Jueves, 07 Junio 2018 00:00

Veto y gobernabilidad

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Tantas consideraciones ha merecido en las últimas semanas el veto presidencial, que todos descontaban si prosperaba en las dos cámaras del Congreso Nacional la iniciativa del arco opositor relacionado con el tema de las tarifas públicas; tanto se ha especulado respecto a las consecuencias que podría traer aparejadas para el oficialismo, y tantos han sido los análisis enderezados a puntualizar los pros y los contras del ucase macrista, que es imposible ignorarlo.

 

Carecería de sentido volver sobre lo ya escrito o siquiera discutir qué tanto afectó a Cambiemos el asunto. Entre otras razones porque, aun a riesgo de contradecir a la mayoría de las opiniones vertidas, lo cierto es que el veto no le agregó ni le quitó nada al macrismo. Si ha salido magullado de la pelea, no es en razón de haber hecho el primer magistrado uso de una de esas facultades que tienen mala prensa y suscitan siempre -sin excepción a la regla- la grita generalizada de los gestores de la ley anulada. Cualesquiera que sean los jirones que la alianza gobernante dejó en el camino desde el momento en que decidió aumentar las tarifas hasta hoy, el veto tuvo en ello poco o nada que ver.

La abrupta caída de la imagen de Mauricio Macri y la poca consideración que su gestión merece en estos días a más de 50 % de la gente, venían de antes. Los aumentos tal como fueron anunciados y puestos en práctica, por un lado, y la corrida financiera, por otro, obraron los efectos que dejaron patas para arriba un escenario hasta entonces tan favorable al oficialismo. Casi se podría decir -sin exageración ninguna- que el famoso veto ha venido a representar apenas una anécdota intrascendente. Sí hizo ruido y tensó las relaciones -de suyo inestables- de Cambiemos y el peronismo. Pero no pasó de eso.

Si alguien creía que, de resultas del mismo, los integrantes de la tribu comandada por el senador Miguel Pichetto, los gobernadores justicialistas y los seguidores de Sergio Massa y de Diego Bossio se iban a dar por ofendidos y cortarían de cuajo todo diálogo con el gobierno, estaba equivocado. Parte de quienes se amontonan en el mosaico peronista hicieron fulbito para la tribuna. ¿Fueron irresponsables en el tratamiento del tema? Considerado con arreglo a los parámetros del mundo políticamente civilizado, no cabe duda de que se comportaron como bárbaros. Sólo que nuestro país no califica como civilizado, más allá de integrar el G-20 y ser este año el anfitrión de la reunión plenaria que se llevará a cabo en la ciudad de Bariloche, en el próximo mes de noviembre.

En estas playas -y, sobre todo, cuando al justicialismo le toca ser oposición- pensar que tendrá un comportamiento similar al de los conservadores y laboristas británicos, o al de los demócratas y republicanos estadounidenses, es no entender por dónde pasa el meridiano de la política. Apelar a la demagogia que ellos mismos condenarían si mirasen las cosas desde Balcarce 50 forma parte de las reglas de juego o, si se prefiere, de las muchas mañas de los partidarios de Juan Domingo Perón. Inconcebibles para un suizo o un finlandés, aquí son moneda corriente.

Con todo, al final del día, los bárbaros en ningún momento desearon llevarse por delante al gobierno. Percibieron su debilidad y se hicieron eco del malestar de buena parte de la ciudadanía. Luego obraron en consecuencia. En realidad su reacción siguió a la de la mayoría de los argentinos que rechazaron airados el intento macrista de sincerar una realidad impostergable. Si el arco opositor se mostró oportunista y falto de responsabilidad, antes esos reproches habría que cargarlos a la cuenta de tantos argentinos que pretenden pagar tarifas kirchneristas y recibir servicios similares a los de Alemania. La demagogia ha sido en este como en otros casos anteriores una característica saliente de la sociedad civil a la que después -tratando de sacar partido del asunto- se pliega el arco opositor. Nada nuevo bajo el sol.

Mauricio Macri -dicen en su entorno- no sólo está enojado con los mandatarios provinciales del PJ que le prometieron disciplinar a sus senadores y, acto seguido, hicieron mutis por el foro. También se halla fastidiado con muchos que lo votaron y, de acuerdo con las encuestas de opinión, ahora se sienten descorazonados o arrepentidos de haberlo hecho. El encono que, de tanto en tanto, ha puesto de manifiesto en privado, no le ha hecho perder los estribos o reaccionar de una manera que lo descolocase. Siempre tuvo en claro que, si la ley motorizada en contra de su política de ajuste era sancionada, él la vetaría sin vueltas. Fue consciente, desde el inicio de la crisis, que no había espacio para retroceder. Dar un paso atrás podría significar el principio del fin porque -entonces sí- el peronismo olería sangre y se le echaría encima. En una palabra y por raro que pueda parecer: la gobernabilidad dependía del veto.

En comparación con el kirchnerismo y con los reinos de taifas justicialistas, es verdad que Cambiemos salió de la crisis en peores condiciones de las que acreditaba antes de que ésta se desencadenase. Era lógico que ello sucediera en virtud de que, mientras aquellas banderías no arriesgaban nada, la alianza de gobierno tenía mucho que perder. El resultado está a la vista y no se puede cambiar.

El conflicto más que la concordia es cuanto marcará el ritmo de la política hasta las elecciones del año entrante. La situación se ha enrarecido de tal manera, y los frentes que tiene abiertos Cambiemos son de semejante calado, que imaginar el porvenir sostenido por unos sillares nacidos del consenso y los acuerdos programáticos, entre oficialismo y oposición, perder el tiempo.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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