirlos de acuerdo con reglas que deberían animar siempre cualquier diálogo civilizado y muchos discursos obsesivos respecto de la “pureza” de una cierta identidad política, histórica o ideológica, abandonan cualquier proyecto de una universalidad, que debiera apuntalar un camino en construcción que se edifica sobre la pluralidad de ideas.

Eso es civilización. Lo contrario, simple obcecación. Porque la verdadera liberalidad intelectual se basa en el reconocimiento de lo diferente, promoviendo la aceptación de un diálogo que debe consistir en una conquista cultural colectiva que permita, de paso, proteger los derechos humanos.

Algunos reaccionarios, temiendo que la historia les pueda resultar desfavorable en algún momento ante las evidencias de la realidad, terminan manifestando su violento desdén por la armonía social, “si fuese necesario” (sic), lanzando ataques indiscriminados de todo tipo contra el orden establecido.

Muchos de ellos se declaran “progresistas” (¿).

Sería sumamente útil que decidiéramos salir de una buena vez de ciertos males que nos han acechado entre las sombras por años (especialmente y por su virulencia “en continuado”, los últimos cincuenta), para dar vuelta una historia que, bien leída, da pruebas de los inauditos fracasos a los que hemos arribado con nuestras pretensiones de considerar a los “otros” como interlocutores que habría que “derribar” a cualquier costo, como si en ello nos fuese la vida.

Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras pronunciadas por Juan Domingo Perón, creador del movimiento más popular y extendido entre los argentinos como un magma gelatinoso, cuando, entre otras invectivas verbales, arengaba a las masas desde los balcones de la Casa Rosada durante su presidencia bramando a voz en cuello: “al enemigo, ni justicia” (sic).

¿Habrá sido este el comienzo de una saga de intemperancia que terminó corroyendo los fundamentos de nuestra templanza social? Porque estamos convencidos que cuando se sostiene que es necesario “revitalizar la democracia” (sic), debería tenerse en cuenta que si “una palabra merece poca fe, porque son escasos los medios que ha tenido para cerciorarse de lo que afirma, su proposición puede ser echada a la ventura, porque para que un hecho pase a ser creíble siempre hace falta aclarar su naturaleza” (Jaime Balmes).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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