Martes, 14 Agosto 2018 00:00

¿Estamos preparados?

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No hay duda alguna que los últimos acontecimientos políticos nos están sumergiendo de a poco en una cultura extraña, un lugar donde decir SÍ puede significar NO, donde todo se regatea y el miedo puede resultar una forma de alivio.

 

El asombro, la frustración y la desorientación comienzan a afligir visiblemente a los actores sociales involucrados en las colosales evidencias de corrupción que van quedando expuestas en carne viva, en un escenario que tuvo durante mucho tiempo una cierta “apariencia” tolerada por todos y nos enfrenta hoy a un futuro inmediato impredecible.

¿Lograremos abandonar las rémoras culturales que nos inmovilizaron durante años impidiéndonos crecer enterrando los símbolos enfermos de una sociedad que siempre quiso parecerse a sí misma?

Porque haber vivido hasta hoy en condiciones francamente mezquinas, nos ha hecho mezquinos, y “pocas veces nos equivocaremos si atribuimos NUESTROS ACTOS VULGARES A LA COSTUMBRE Y LOS MEZQUINOS AL MIEDO” (Friedrich Nietzsche).

En un escenario donde las relaciones de vecindad ya no son consideradas como compromisos a largo plazo -como se ha demostrado-, le estamos dando una bienvenida impensada a evidencias que nos empujarán a abandonar nuestras prevenciones contra la movilidad incierta de procesos depurativos de una envergadura desconocida hasta hoy.

La realidad pasa rugiendo por encima de nuestras cabezas y fulmina e interpela a toda la sociedad, ensanchando la brecha entre lo que creíamos ERA y lo que realmente ES, impidiéndonos dar marcha atrás. Nuestro equilibrio de adaptación a evidencias que florecen como plantas silvestres, nos obligará a “tomar partido”, porque debemos juzgar el valor de estilos de vida que desafían los mecanismos de valores tradicionales que habían quedado sepultados en el olvido.

Los cuadernos de Centeno y los consiguientes arrepentidos, no nos dejan otra alternativa que definir con urgencia qué tipo de sociedad queremos ser. Si la que hace de la queja, la “avivada” y el descreimiento un estilo de vida, o una nueva, que se decida a rescatar los valores mencionados, rechazando la venalidad de la política como una peste maloliente que conduce indefectiblemente a una temible disolución social.

Existe todavía el peligro, siempre latente, de que los devotos del “statu quo” se dediquen a negociar una “moratoria del cambio”, es decir entregarse bajo ciertas condiciones que terminarían embarrando las investigaciones en curso, PORQUE SON DEMASIADOS LOS INVOLUCRADOS Y ESPELUZNANTE LA IMPUNIDAD DE LA QUE HAN GOZADO DURANTE MUCHOS AÑOS.

Resulta claro que las revelaciones de los distintos actores, nos obligarán pues a dejar de pensar en lo que somos, para decidirnos a reflexionar SOBRE LO QUE PASAREMOS A SER, es decir, la capacidad de adaptación que necesitaremos para hacer frente a una realidad que nos exigirá a todos por igual de hoy en más.

Si alcanzamos a comprender la envergadura de los problemas que tenemos a la vista y decidimos ejercer un control inteligente sobre un proceso judicial clave que marcha a gran velocidad, podremos convertir esta crisis en una oportunidad, no solo para sobrevivir, sino para subirnos definitivamente a la ola de cambios que nos permitirían adquirir un nuevo dominio sobre nuestro propio destino.

El problema consiste en DIRIGIR ESE CAMBIO para crear una nueva zona de estabilidad viable en materia política y social, reconstruyendo estructuras putrefactas.

John L. Fuller del Jackson Laboratory de Maine, Estados Unidos, realizó en su tiempo experimentos acerca de la sobrecarga de experiencias que se viven en circunstancias determinadas (la actual es una de ellas, sin duda alguna), señalando que “algunas personas consiguen cierta impresión de serenidad, incluso en medio de un torbellino, no porque sean inmunes a la emoción que produce una crisis, sino porque ENCUENTRAN LA MANERA DE DECIDIR EXACTAMENTE SOBRE LA CANTIDAD JUSTA DE CAMBIO EN SUS VIDAS”.

Debemos reflexionar sobre lo que tenemos a la vista: una verdadera cloaca que desparrama sus olores nauseabundos por doquier; y no hay ninguna razón que impida “graduar” los esfuerzos necesarios para no quedar paralizados por la confusión que sobrevendrá.

Ese es el desafío, y nada parece indicar que la sociedad carezca de la capacidad de sobreponerse, con independencia de la dimensión y grado de complejidad de los hechos investigados, por lo cual deberíamos abjurar de los vaticinios de los agoreros que “con una buena dosis de palabrería disimulan con sus dichos el repique grave y solemne de los grandes acontecimientos con alguna salida que consideran ingeniosa” (Nietzsche).

La carrera de la creciente incertidumbre que provocará nuevos y quizá más sorprendentes “particulares” de la bomba de tiempo que ha estallado, nos afectará sin duda alguna y salpicará hasta las más cuerdas expectativas que abriguemos respecto de un futuro mejor. Es lógico que ello suceda.

Nuestra opinión es que habrá que “desensillar hasta que aclare” sin efectuar razonamientos apresurados, ya que el tiempo irá modificando día a día el escenario.

Evitaríamos así que la situación política y social se asemeje a un hormiguero, en el que sus moradores choquen entre sí y se destruyan al primer golpe de pala.

Ha quedado en evidencia que Néstor y Cristina Kirchner no han sido visionarios, ni siquiera próceres. Tampoco que puedan ser comparados con faraones o arquitectos egipcios posmodernos que merecieran veneración alguna: fueron más bien una pareja rapaz que organizó impunemente el saqueo de las arcas públicas en su propio beneficio, utilizando tácticas mafiosas archiconocidas en el mundo entero.

Quizá a medida que transcurran los días algunos desanimados militantes bastante ciegos, que manifestaron una excesiva fe en los “principios” (¿) del kirchnerismo induzcan a sus demás conmilitones a abandonarlo.

Solo falta un paso: que Cristina termine entre rejas una vez que las pruebas acumuladas se confirmen, para que una gran mayoría de la sociedad se sienta reconfortada y pueda imaginar el futuro con renovadas esperanzas.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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