Miércoles, 25 Abril 2018 00:00

Tarifas: disidencias y jefatura, el todo y las partes

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

 

Con dos años de ejercicio del gobierno, a pocos meses del lanzamiento de un nuevo proceso electoral, con inflación maníaca y encuestas depresivas, en las filas de la coalición gobernante han empezado a manifestarse tironeos que, aunque naturales, comprensibles y previsibles, provocan vértigo.­

 

El radicalismo y la Coalición Cívica (simplificando: Elisa Carrió) han expresado estos días enfáticos reparos a la escalada de aumentos de tarifas de los servicios públicos y ácidas críticas a su encarnación emblemática, el ministro de Energía, Juan José Aranguren. Simultáneamente, el núcleo duro de la Casa Rosada considera innegociables los aumentos y sostiene a Aranguren a capa y espada. Paradojas: radicales y lilitos le reclaman al PRO que aplique a las tarifas el gradualismo que predica en otros campos. El Ejecutivo en materia de tarifas quiere resolver en un mandato los atrasos que el kirchnerismo procesó en más de una década. Aranguren considera que incluso el ritmo actual, que asusta a los aliados del PRO, es demasiado lento: íntimamente coincide con ultraliberales como José Luis Espert (que imputa gatopardismo al Gobierno: “Hace kirchnerismo de buenos modales”, le critica). Para contribuir a la confusión, varios macrólogos (sedicentes expertos en el pensamiento presidencial) aseguran que Aranguren expresa “lo que Macri verdaderamente cree” (y aplica instrucciones) del Presidente; es decir, asignan al creador del PRO en este asunto más coincidencia con el ortodoxo Espert que con sus socios de Cambiemos.­

EL COMANDANTE MANDO PARAR

Lo cierto es que la espuma creada por las críticas de radicales y cívicos se deshizo en la arena tan pronto sus representantes hablaron con el Presidente. Como cantaba Carlos Puebla: “Llegó el comandante y mandó parar”. El gobernador mendocino Alfredo Cornejo, líder de la UCR, fue puesto por Macri frente al ministro Aranguren; después de ese encuentro Cornejo admitió francamente: “No habrá ninguna marcha atrás en el plan tarifario”. En retribución por esa disciplina, el gobierno acepta aplicar la tarifa con anestesia: se financiarán los aumentos. Evidentemente el Gobierno se hizo entender: el plan de actualización tarifaria no puede ser más gradualista ni puede ponerse en discusión la disminución del déficit fiscal.­

La discusión insinuada (y, en parte, explicitada) parece económica pero su motivación tiene otras raíces. A pesar de las numerosas mesas de diálogo, reuniones de coordinación, líneas encriptadas y mensajes de consulta o contención que ocupan horas de jefes y operadores de Cambiemos, la coalición oficialista no ha encontrado todavía un nexo doctrinario que la suelde y le permita compartir una estrategia más allá del obvio deseo de conservar (y eventualmente ampliar) el poder que le concedieron sus logros electorales y de la certeza de que para concretarlo es preferible sostener la unidad­ (“¿desparramados?, ¿qué hacemos?”).­

El PRO elude las doctrinas, se atrinchera tras el pragmatismo de la eficacia gestionaria y confía más bien en la homologación y sellos de calidad que ofrecen instituciones mundiales (OCDE, FMI, etc.): la ideología queda desdibujada o maquillada bajo la forma de compromisos internacionales adquiridos. Desde ese terreno y buscando la mayor flexibilidad posible avanza sobre la base de pactos y acuerdos prácticos tanto hacia adentro como hacia afuera de la coalición eludiendo mayores compromisos de mediano o largo plazo.­

El radicalismo, por su parte, tiene un capital territorial extendido por el país y una tradición ideológica que a veces se refugia en el populismo democrático de Hipólito Yrigoyen, a veces en el democratismo liberal de Marcelo T. de Alvear, y en otros casos en el dialoguismo y la búsqueda de acuerdos de­ gobernabilidad reflejados en el último Ricardo Balbín (su encuentro con el­ último Perón) y en el Raúl Alfonsín que supo pactar en Olivos con Carlos Menem y en la provincia de Buenos Aires con Eduardo Duhalde.­

Tomando un poco de cada fragmento de ese capital (o de lo que quedaba de él después de ruinosas aventuras como la que lo encogió a un mezquino porcentaje electoral en 2003) el radicalismo actual revivió en Cambiemos a la sombra del PRO pero no se resigna a ser un apéndice del macrismo: quiere ser un socio respetado y consultado. Quiere que Cambiemos avance desde su condición de coalición electoral y parlamentaria a la de coalición de gobierno. Un formato que, potencialmente, debería definir sus futuras candidaturas y jefaturas proporcionalmente a la fuerza política y electoral de los socios. El núcleo duro del PRO está, en rigor, muy lejos de ese tipo de imaginerías.­

Aunque ya no abusa del concepto “vieja política”, con el que durante todo un período ninguneó amablemente a los partidos preexistentes (UCR incluida) para recortarse como epítome de lo nuevo, el pensamiento cifrado del Pro concibe a su propia fuerza como beneficiaria de un paulatino trasvasamiento de cuadros y electores de la UCR, en el que el centenario partido iría cumpliendo el papel que jugaban los sellos políticos aliados al comunismo en el mundo de las “democracias populares” de Europa Oriental.

OFICIALISMO Y OPOSICION

El papel de Carrió en la coalición oficialista es singular: su capital político­ es la acreditación moral, el aval o la censura y la denuncia. Amplios sectores de la clase media le reconocen esa virtud y esa capacidad, con las que suplanta la ausencia de una estructura política propia. Esta última carencia es una debilidad pero también es funcionalmente positiva para el papel que ella desempeña: la expone menos al cumplimiento de favores y ayudas que comprometen a toda fuerza política orgánicamente conectada con la sociedad.­

Si los responsables de estructuras políticas deben contraprestaciones a sus cuadros y afiliados, la doctora Carrió -sin dejar por ello de ocuparse del posicionamiento de sus acompañantes más fieles- cuida principalmente tanto la función de árbitro ético como el vínculo con su electorado.­

Cambiemos es el espacio que le permitió poner en valor su capital simbólico: hace sentir su peso en la coalición con denuncias y sonoras diferenciaciones tanto como con apoyos y halagos (sabe también que la figura presidencial constituye, mientras no se demuestre lo contrario, el límite mayor para cualquier desborde verbal).­

Carrió necesita simultáneamente demostrar a su base electoral (ubicada en las clases medias urbanas, particularmente en el área metropolitana) que la espada de sus denuncias sirve para defenderla tanto frente a “los de arriba” como frente a “los de abajo”.­

La UCR y Carrió empiezan a oír ruido de cacerolas en barrios que votaron por el oficialismo, leen encuestas y ven allí que el respaldo a la gestión oficial sigue cayendo, y los temores a la inflación crecen tanto como el escepticismo sobre la capacidad del gobierno para controlarla. Notan que muchos de quienes votaron a Cambiemos no comparten la acción del Ejecutivo (principalmente en materia tarifaria) y que allí se abre una grieta por la cual puede reinstalarse la oferta de la “avenida del medio” que en su momento esbozó Sergio Massa y que de aquí a las elecciones podría corporizar un peronismo diferenciado del kirchnerismo.­

Las críticas a Aranguren y a los incrementos tarifarios de radicales y cívicos parecían destinadas a contener una fuga de votantes en dirección del peronismo racional abriendo un espacio de crítica interior a Cambiemos: la coalición jugaría así de oficialismo y oposición al mismo tiempo.­

Esta jugada táctica -que en otras circunstancias se le imputó y cuestionó al peronismo- quedó sin embargo abortada por la firmeza del Ejecutivo: con las decisiones estratégicas resueltas por el PRO no se negocia. Los críticos internos tendrán pocos logros para exhibir ante sus bases. O, si insisten en la queja, deberán enfrentar a Macri.­

¿CUANTO GRADUALISMO?

La movida del peronismo y la oposición destinada a gradualizar los incrementos tarifarios, vincularlos a los porcentajes de aumento salarial y aliviarlos de la carga impositiva que duplica los beneficios de la caja estatal (ahorro de subsidios + impuesto sobre los aumentos) resultará ahora más difícil y políticamente costosa de neutralizar. Paralelamente, los aliados del PRO sospechan que la necesidad del Ejecutivo de acordar gobernabilidad con los mandatarios provinciales y el llamado peronismo racional del Legislativo, puede inducir al PRO a privilegiar a esos sectores en distintos escenarios, particularmente en algunas situaciones provinciales donde se dirimirán gobernaciones en 2019. ¿Hay acaso, con eje en la provincia de Buenos Aires, una intención de “peronizar” al PRO y, por esa vía, a Cambiemos?

Todas esas inquietudes bullen en el seno de una coalición novedosa y precipitadamente exitosa, que necesita mejorar los materiales y las ideas que la mantienen unida pero que muchas veces parece vacilar ante esa tarea, como temerosa de jugar a la verdad.­

Las fuerzas políticas más extensas (como los sistemas políticos plurales) tienen naturalmente una gran policromía y no excluyen las discrepancias y las divergencias intensas en su seno. No hay nada de malo en que existan. Eso sí, para que no sean instrumentos de dispersión y anarquía, también es preciso que estén presentes la voluntad asociativa y la autoridad capaz de contener y disciplinar las disparidades. De lo contrario hay problemas.­

A la luz de la experiencia de Cambiemos el análisis político argentino está­ empezando a interiorizarse de que la existencia de tendencias contradictorias (y a veces enfrentadas) en el seno de un mismo oficialismo y los procedimientos para encauzarlas no son rasgos exclusivos del peronismo (o, si se quiere abusar de las generalizaciones, de “los populismos”), sino que puede darse también en fuerzas de otro signo, inclusive aquellas que gozan de mayor respetabilidad a los ojos de esos intérpretes.­

Jorge Raventos

Visto 188 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…