Jueves, 16 Agosto 2018 00:00

¿Cumple el Senado el papel de un poder "contramayoritario"?

Escrito por  Vicente Palermo
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Se confirió al cuerpo un papel moderador de los impulsos y las pasiones democráticas. Pero esa intención no funcionó.

 

Como reza la sabiduría mundana - observó una vez John Maynard Keynes -, para conservar una buena reputación más vale perder limpiamente que ganar con trampas”. A raíz del reciente rechazo del proyecto de despenalización del aborto por parte del Senado de la Nación me gustaría polemizar brevemente sobre qué significa ganar con trampas o hacerlo limpiamente en la producción legislativa en Argentina contemporánea.

Con independencia del contenido sustantivo de este resultado, no importa aquí si se estuvo a favor o en contra del proyecto. Como nadie ignora, el proyecto fue derrotado por 38 votos negativos contra 31 a favor; fue sin duda un resultado contundente, lejos del casi empate esperado por muchos.

Hubo bancadas provinciales – La Rioja, Salta, San Juan, Santiago del Estero – que votaron en peso contra el proyecto.

Los lectores tampoco ignoran que la composición de este cuerpo legislativo – la Cámara alta – se configura en términos de isonomía distrital: cada provincia está representada por tres senadores, independientemente de cualquier otra variable, siendo, obviamente, la población la más importante de las que no son tomadas en cuenta. Esto confiere al Senado un carácter esencialmente federal.

En otras palabras, existe porque la dimensión federal es una dimensión central de la estructura constitucional y política argentina, y esto tiene una historia. Bien; el Senado sesionó y votó. El rechazo al proyecto de despenalización del aborto tuvo así un fundamento legal indiscutible. Este resultado debe ser respetado.

Pero que sea legal no significa que, más allá del derecho positivo, sea justo. A mi juicio, poco tiene de justo (y no me refiero a lo sustantivo; diría lo mismo si el resultado hubiera sido el opuesto) y muy poco tiene de democrático. Veamos apenas algunos números, que no puedo reproducir en detalle aquí pero que cualquier lector podrá verificar tomándose un poco de tiempo.

Dichos números saltan a la vista: si tomamos en cuenta los 38 senadores que cerraron paso al proyecto, ellos tienen por base política 17.164.994 argentinos; el número surge de tomar en cuenta la población de cada distrito, dividirla por tres, atribuir el cociente a cada senador, y sumar el resultado de todos los distritos. Así de simple.

Elegí a los pobladores y no a los electores por “base política” por una razón elemental: los senadores representan a todos los habitantes del distrito, voten o no, los hayan votado a ellos o no. Pero ¿qué base política expresan los senadores que votaron a favor del proyecto? Pues, 21.326.590 argentinos, o sea 4.161.596 más. Atención: estos números son puramente hipotéticos. No estoy sugiriendo que las cifras expresan resultados potencialmente verosímiles. Nadie puede saberlo. Lo que digo es lo que se ve: que la base política de los perdedores – conforme a las reglas de juego vigentes – es sustancialmente mayor a la de los ganadores.

Claro, en el Senado, los 84.666 habitantes de Tierra del Fuego cuentan con el mismo poder de fuego que los 15.625.000 bonaerenses, por ejemplo. A mi juicio, esto debería plantear un problema público de legitimidad – poner en tela de juicio al Senado – y dejar de ser materia apenas de especialistas. La percepción de una injusticia institucional debería prosperar porque, además, si la naturaleza del Senado está esencialmente ligada a la cuestión federal, surge, como se ve en este caso (así como en muchos otros, por ejemplo el de la ley sindical frustrada en tiempos de Alfonsín), que el Senado carece virtualmente de límites en lo que se refiere a los temas que son de su incumbencia. ¿Cuál es el sentido de que un cuerpo constitucional federal tenga arte y parte en temas que no son en absoluto federales?

Parece como una economía de esfuerzos: con raíces en el federalismo de América del Norte, se confirió al cuerpo – ya que está – un papel moderador de los impulsos y las pasiones democráticas. De ahí que los senadores tenían mandatos más prolongados, y debían ser más viejos que los diputados.

Pero la verdad es que esta intención respetablemente conservadora no funcionó, el Senado nunca cumplió ese papel de élite atemperadora de las pulsiones populares. Que se podría cubrir con un Tribunal Constitucional como la gente.

Para más inri, el Senado no es apenas cámara revisora, lo que otorgaría una razonable asimetría a favor de la Cámara baja en la formación de las leyes. No es así; los proyectos pueden ser originados en cualquiera de ambas cámaras, o ser enviados por el Poder Ejecutivo a cualquiera de ellas.

Por supuesto, redefinir el papel del Senado requiere de una reforma constitucional, nada menos, y es difícil avizorar las condiciones políticas bajo las cuales se abriría una oportunidad para ella. Pero la información, y el debate público, pueden alterar el contexto. Esto es tan válido, creo yo, para los que queremos otro Senado, como para los que no desean alterar las cosas.

Lo único que no podemos hacer es dar todo por sentado como si se tratara del régimen de lluvias. Volviendo a Keynes, sería mejor ganar limpiamente, y tengo la impresión de que eso no está ocurriendo.

Vicente Palermo
Politólogo
Investigador del CONICET
Presidente del Club Político Argentino

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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