Viernes, 06 Julio 2018 00:00

Macri, entre lo político y lo económico

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Los militares saben lo difícil que es librar una guerra en dos frentes, si envían grandes contingentes de tropas a uno corren peligro de tener que replegarse en el otro.

 

Mauricio Macri se ve ante un dilema que en cierto modo es parecido a aquel que durante mucho tiempo obsesionaba a los generales de los países centroeuropeos, si bien, por suerte, en su caso no se trata de defender el territorio nacional contra ejércitos enemigos. Tiene que elegir entre privilegiar la economía, lo que podría costarle el apoyo de sectores muy amplios, por un lado, y, por el otro, dar prioridad a la política demorando cada vez más la toma de medidas que sabe son urgentes.

Macri no quiere permitir que las variables económicas se le vayan de las manos, como amenazaban con hacer en abril cuando, para consternación de sus ministros, el peso se devaluó de golpe; pero teme que los intentos de manejarlas lo pongan a la merced de personajes que, como le recordaron al aprobar el Congreso una ley para frenar los tarifazos que sabían sería vetada enseguida, están dispuestos a ir virtualmente a cualquier extremo a fin de debilitarlo.

Con todo, si bien los aumentos de las tarifas energéticas motivaron muchas protestas, parecería que los legisladores que procuraron aprovechar la indignación de los usuarios no se vieron beneficiados por su presunta defensa del bolsillo popular.

La Argentina no es Japón o Alemania, países en que el grueso de la ciudadanía se ha acostumbrado a pensar más en el largo plazo que en el corto y por lo tanto soporta con estoicismo los ajustes por entender que son imprescindibles, pero hay señales de que la gente ha comenzado a tratar las promesas formuladas por oportunistas con más escepticismo que antes.

Cuando los macristas hablan de “la batalla cultural”, lo que tienen en mente es la grieta que, desde hace tres cuartos de siglo, mantiene separados lo político y lo económico. Es como si pertenecieran a universos diferentes. Mandatarios que ocupan lugares de privilegio en el panteón nacional dejaron a sus sucesores una economía arruinada, mientras que, con la excepción parcial de Arturo Frondizi, los que procuraron administrarla con un mínimo de realismo son recordados con desdén por “antipopulares”.

Quienes acusan a Macri de no prestar la debida atención a la política quieren que el gobierno encuentre la forma de gastar más, mucho más. Por su parte, los preocupados por el estado de la economía nacional le advierten que si intenta impulsar el consumo aumentando el gasto podría desatar una conflagración hiperinflacionaria.

Puesto que los únicos que quisieran que el país se entregara al caos son especuladores y otros especialistas en aprovechar las desgracias ajenas, aquellos opositores que los macristas dicen son “racionales” porque, en términos generales, comparten la misma filosofía económica suelen atribuir las dificultades a los errores no forzados del gobierno. Dan a entender que en el fondo es una cuestión de la incapacidad de los CEO que no entienden nada de política.

Aunque algunos insisten en que la estrategia económica macrista es mala, las alternativas que sugieren son vagas; prefieren no entrar en detalles.

Los calificados de populistas por el oficialismo suelen ser más imaginativos que los presuntamente “racionales”.

Se afirman convencidos de que, a diferencia de lo que ha sucedido en el resto del planeta, en la Argentina “la ortodoxia” reivindicada por norteamericanos, europeos y, últimamente, chinos nunca ha funcionado y por lo tanto el país debería emprender un rumbo “heterodoxo” que le ahorraría la necesidad de ajustar.

Hasta hace poco, muchos tomaban en serio la noción de que un buen gobierno sabría repartir riqueza sin preocuparse por asuntos engorrosos como la productividad de los diversos sectores, pero parecería que hoy en día sólo una secta fervorosa de militantes nostálgicos sigue aferrándose al facilismo que antes disfrutaba del respaldo de buena parte de la población.

Así y todo, aún escasean los dispuestos a tolerar los ajustes, por menores que fueran, cuando les toca estar entre los perjudicados. He aquí la razón principal por la que los más pobres siempre terminan pagando la mayor parte de los costos.

Los ricos y los afiliados a sindicatos combativos saben defender sus intereses.

La clase media es más vulnerable pero, puesto que todos los gobiernos entienden que si los aún solventes dejaran de consumir las consecuencias serían negativas para todos, hasta los kirchneristas más críticos de la burguesía les brindaron cierta protección, de ahí los subsidios energéticos que beneficiaban a quienes vivían en los barrios relativamente prósperos de la Capital Federal.

James Neilson

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