Jueves, 10 Mayo 2018 00:00

Una economía pendular

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La economía argentina registra desde hace décadas una constante inestabilidad de las principales variables macroeconómicas.

 

Son problemas estructurales, que se arrastran desde largo tiempo atrás, de modo que no se pueden atribuir a un gobierno en particular, aunque, como es obvio, los gobiernos también cometen errores que profundizan las dificultades. La persistencia de cierto ideologismo o los deseos de plegarse al denominado “consenso” internacional contribuye a repetir los errores, como lo prueban los recientes acontecimientos cambiarios que han generado una justificada preocupación en la sociedad argentina.  

Los problemas provocados por las reformas liberalizadoras de los años 80 en las economías de América Latina dieron lugar a una abundante literatura que ha permitido reconocer algunos errores de funestos resultados. Una buena síntesis de estos trabajos se encuentra en la obra del economista chileno Ricardo Ffrench-Davis que en el año 1998 publicó un trabajo editado por la CEPAL titulado “Reformar las reformas en América Latina”. Allí señalaba que “la apertura indiscriminada de la cuenta de capitales en las economías emergentes puede ser muy perjudicial para el desarrollo productivo y para el bienestar de la mayoría de la gente”.

Añadía French-Davis que “la inestabilidad cambiaria y macroeconómica, habitualmente asociada a una apertura irrestricta, es siempre muy costosa para los sectores productivos y para la equidad”. Consideraba que una regulación de los flujos de capital eficaz y eficiente era perfectamente posible como lo había demostrado el caso chileno. Sostenía que la aplicación de adecuadas políticas cambiarias y monetarias y una supervisión prudente del sistema financiero era un paso esencial, aunque seguramente insuficiente. Como si estuviera formulando un comentario sobre la actual coyuntura argentina, afirmaba que “los ajustes macroeconómicos de calidad deficiente y escaso pragmatismo, han sacrificado equilibrios que son sumamente importantes en el largo plazo, como el de una cuenta corriente equilibrada y un tipo de cambio competitivo”.

Para evitar los problemas generados por una afluencia de capitales especulativos, en los años 90 Chile estableció un sistema de “encajes” (que han variado entre el 10 y el 30 % y que debían mantenerse durante un año) a todos los fondos volátiles de corto plazo. Siguiendo esa huella, en el período que Roberto Lavagna dirigió la economía argentina, se estableció un encaje del 30 % para los capitales golondrinas y la obligatoriedad de una permanencia de 365 días.

En diciembre de 2015, el ex ministro de Economía y Finanza, Alfonso Prat-Gay, junto con las medidas dirigidas a terminar con las trabas del denominado “cepo” cambiario, levantó la restricción del encaje del 30 % y la llevó a cero y acortó a 120 días el plazo de obligatoria permanencia de un año establecido por Lavagna. En enero de 2017, el flamante secretario de Hacienda, Nicolás Dujovne, firmó el decreto que eliminó la última restricción al egreso de capitales al derogar el plazo mínimo de 120 días. La decisión fue justificada como “una de las banderas que el gobierno de Macri mostrará en Davos”, en el Foro Económico Mundial que debía desarrollarse pocos días después. Se consideraba que con esta decisión se conseguía ganar la “credibilidad y confianza” de los inversores internacionales, y que estas medidas alentaban la ansiada “lluvia de inversiones”.

El costo de estas decisiones se acaba de verificar en estos días, donde el Banco Central ha tenido que dilapidar los 9.000 millones de dólares de préstamos internacionales que habían ingresado en enero de este año, para atender la corrida bancaria y financiar la fuga de capitales. Menudo negocio. Este desaguisado demuestra que los flujos de capital no siempre son consistentes con los objetivos de estabilidad macroeconómica que es la precondición para alcanzar un crecimiento económico sostenible con equidad social. De modo que parece plenamente justificada una regulación prudente, directa o indirecta de estos flujos, para evitar la inestabilidad del tipo de cambio.

En economías frágiles como la Argentina, no se pueden aplicar las fórmulas que funcionan en economías más consolidadas. Incluso países con economías más fuertes, como España, Portugal e Irlanda, introdujeron ciertas restricciones a los movimientos de capital en 1992 para combatir la inestabilidad del tipo de cambio. Una vez que se alcanzaron esos objetivos, las restricciones fueron suprimidas de un modo paulatino y suave.

La crónica inestabilidad macroeconómica argentina estimula la fuga permanente de capitales. Es una ironía que Argentina siga esperando la ansiada “lluvia de capitales” mientras que permite que su ahorro interno se fugue y pase a engrosar los fondos especulativos internacionales. Algo se debería hacer para evitar una fuga asociada a una evasión de impuestos que genera una fuerte inequidad del sistema tributario.

Aleardo F. Laría
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