Domingo, 27 Mayo 2018 00:00

A la Hora Señalada

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“No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. - Woody Allen

 

Los carteles que portaban muchos de quienes concurrieron a protestar al Obelisco ayer y hasta la pantalla gigante colocada ante el monumento repetía: “La Patria está en peligro”. Los acorralados (por la Justicia) camioneros, las irredentas CTA, los tristemente famosos “metrodelegados”, a un desaforado grupo de kirchneristas y a los izquierdistas de siempre fueron a gritar que enfrentarán al Gobierno en las calles (balas o urnas, al igual que Nicolás Maduro, en Venezuela), y las razones son claras.

Resultó notable la hipocresía de reclamar por los “presos y presas” políticos del Gobierno –ignoro a quiénes se referían- mientras exigían que se pudran en las cárceles dos mil ancianos militares, cuyas prisiones preventivas exceden cualquier máximo legal, o han sido condenados en juicios amañados para satisfacer la necesidad de Néstor Kirchner de encontrarse con la izquierda porque, según él mismo confesó, da fueros.

La convocatoria, por cierto multitudinaria, otra vez fue financiada –en ómnibus, choripanes y algunos pesos- por los intendentes del Conurbano y, quizás, con fondos arriesgados por Cristina y sus enriquecidos cómplices. Están buscando ahora un muerto, ya que fracasaron con Santiago Maldonado y, nuevamente, tendremos que preguntarnos todos si seguiremos con la suicida actitud de cuestionar a las fuerzas de seguridad.

Gritemos todos que la Patria no está en peligro, pero que sí lo estará si vuelve el kirchnerismo al poder, y eso deberemos discutirlo, sólo en las urnas, en octubre del año próximo. Mientras tanto, acompañemos al Gobierno que hemos elegido –inclusive aquéllos que no lo votaron- porque es la única forma en que podremos tener algún futuro. Me refiero a un país ideal, en que todos seamos lo suficientemente civilizados para elegir qué queremos como sociedad y, sobre todo, quién va a pagar por ello.

Tal como era fácil de prever, las protestas de todo tipo transformaron nuestra vida, en especial la de los porteños, en un infierno que sólo acaba de encenderse; a medida que avancen los días y los meses, y tal como anunciaran ellos mismos el 25 de Mayo, saldrán a pelear la calle con más frecuencia. Y recordemos que, entre quienes lo dijeron, estaban los maestros y los bancarios, capaces de infligir los daños mayores a los chicos y al trabajo diario de todos. ¿Seremos capaces de soportarlo o, una vez más, probaremos que la dura madera con que fuimos forjados se ha transformado en un leño podrido y perforado por las termitas?

Los reclamos eran diversos: salarios, despidos, la inexistente apertura de la economía y, en especial, la relación con el FBI y el pedido de auxilio financiero al que tuvo que recurrir el Gobierno. En este último tema viene a cuento un mensaje que inundó las redes sociales: “si usted no está de acuerdo con solicitar esa ayuda, sea coherente y renuncie a todos los subsidios y los planes sociales que recibe”.

Porque es esa la verdad. Mauricio Macri intentó convencer a la sociedad que el gradualismo, en mi opinión indispensable, era la única receta que podía utilizarse para paliar la gigantesca crisis que había heredado, a riesgo de desatar un gigantesco conflicto social. No me cansaré de decir que no explicarla en detalle a un país que no la percibía fue el pecado original de Cambiemos, y lo seguirá purgando.

Pero ese gradualismo necesitaba financiación. Ésta no podía surgir de un aumento de impuestos –sí de una ampliación del universo que los tributa- porque ya teníamos la presión fiscal más alta del mundo, ni tampoco del ahorro interno, puesto que los argentinos tienen cerca de trescientas mil millones de dólares fuera, sin vocación de retornar. Entonces, ¿qué fuente quedaba disponible?

Obviamente, la primera y más obvia solución fue salir a pedir en los mercados internacionales de crédito, aunque para ello hubo que asumir tasas de interés altísimas, en razón de nuestra historia de defaulteadores seriales y de la inexistencia de seguridad jurídica. Y ese camino funcionó hasta que Donald Trump comenzó a fortalecer la economía de los Estados Unidos, transformándola en una gran aspiradora universal dinero que obligó a todos los países a devaluar sus monedas.

Y si le sumamos a esa circunstancia, ciertamente predecible, la fenomenal sequía que afectó al campo, con una pérdida de miles de millones de dólares en exportaciones (contra la favorable coyuntura de la que disfrutó Néstor Kirchner), la suba internacional del precio del petróleo (que puede incrementarse en razón de la denuncia del Presidente norteamericano del acuerdo de desnuclearización con Irán, y del aumento de la conflictividad en Medio Oriente), al cual nuestros combustibles están necesariamente atados, y la confirmada incapacidad de domar el potro de la inflación, tenemos el combo perfecto para explicar los problemas que debió afrontar el Gobierno en los últimos días.

La recurrencia al FMI, al cual –mal que les pese a los olvidadizos peronistas de todas las tribus- nunca dejamos de pertenecer, abarata el costo de la deuda que esta administración está obligada a asumir, a riesgo de desatar un problema social aún mayor y de impredecibles consecuencias. Pero, claro, la ayuda que vendrá, impulsada por un inédito apoyo internacional de casi todos los países importantes del mundo, no será simplemente un crédito para que la Argentina vuelva a despilfarrarlo; le será exigido al Gobierno una aceleración en la reducción del gasto que, indudablemente, generará nuevas protestas y conflictos.

El título de esta nota remite a una fantástica película de 1952, protagonizada por Gary Cooper. En ella, un sheriff se ve enfrentado a un criminal al cual puso en la cárcel y que, ya en libertad, regresa al pueblo para vengarse; sus conciudadanos lo dejan solo, y nadie sale a apoyarlo en ese duelo final. Hoy, más allá de las declamaciones favorables de las grandes organizaciones empresariales, cada uno de sus integrantes aprovecha la coyuntura para aumentar los precios e intentar maximizar sus ganancias.

Para controlar a los formadores de precios, el Gobierno no recurre a la pistola, al estilo de Guillermo Moreno, sino a poner en marcha a la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, que dormía hace años, para evitar la cartelización de la oferta en sectores claves de la economía. Porque estos días ha quedado claro que muchos sectores continúan practicando esa nefasta forma de hacer negocios. Los afectados, como siempre, se sumarán a los quejosos, olvidando que ese organismo de control existe en todos los países serios del mundo, y ha aplicado multas a los grandes conglomerados (Microsoft, por ejemplo) y los ha obligado a dividir el mercado.

Macri ha tomado, tal vez por imposición de los grandes jugadores de las finanzas internacionales, una medida correcta: designó como coordinador de todos los ministerios vinculados, de un modo u otro, al devenir económico, a Nicolás Dujovne, que ha demostrado tener la cintura necesaria para negociar con ese difícil interlocutor, ahora personificado en Christine Lagarde, al cual se pretende transformar en un comprensivo acreedor,.

La virulencia en la calle es –casi- comprensible, porque el desierto que deben atravesar los opositores (y algunos aliados) a Cambiemos es muy duro, sobre todo para aquéllos acostumbrados a las mieles y dineros que el poder conlleva, pero lo es menos cuando de los que creíamos más sensatos del universo tribal del PJ se trata. El miércoles próximo será tratado en el pleno de la Cámara de Senadores –por favor, lector, note que no he dicho “Honorable”- el tema de las tarifas de la energía.

En realidad, ninguno de los más encumbrados representantes del peronismo quiere seriamente que los precios vuelvan a diciembre de 2017, como planteó Sergio Massa, y menos a diciembre de 2015, como pretenden los energúmenos kirchneristas, y sólo buscan que Macri pague el costo político de vetar un adefesio, pero sé cuánto le costará al país la mera discusión del tema: los escasos inversores reales están huyendo en manada.

En fin, hemos festejado un nuevo 25 de Mayo y, aún, seguimos siendo un país. Espero que mis hijos y nietos puedan vivir en algo más: una Nación, es decir, algo mejor que un simple consorcio en el que convivimos sin respetar ninguna ley ni los derechos de nuestro prójimo.

Enrique Guillermo Avogadro
Abogado  
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