Martes, 03 Julio 2018 00:00

El rostro oculto de la mente

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Ante las turbulencias ocurridas durante las últimas semanas, hemos vuelto a recordar episodios de nuestra historia política, como así también algunas reflexiones “académicas” universales, que analizan la mente de un individuo y su comportamiento frente a escenarios de esta naturaleza.

 

Comenzamos señalando que la psicología enseña que las emociones entorpecen siempre la concentración y paralizan la capacidad mental cognitiva -denominada científicamente como MEMORIA ACTIVA-, que es la que permite retener la información que hace posible concentrar todos los demás esfuerzos del intelecto, al sumarle una motivación positiva que genera entusiasmo y confianza para lograr éxito en las actividades que desempeñamos habitualmente.

En medio del nerviosismo social generalizado, el reciente fiasco del seleccionado nacional de fútbol en el mundial de Rusia, nos ha recordado estos fundamentos una vez más, como evidencia de que una gran mayoría de los argentinos deberíamos someternos a un riguroso entrenamiento de nuestras emociones primarias que nos permitiese desarrollar algunas virtudes que no solemos poner en práctica: celo, organización colectiva y persistencia ante los contratiempos.

Esto vale tanto para Sampaoli, el cejijunto Messi, “Chiqui” Tapia y sus amigos, como así también para los dirigentes políticos, sindicales y empresarios que no practican fútbol profesional (quizá lo hagan en algún “picadito” familiar), pero que “juegan” papeles fundamentales dentro de las corporaciones a las que pertenecen, donde analizan y deciden sobre la política, la economía y la marcha de la sociedad en general.

La realidad indica que al poner “afuera” las causas de nuestras frustraciones (Marcos Peña dixit una vez más), hemos dejado de ser competentes, experimentando una suerte de regresión que nos ha llevado a “desorganizar” nuestras actividades –tanto individuales como colectivas-, cada vez que somos sometidos a una presión de cualquier índole.

Todo esto ha hecho desaparecer iniciativas “lógicas” en nuestro imaginario cultural, comprometiéndonos con proyectos impracticables que se han ido diluyendo a través de los años sin solución de continuidad, en medio de vacilaciones y contramarchas.

¿Era posible creer acaso que podíamos consagrarnos campeones mundiales de fútbol con el concurso de jugadores, técnicos y dirigentes que hacen un culto del “amiguismo”, la soberbia y la improvisación más absoluta?

En paralelo, y en relación con la actual situación política y económica, ¿no es absolutamente ilusorio seguir pensando que el desbarajuste que armó el kirchnerismo en los últimos diez años -y todos nosotros durante otros cuarenta- podía arreglarse EN DOS merced a las buenas intenciones de un gobierno, sin que TODOS tiráramos del carro al mismo tiempo para terminar con despilfarros y voluntarismos que nos convirtieron en una suerte de comparsa bullanguera y prepotente?

En estos días, creemos percibir una sensación colectiva de haber llegado a un final de época sintiendo una enorme frustración, sin que, a pesar de ello, muchos responsables de la crisis sepan bien cómo debería abrirse “una nueva historia”.

Nuestras relaciones sociales siguen basadas en fragmentos de información sensorial QUE NO HA SIDO TOTALMENTE SELECCIONADA NI INTEGRADA CON UN OBJETO “RECONOCIBLE” y nos impide formar juicios de valor razonables, comprendiendo que SIN CURANDEROS NI SABLES A LA VISTA, ha llegado la hora de tener que acostumbrarse a dilucidar las respuestas adecuadas para preocupaciones recurrentes, que nos han convertido en una sociedad que está al borde de quedar sumergida para siempre en la más absoluta intrascendencia.

Por otro lado, la esperanza –a la que solemos apelar como si fuese un talismán que nos permita “zafar”-, no significa solamente el poder encontrar algún solaz ante las dificultades que debemos afrontar en la vida diaria. Algunos investigadores modernos (Joseph Le Doux, Universidad de Nueva York, Antonio Damasio, Universidad de Iowa), han determinado que debería estar acompañada además de una aceptación irrestricta a realizar esfuerzos muchas veces penosos e insalubres -si se nos permite la expresión-, que son los que le dan sustento.

Son precisamente aquellos que hemos rechazado durante años por considerarlos “indignos”.

Vivir con lo nuestro (que hoy es casi nada); gastar lo que no tenemos; mirarnos el ombligo y quedar satisfechos con sus pliegues cuneiformes; levantar dedos acusadores hacia “los demás” respecto de cosas que no nos gustan y estar convencidos que el resto del mundo debiera “comprendernos” y financiar nuestros despilfarros, son parte de esta paranoia que parece no tener fin.

En el fútbol, por lo pronto, una selección de Francia, práctica y vistosa, nos mandó de regreso a casa sin piedad, usando un mensaje deportivo simple y claro: cuando se trata de éxitos, “goles son amores” (refrán popular).

Por otro lado, la directora del FMI, a quien hemos recurrido nuevamente de apuro para reordenar nuestra maltrecha economía, es la francesa Cristine Lagarde, quien nos ha tratado como si fuésemos alumnos desobedientes mientras nos entregaba un manual de ruta utilizado en general por casi todos los países civilizados.

¿Una simple coincidencia? ¿O dos oportunidades equivalentes para comprobar qué significa convertirse en un país “desarrollado” y decidirnos a obrar en consecuencia?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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