Miércoles, 20 Junio 2018 00:00

Voluntades, preferencias y el juego de la realidad

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El filósofo prusiano Arthur Schopenhauer llamaba “imbéciles execrables” (sic) a aquellos individuos que no tienen nada de qué enorgullecerse y se refugian “en la vanagloria de una nación a la que pertenecen por casualidad, dispuestos a defenderse con todos los defectos y las tonterías propias de la misma”.

 

La frase es durísima, pero creemos que le sienta como anillo al dedo a muchos políticos, llámense como se llamen, que insisten en creer que son el “todo”.

Así como la Escuela Económica de Viena de 1930 resaltó en el mundo contemporáneo la importancia de lo que denominó “preferencias temporales” de los individuos al momento de decidir con su acción el curso del acontecer económico, Aristóteles señaló en la antigüedad la división que existe entre lo que uno “es”, lo que uno “tiene” y lo que uno “representa”.

Son dos definiciones que permiten entender el porqué de los ciclos de bonanza y derrumbe político y económico en muchas sociedades.

Nada de eso parece haber sido un obstáculo para algunos funcionarios públicos de nuestro país, que vienen arrastrando sus precariedades esenciales desde hace años, en el ejercicio de los cargos que han desempeñado.

Sin encontrar explicaciones satisfactorias para entender estas cuestiones, toda la sociedad sigue insistiendo en manejarse con un inexplicable lenguaje “inclusivo” para definir lo que nos rodea, con la pretensión de que las cosas cambien si las denominamos de otra manera, apelando a la inútil artificiosidad de una “interioridad romántica” que nos distingue, señalada con acierto por muchos psicólogos sociales.

En efecto, de tan aferrados a vivir de eufemismos, no hemos agotado aún un lenguaje que solo ha servido para desconocer las características “esenciales” de la realidad, y ésta nos ha puesto a parir sin solución de continuidad.

Además de algunas “ineficiencias técnicas”, los tropiezos de Cambiemos responden en gran medida al hecho de que el gobierno abusó de una suerte de “catarsis” conceptual, abrazando un gradualismo “Zen” que potenció el ensimismamiento de una coalición que buscó independizarse de algunos mensajes tácitos de la sociedad, creyendo que bastaba utilizar los efluvios de sus buenos deseos para imponer una voluntad “renovadora”.

Hoy se comprueba que ésta ha sido bastante aciaga, porque afloró finalmente el archiconocido “yo” hinchado hasta lo excelso que nos caracteriza a los argentinos, desconociendo el peso de una realidad que avanzó en paralelo y ha terminado por plantarlos en el escenario de un eventual fracaso, que siempre pareció aterrarlos a pesar de los globos amarillos y la música pegadiza de Freddy Mercury (dicho esto sin sorna alguna).

“Sí se puede”, fue su frase favorita de cabecera, creyendo que algunos nombres, supuestamente “ilustres”, alcanzarían para producir los resultados emergentes de la “interioridad romántica” ya aludida, que evidenció un franco desapego por reconocer a tiempo la naturaleza de las cosas.

No comprendieron que existe una parte muy absurda en la voluntad de un individuo cuando éste suele “ensimismarse”, que no contribuyó en su caso a paliar un pesimismo social latente, que condenó finalmente una cierta altisonancia en el lenguaje que no contribuyó a revertir la desconfianza de una sociedad muy defraudada políticamente durante años.

Si el Presidente se hubiese abocado a interpretar los símbolos subliminales de esta realidad sin prestar tanta atención a algunos jóvenes “profetas” que lo rodearon, no hubiera llegado a sufrir los coletazos de su actual crisis y mantendría probablemente el favor popular que lo acompañó en los primeros meses de su gobierno y hoy jaquea un ciclo que “pintaba” promisorio para rescatar la vigencia de algunos conceptos “de hierro”, que podrían resumirse en tres palabras: sangre, sudor y lágrimas.

En un mundo francamente impredecible, en donde nadie sabe si “lo mejor está por venir”, quienes hemos visto con simpatía al gobierno de Cambiemos como algo “distinto”, sabemos que este deseo está sujeto A LO QUE HAGAMOS EN EL PRESENTE, porque “los tiempos de plenitud”, como decía Ortega y Gasset, “se sienten siempre como resultado de otras muchas edades preparatorias de otros SIN plenitud, inferiores al propio. Vistos desde su altura, aquellos períodos preparatorios aparecen como si en ellos se hubiese vivido de puro afán e ilusión no lograda, de deseo instalado, de “TODAVÍA NO”, de contraste entre una aspiración y la realidad que no le corresponde”.

El día que esto sea comprendido por gobernantes que tengan intenciones “de hacer las cosas bien”, podremos arribar “a la altura de nuestros sueños, a la meta anticipada, a la cima del tiempo” (siempre Ortega).

A Macri y su “equipo” (¿el mejor de los últimos 50 años?), le sobran aún “tela para cortar” en esta materia, siempre que se dispongan a cambiar su percepción “recoleta” de una crisis a la que arribaron sin que nadie los empujase.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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