Jueves, 10 Mayo 2018 00:00

En el ojo de la tormenta

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No es la primera vez que, en el curso de nuestra historia -y, para el caso, del de cualquiera otra sociedad conocida- cuanto hasta ayer resultaba exaltado hasta las nubes hoy es puesto en tela de juicio sin demasiada compasión.

 

Eso ha venido a suceder con el gradualismo, que de ser el astro rey indiscutido -salvo para una minoría de observadores y analistas independientes- de pronto ha pasado a recibir críticas desde todos los costados imaginables. A tal punto que en la misma Casa Rosada se amontonan algunas dudas de si no deberían, de aquí para adelante, imprimirle a la política económica una aceleración mayor en punto a la contención del gasto público.

Entendámonos bien: no es que Mauricio Macri, ante el sacudón que sufre su imagen y su administración, haya retrocedido espantado y se haya percatado de que el paso a paso ensayado desde que asumió el poder se ha hecho merecedor a una honrosa jubilación. Nada de eso. Nadie en Balcarce 50 está dispuesto a dar por sepultado al gradualismo. De lo que tomaron nota quienes han asumido la responsabilidad de manejar los destinos del país es de ciertas limitaciones inherentes al modelo escogido. Algo de lo cual, por extraño que parezca, no se habían dado cabal cuenta hasta el momento en que se hizo sentir una crisis, por ellos inesperada, que los tomó de sorpresa y los ha vapuleado de manera inmisericorde.

Sin hacer las veces de abogado del diablo -papel que no le corresponde al analista de la realidad- ni de juez -que le corresponde menos- lo cierto es que resulta obligado plantearse una pregunta similar a aquella de la semana anterior. Si entonces decíamos que había un interrogante serio respecto de si el gradualismo alcanzaba o era insuficiente, luego de lo que sucedió se hace necesario determinar qué tanto han entendido el presidente de la Nación, su jefe de gabinete y los dos vicejefes, Quintana y Lopetegui, de la naturaleza de la presente crisis.

Hubiera sido necio de su parte negarle importancia y echarle las culpas a la Reserva Federal americana, a otro factor exógeno, o a la irresponsabilidad del arco opositor. El macrismo es poco dado a las teorías conspiracionistas y se compadece mal con su formación apelar a supuestos complots de mercado para explicar la esencia del fenómeno que los tiene en vilo. Sobre el particular, en el gobierno saben que algo no funciona como ellos habían imaginado, aun cuando no terminan de aceptar la realidad que les golpea la puerta y les exige cambios que no saben, no pueden, o no se animan a obrar.

Recurrir al Fondo Monetario Internacional unido a los anuncios hechos por el titular de la cartera de Hacienda, Nicolás Dujovne, sobre la reducción de la obra pública y el recorte -en medio punto- del gasto, son apenas calmantes para un resfrío. No sirven de mucho si lo que se enfrenta es una tempestad.

Si entendieron cabalmente lo que se les vino encima o si sólo percibieron unos pocos datos de carácter accidental es una incógnita que permanece en pie. Una cosa es asimilar el sopapo y atribuirlo a errores propios y a factores que no controla el gobierno -como el mencionado de las tasas de interés fijadas por la máxima autoridad monetaria estadounidense- y otra, muy diferente, es darse por enterados de que el gradualismo arrastra en su desenvolvimiento taras congénitas que no pueden remediarse. Sostener “fallamos nosotros y nos jugó una mala pasada el mundo” no es lo mismo que decir lo mismo agregándole que el gradualismo -tal como está diseñado- resulta insuficiente.

En cuál de los dos escenarios nos encontramos situados o, mejor, cuál es la convicción íntima de los principales funcionarios de Cambiemos, todavía no está claro. Que se asustaron se halla fuera de duda. Que reaccionaron, también. Pero apelar al Fondo, reducir el presupuesto de la obra pública nacional -que ya estaba bajando- y subir las tasas a como dé lugar, si bien en el corto plazo pueden ser medidas efectivas, a la larga tapan el síntoma; y nada más.

Los desafíos que enfrentará Cambiemos hasta que concluya el mandato para el cual fue elegido Mauricio Macri serán, en el año y medio que falta, de mayor envergadura que los pasados. Por de pronto, la Reserva Federal continuará aumentando la tasa de interés referencia e igual comportamiento se espera de las correspondientes a los bonos del Tesoro americano de corto y largo plazo.

Una pésima noticia. Al mismo tiempo, y por mucho que en el gobierno no hayan dado todavía el brazo a torcer, todos sabemos que en diciembre la inflación habrá superado marcadamente el tope del 20 %. Segunda mala noticia. Por último, hay otra cosa que -a esta altura y con las tasas de mercado- puede darse por descontado: si la economía creciera 2 % -número a todas luces insuficiente- habría que festejar, aun cuando sea la tercera de las noticias funestas.

Imaginar que se puede hacer frente a tamaños problemas, con base en un gabinete que no termina de ponerse de acuerdo, sería ilusorio. Y, sin embargo, aún desconocemos cómo quedaron alineados los bandos rivales, que llevan peleándose a vista y paciencia del país. En el primer round que duró casi dos años -de diciembre de 2015 a diciembre de 2017- Federico Sturzenegger llevó la mejor parte. El segundo round se substanció el 28 del último mes del año pasado. La independencia de la que hacía gala el Banco Central quedó entonces herida de muerte. En el tercero, que acaba de comenzar, el titular del BCRA volvió al centro del ring e impuso, frente a sus contrincantes, la misma política que Peña, Quintana y Lopetegui le habían obligado a sepultar cuatro meses atrás.

Los cabos sueltos, contradicciones, desajustes, riñas internas y carencias en la comunicación de los actos de gobierno, están a la orden del día. En última instancia y más allá de las culpas que pudieran corresponderle, en distinta medida, a sus hombres de confianza en el manejo de la cosa pública, la responsabilidad última de una crisis como la que atravesarnos es del conductor, o sea, del presidente de la República. Tímido como es, recela de aquellos que no conoce y desean aconsejarle. En parte soberbio, no sabe escuchar cuando sus interlocutores se acercan con críticas, aun cuando sean constructivas. Confiado en sus “ojos y oídos”, ha devaluado al resto de sus ministros de una forma poco feliz. Convencido que dividir entre muchos es mejor que concentrar en uno solo, ha balcanizado el área económica sin signos de cambio a la vista.

Por ahora lo salva el hecho de que no hay, entre nosotros, un flautista de Hamelin capaz de seducir, embaucar o convencer -como se prefiera- a la gente y capitalizar así el descontento que ha ganado a más de la mitad de la sociedad argentina. ¿Por cuánto tiempo?

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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