Viernes, 27 Julio 2018 00:00

El futuro es mañana

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La necesidad perentoria de ajustar la economía para cumplir con el Fondo Monetario Internacional hace que el gobierno actué de acuerdo a un criterio estratégico que se reduce a y se resume en el cortísimo plazo.

 

No hay nadie dedicado, en las oficinas públicas, a pensar el país del futuro; el rol del Estado en las décadas por venir; el papel que deben desempeñar las Fuerzas Armadas en el contexto de este tercer milenio en que nos ha tocado vivir; el cambio que hace falta generar para incrementar, de manera substancial, nuestro perfil exportador; la modificación del sistema educativo, en atención a los reclamos de un mundo mucho más complejo que el del pasado siglo; o la puesta en marcha de una reforma política seria. Si, cuando le sobraba tiempo, el Pro no lo hizo, y apenas le dio alas a un think tank de cabotaje -la Fundación Pensar- que sirvió de poco o nada, menos está en condiciones de dedicarse a estos menesteres ahora. El horizonte de la Casa Rosada es llegar a fin de año sin perder el control de la calle y sin tener que soportar una nueva corrida cambiaria.

Más allá de las declaraciones optimistas del presidente de la Nación, del jefe de gabinete y de los dos ministros de mayor relevancia en el presente -Nicolás Dujovne y Luis Caputo- lo cierto es que en petit comité -o, si se prefiere, de puertas para adentro, cuando no hay necesidad de dar buenas noticias ante las cámaras o frente a un auditorio de empresarios o delante de los titulares de las carteras de Finanzas y de los bancos centrales de los países del G-20- los funcionarios nombrados se dan cuenta de que se hallan en medio de una crisis que no ha terminado. Que por razones de marketing ninguno de ellos quiera o se animen a denominarla así y, en cambio, prefieran calificar la situación por la cual atraviesan como una tormenta, no debe llamar a engaño.

En los primeros días del próximo mes de octubre se desarrollarán en la ciudad de Buenos Aires los Juegos de la Juventud, donde competirán equipos de todas partes del mundo. El embajador de uno de los estados que más ha sufrido el flagelo terrorista y cuenta con el que es considerado, por muchos, el mejor servicio de inteligencia del mundo, le hizo llegar, meses atrás, un informe reservado a la administración macrista respecto de la posibilidad de que un atentado pudiera llevarse a cabo en esa semana. Treinta días más tarde, en noviembre, tendrá lugar en Bariloche la reunión cumbre del Grupo de los 20. Desde Donald Trump hasta el anfitrión del encuentro, estarán presentes los jefes de Estado de los países más importantes del planeta. En una y otra ocasión se pondrá a prueba -más, por motivos obvios, en la ciudad patagónica que en la Reina del Plata- la capacidad del sistema de inteligencia argentina y de sus fuerzas de seguridad. Pero, al margen de cuanto pueda suceder en uno u otro lugar, el foco de tensión por excelencia sigue siendo el gran Buenos Aires.

María Eugenia Vidal; lo que cabría definir como la Iglesia Católica -en realidad, los cientos y cientos de párrocos de esa confesión, extendidos en todo el cono urbano bonaerense-; buena parte de los intendentes, sin distinción de banderías políticas; y los organismos de seguridad, coinciden sobre el riesgo potencial de reclamos masivos de comida en los supermercados, que podrían dar lugar a saqueos generalizados si las condiciones sociales empeorasen de aquí a fin de año. La gobernadora, monseñor Jorge Lugones y la intendente Verónica Magario no piensan lo mismo y hasta resultan enemigos en determinados casos; no obstante, perciben un fenómeno que les preocupa por igual. Vienen a coincidir, sobre el particular, en algo que no debiera sorprender. Quizás tengan intereses diferentes en la cuestión -mientras una debe velar por el orden y la concordia pública, otros deben ocuparse de los pobres, conforme al mandato bíblico- pero nadie deja de percibir el peligro latente.

En el orden económico, el gobierno anhelaría poder cumplir con la palabra empeñada en la campaña electoral acerca de una serie de medidas económicas anunciadas, entonces, en correspondencia con el ideario liberal, promercado -o como quiera llamársele- que, con mucho más énfasis que hoy, enarbolaba la gente del Pro. Sólo que la necesidad tiene cara de hereje y ni Mauricio Macri, ni Marcos Peña, ni Luis Caputo ni tampoco Nicolás Dujovne saben qué decisión habrán de tomar mañana si, a pesar de su esfuerzo, el ajuste en marcha no cerrara.

En estos momentos se evalúan al menos sesenta puntos de la reforma tributaria cuyo costo fiscal ha sido puesto a examen. Es probable que la rebaja de las contribuciones patronales, el ajuste por inflación, la reducción escalonada de la tasa de ganancias para las empresas y el cómputo del impuesto al cheque sean modificados o congelados. Lo mismo cabria sostener de la reducción anual de las retenciones al sector agrícola. El hecho de que el presidente no asista el sábado que viene a la inauguración de la exposición rural de Palermo, con todo lo que ello significa, da que pensar.

Si hubiese que apuntar unos datos demostrativos de qué tan seria es la situación, valdrían los siguientes: a un mes, apenas, de haber sido premiados con la designación de economía emergente y de haber firmado un acuerdo con el FMI, merced al cual este organismo le prestará a la Argentina un monto nunca antes adelantado a ninguno otro de sus miembros, las dudas son mayores que las certezas y la desconfianza es moneda corriente. Que el presidente sea recibido en Davos, como si fuera un estadista del Primer Mundo, o que formemos parte del G–20 no ha impedido -por ejemplo- que las acciones argentinas cayeran, valuadas en dólares, 25 % en 30 días.

Razón, pues, le asiste al gobierno para obrar conforme a una hoja de ruta corta. Es que no tiene demasiadas alternativas. No hay horizonte fuera del día a día. Cuenta -eso sí- con un apoyo de más volumen que el de Christine Lagarde. Nada menos que el del secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin. Quienes conocen en detalle cómo se gestó el acuerdo con el Fondo Monetario dicen que la entrevista decisiva que tuvo Nicolás Dujovne no fue con la gerencia del Fondo sino con ese funcionario de la administración presidida por Donald Trump.

Lo escrito no significa que en Balcarce 50 se hayan olvidado de la campaña. Por supuesto que es el objetivo principal; sólo que para pensar en el proceso electoral que se desenvolverá entre agosto y octubre/noviembre del año venidero se requiere, como condición necesaria, poner en marcha cuanto no pudo, no quiso o no supo hacer Mauricio Macri en el curso de los dos años que lleva gobernando el país. Después se verán los resultados.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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