Lunes, 30 Abril 2018 00:00

El "garantismo" y la gente

Escrito por  Germán Moldes
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Con el garantismo las garantías que consagra la Constitución Nacional se convierten en trabas insuperables para el ejercicio de la legítima fuerza coercitiva y la autoridad del Estado.

 

En Córdoba, el pasado febrero, Ricardo Serravalle, un conocido, peligroso y multireincidente delincuente, que arrastraba varias condenas de prisión en su historial, murió en un tiroteo con la policía tras haber asaltado una vivienda secundado por dos cómplices. En la acción perdieron la vida, además de Serravalle, uno de los ladrones y un efectivo policial En La Matanza, hace pocos días, dos asesinos abatieron a sangre fría al colectivero Leandro Alcaraz porque pretendía que uno de ellos pagara el importe del viaje. El ejecutor material del homicidio sería un menor de edad.

Pero con respecto a Serravalle, vale la pena destacar las expresiones que, en un reportaje radial vertiera, nada menos que un fiscal federal: Enrique Senestrari, a quien ya conocemos por haber alentado la caída de un gobierno constitucional y haber invitado al Ministro de Justicia a “lavarse la boca con jabón antes de hablar de Zaffaroni” en alusión al más conocido expositor de ese compilado de dislates caprichosamente llamado “garantismo” que tanto daño ha hecho a la Justicia argentina.

Preguntado por el impresionante raid delictivo de Serravalle respondió: “Hay que ver qué llevó a esa gente a actuar de esa manera” … porque “la cárcel es un picadero de carne y la gente que va al picadero de carne tiene una extracción social de muchísimo sufrimiento, de muchísimas carencias”… “no es que busquen la fácil”, para terminar ilustrándonos acerca de las carencias y privaciones de las instituciones penitenciarias.

Este es el Ministerio Público Fiscal que nos dejó Alejandra Gils Carbó. La “progresía” bien pensante y su sentido de la justicia,- el único éticamente aceptable a sus ojos-, se estremece cuando advierte que esa difusa abstracción que llaman “la gente”, agotada por el hartazgo de un azote sin fin, de pronto tiende a pensar que ciertas alimañas únicamente pueden convivir con nosotros permaneciendo entre rejas.

Que sea nada menos que un Fiscal federal el que se enrole en esa corriente, que predica la indulgencia sistemática con el victimario y abandono sempiterno de la víctima, debe ser justificado motivo de alarma. Un fiscal que, en lugar de velar por los intereses generales de la sociedad, como es su deber constitucional, se suma a los que abogan sistemáticamente por el asaltante, el asesino, el secuestrador o el violador y velan por la celosa observancia de los derechos que los asisten, sin reparar jamás en los que deberían haber amparado a los asaltados, asesinados, secuestrados o violados, aunque ya es tarde para que esos derechos se respeten y los protejan. Esa monstruosa criatura intelectual que se nos presenta bajo el disfraz de “garantismo” no es tal porque, por esa vía, las garantías que consagra nuestra Constitución Nacional dejan de ser resguardos protectores de derechos y libertades y se convierten en trabas insuperables para el ejercicio de la legítima fuerza coercitiva y la autoridad del Estado. Así lo único que se consigue es facilitar la violencia, la criminalidad, la impunidad y el caos.

Es que, según parece, “la gente” se equivoca cuando pide penas más duras, cuando reclama una restricción procesal de las libertades, demanda la reducción de la edad de imputabilidad o exige sentencias ejemplares, porque, en su ignorancia, desconoce que las penas son ya muy duras, la legislación decimonónica que nos rige es excesivamente represiva y el “pobre” delincuente, lejos de ser un elemento antisocial o un depredador peligroso, ha sido una víctima acorralada desde la cuna por las rígidas exigencias de una sociedad egoísta e insensible. Por eso, y sólo por eso, no tuvo otra opción de vida que hacer del delito su medio de subsistencia y, en algunos casos según vemos a diario, transmitir generacionalmente su “arte” y su “ciencia” a sus hijos y sus nietos. Hoy ya vemos desfilar por los expedientes dinastías de delincuentes.

Todo este cuento no es más que la hipocresía insensata y utópica de un puñado de académicos engreídos que han seducido con su prédica a esos jueces y fiscales que, por trasladarlas desde la fantasía de la cátedra y el laboratorio a la cruda realidad de los casos penales concretos, cargan ya demasiadas muertes sobre sus conciencias, si es que las tienen No quiero ser cómplice del progreso de este cáncer por pusilanimidad o indolencia. No estoy dispuesto a sentarme a esperar pacientemente que los fingidos embustes de esa ideología falaz y novelesca se cobre la próxima vida.

El grado de escepticismo y desconfianza de la población respecto de la Justicia ha alcanzado un punto crítico. Mientras la calle, dolorida por los estragos morales de esa crisis, se deja resbalar por la pendiente del descreimiento, el discurso falsamente “garantista” ha logrado extender sobre toda la Institución su demagogia instrumental con el peligro siempre latente de que termine sustituida por un espíritu de revancha justiciera o la acción directa por mano propia.

Lo que está en juego es la legitimidad de un poder básico del Estado, y resulta doloroso comprobar qué poco han aprendido de sus errores las autoridades encargadas de garantizar su prestigio.

Germán Moldes
Fiscal general ante la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal

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