Jueves, 12 Abril 2018 00:00

Brasil y nosotros

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La condena extendida por la Cámara Regional 4 de Porto Alegre al ex–presidente de la vecina república del Brasil, más conocido con el sobrenombre de Lula, nos pone -nos guste o no- ante la necesidad de hacer una comparación entre el país de ascendencia portuguesa y el nuestro.

 

No se trata de reflejar las diferencias hallables en punto a las principales variables macroeconómicas, los parámetros de conducta educacionales, el manejo de las relaciones exteriores, la situación geopolítica, el avance de los carteles del narcotráfico allí y aquí, o los respectivos programas en materia de defensa nacional. Más bien, es menester puntualizar el abismo que separa, en términos institucionales, a la nación más extensa de Sudamérica de la Argentina.

Cuanto primero salta a la vista es el grado de independencia que acredita en su tarea y la celeridad con que obra un juez como Sergio Moro; que contrasta, de manera notable, con cualquiera de los magistrados criollos que tienen o han tenido en sus manos causas tan relevantes como las de su par del vecino país. El sistema judicial de estas playas, por momentos obsoleto y siempre paquidérmico, unido a la maraña legal y a la proverbial ambivalencia de los jueces de Comodoro Py -que cambian de color según la ocasión- hacen imposible pensar que Cristina Fernández pudiese seguir los pasos de su conmilitón carioca en los próximos meses.

No hay ninguna otra república que haya demorado tanto y haya levantado tantas barreras al tratamiento del caso Odebrecht. En el resto de la América española han rodado cabezas y se han substanciado investigaciones para llegar al fondo de la cuestión, sin importar quién cayese. Aquí, en cambio, después de dos años al menos, recién se ha pedido el procesamiento de Julio de Vido. No en balde si uno compara, en el mismo lapso, las actuaciones de la justicia brasileña vis a vis la argentina -en lo que hace a actos de corrupción gubernamental- el contraste no puede ser más notorio. En el ex–imperio han sido condenados cientos de políticos y empresarios; y si acaso Lula recobrase su libertad en cuestión de días, no será por una presión política o una tradición antojadiza de una de las cámaras del Congreso. Lo resolverá la Corte Suprema conforme a la interpretación que efectúe de una ley. En el Plata, mientras tanto, apenas si hay cuatro o cinco detenidos que podrían abandonar la cárcel en el momento menos pensado.

Nada que deba sorprendernos, pues. Delante de un mismo flagelo -la falta de transparencia política- el tratamiento que recibe en un lugar es tan disímil del que se le da en el otro, por efecto del peso de las instituciones. No es que corresponda igualar a Brasil con Noruega o Alemania en cuanto se refiere al rule of law. La sola idea sería insensata. Pero tanto en Brasil como en Uruguay, Chile, Perú o Colombia la Justicia, aún con sus falencias -propias de países subdesarrollados- es independiente. Fenómeno, el señalado, desconocido en nuestro país.

Esta es la causa merced a la cual hay que andarse con cuidado a la hora de pedirle a la administración macrista algo que, de momento, no está dentro del marco de sus posibilidades. Más allá de si al gobierno le conviene que Cristina Fernández permanezca en libertad, lo cierto es que, por mucho que deseasen en la Casa Rosada que la viuda de Néstor Kirchner siguiese el camino de Lula, ello sería imposible. Si se apurasen los jueces, los senadores peronistas lo impedirían. Hay cosas que la gente de Cambiemos no está en condiciones de hacer. No resulta, que se sepa, una cuestión de mayor o menor voluntad. Es producto de la imposibilidad de transformar en dos años la constitución sociológica que padecemos.

Mauricio Macri es el presidente que en el tiempo que lleva al frente del gobierno más jueces ha nombrado, tratando de dar un principio de solución a uno de los problemas más agudos que aquejan a la judicatura. Sin embargo, resultaría una misión fuera de su alcance solicitarle con carácter perentorio que, en veintisiete meses de ejercicio del poder, fuese capaz de cambiar un sistema judicial lleno de mañas, miserias, intereses corporativos e incompetencia. Ni Hércules habría podido realizar una hazaña semejante. Para no dar más vueltas en torno del asunto: Macri no es Temer; Canicoba Corral no es Moro, y Cristina Fernández no es Lula. La Argentina -por si todavía hubiese despistados- tiene poco que ver con Brasil.

Contra el hecho de que Cambiemos no podría siquiera soñar con poner en marcha un proyecto de reforma laboral semejante al ya implementado en el país limítrofe ni realizar un ajuste en serio del gasto público, a similitud de lo que logró el gobierno de Temer, Macri cuenta con algunas ventajas. Afortunadamente, los debates que ha suscitado en los últimos meses la situación procesal de la viuda de Kirchner no han pasado a mayores. No hay un PT en pie de guerra ni un ex–presidente preso que, a pesar de todo, arrasa en las encuestas de opinión cuando se le pregunta a los brasileños por qué candidato votarían en las elecciones por venir. Entre nosotros el PJ está quebrado en varios pedazos y son minoría los que se hallan dispuestos a partir una lanza en defensa de La Señora. Algo es algo.

Si a lo explicado hasta aquí se lo pone en el contexto electoral de 2019 -que es la prioridad excluyente del machismo- los capitostes de Cambiemos deberían estar más que conformes. Aun cuando no salgan a cantar victoria ni sea conveniente mostrarse eufóricos, en petit comité la plana mayor del Pro está convencida de que llevan una ventaja considerable sobre sus opositores. Tres encuestas conocidas en la última semana -de Query y Asociados, de Analítica, y de Hugo Haime- transparentan una serie de datos que a ningún integrante de la clase política, oficialista u opositor, podrían dejar de interesarle: la misma mayoría que dice ser pesimista respecto del futuro inmediato en términos económicos es la que declara que votaría por Macri si los comicios se substanciaran hoy.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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