Martes, 17 Abril 2018 00:00

A pesar de todo

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“Ser libre es estar solo, desprenderse de todos y de todo, extrayendo así de uno mismo la luz de un futuro distante”
- Friedrich Nietzsche, en la voz de Zaratustra

 

El Presidente Macri no suele trasladar públicamente los efectos de sus estados de ánimo, y no trata de enfatizar u ocultar satisfacciones o enojos con quienes alternativamente lo ensalzan o critican salvajemente.

La disputa ácida y mordaz que caracterizó la vida de los políticos argentinos durante décadas, ha cedido su puesto al soliloquio sosegado de un hombre que se concentra en el murmullo de sus ideas sin tratar de alarmarse inútilmente, mientras registra en sus “cuadernos de nota” –que luego detalla públicamente-, de qué manera puede afinar su “estilo” de gobernar para que éste resulte claro y lo más justo posible para todos.

Causa la impresión de dialogar con ciertas sombras, “QUE APARECEN A TENOR DEL LUGAR QUE OCUPA CON RESPECTO A LA LUZ”, como diría Nietzsche.

En su caso, adoptando una disposición interior que le sea útil para encontrar la verdadera raíz de los problemas que nos aquejan, a fin de poder alejarse del pesimismo de adversarios que no terminan de comprender los síntomas de una nueva realidad que ha llegado para quedarse y de un pueblo demasiado ansioso, acostumbrado a vivir preso de la ceguera de quien se mira el ombligo al analizarla.

Con el ingeniero Macri pasamos de la diatriba, la vociferación y la soberbia –el terrible tormento al que nos sometieron Cristina Fernández y sus secuaces-, a alguien que exhibe casi siempre una imagen “alfa”, donde el trato interpersonal civilizado reemplaza las agresivas consideraciones “pseudo intelectuales” con que solía “sacudirnos” su parlanchina antecesora.

La excesiva importancia que la sociedad le da a las cosas que juzga como “importantes” convirtiéndolas en obsesiones, nos lleva a despreciar, desafortunadamente, el hecho de estar por primera vez en muchos años frente a un hombre común que no se cree superior a nadie, y lucha para que prevalezcan la mesura y un tino que nos permita abandonar el fuego retórico e impaciente que nos ha consumido durante años.

En efecto, al estar acostumbrados a comparar siempre estados “actuales” con “anteriores”, hemos tratado de identificar siempre con mucha rusticidad conceptual los recuerdos y desagrados SOBRE LO QUE DEBIERA HABER SUCEDIDO DE OTRA MANERA (según nuestra opinión).

Quienes niegan al gobierno de Cambiemos toda posibilidad de éxito, por estar presidido por un “niño rico que siempre viajó en helicóptero” (sic), desvían su propia responsabilidad en las consecuencias que emanan de años en los que la política era prenda de contubernio: “cambio de figuritas” y “de esto no se habla”.

Mientras tanto, el actual gobierno trata de hacernos reconocer que la verdad constituye un deber que nos atañe a todos por igual respecto de un futuro que nos compete alimentar moral y éticamente, para conservar la solidez de la comunidad y evitar su paulatino aniquilamiento.

Probablemente Cambiemos resulta ser, de alguna manera, UN VERDUGO, POR NUESTRO PROPIO BIEN.

Mientras todo esto está a la vista, la gente aparece colmada de ansiedades y vacilaciones y nos vuelve a la memoria un consejo del filósofo austríaco, que hemos recordado alguna otra vez antes de ahora: “cuida que tu contemplación no sea como la del perro delante de la carnicería: el miedo no le deja avanzar, el deseo le impide retroceder, y abre unos ojos tan grandes como bocas”.

Frente a la evidencia de la naturaleza de las cosas, deberíamos edificar un planteo interior que nos permitiese distinguir en qué consiste la valorización positiva de lo que aún con dolor nos puede apartar definitivamente de las emboscadas que nos fuimos tendiendo unos a otros durante años y convencernos que la tarea más urgente consiste en “sembrar en el terreno de las pasiones vencidas, la semilla de las buenas obras”.

Suelen decir algunos sociólogos que siempre tiene que existir un “duro como la piedra”, para que pueda edificarse con él un nuevo credo. Hoy, el “duro” está personificado por un Presidente a quien todo el mundo exige y golpea sin piedad y es criticado por algunos porque no es “tan” eficaz y enfrentado por otros porque lo es, a su gusto, “demasiado”.

Deberíamos exhortarnos para reconocer que la enfermedad que nos aqueja (una forma de vivir donde todo el mundo se acostumbró a pedir mucho y dar poco de sí mismo), nos ha sumergido en la decadencia POR PROPIA VOLUNTAD, porque jamás nos decidimos a tomar la medicina apropiada para curarnos, arguyendo que tiene un sabor agrio para nuestro “exquisito” paladar.

Estamos convencidos que el ingeniero Macri no es ni más ni menos que uno de nosotros, que se ha decidido a escribir derecho y como puede sobre los renglones torcidos de la única página de una cuaderno “rayado de fábrica” que tiene a mano.

A pesar de todo, muchos protagonistas de la vida política –a la que se suma gente del común-, han comenzado a recitarle a su gobierno, a modo de advertencia, una frase que suele ser tan cara en el mundo del resentimiento y la disconformidad: “los muertos que vos matáis (o despreciáis, tanto da), gozan de buena salud”.

¿Estarán esperando una invitación de Maduro para residir en Venezuela probando de primera mano las “bondades” del régimen bolivariano?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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