Lunes, 20 Agosto 2018 00:00

Acorralados

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En un principio sus testimonios fueron casi calcados. Sin mayores distinciones entre unos y otros, los empresarios relacionados con la obra pública de nuestro país repitieron un mismo libreto, de manera monocorde. No es que se hubieran puesto de acuerdo antes de desfilar ante el juez Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli.

 

Sus coincidencias a la hora de declarar y de acogerse a la figura del “arrepentido” no fueron -ni mucho menos- resultado de un plan urdido entre gallos y medianoche. La explicación es algo más simple: llegaron a Comodoro Py con la certeza de que quienes habrían de interrogarlos estaban al tanto de los mecanismos corruptos montados por el kirchnerismo -de los cuales, en distinta medida, ellos mismos eran parte integrante y activa. Además, sabían que la única manera de no quedar tras las rejas -posibilidad que los aterrorizaba- consistía en reconocer los hechos y, al mismo tiempo, proclamar que los vueltos era menester entenderlos como aportes para la campaña, y no como coimas. La partitura -falsa de toda falsedad- no tardó mucho en ser reducida a escombros.

Cuando el ex–presidente de la Cámara de la Construcción, Carlos Wagner, tomó conciencia de que no tenía salida ninguna si no develaba, con pelos y señales, la trama oculta del sistema en el cual él había sido un protagonista de primer nivel, la investigación dio un vuelco fundamental. Después de escucharlo, quedó al descubierto -por si cupiesen dudas al respecto- que la asociación ilícita existía más allá del calendario electoral. Desde ese momento, la vulgar coartada de los aportes esgrimida por la mayoría de los hombres de negocios arrepentidos, no resistió el peso del análisis. Un solo dato lo demuestra: en los seis meses anteriores a la muerte de Néstor Kirchner, en octubre del 2010, los vueltos sumaron U$ 53 MM. Y, que se sepa, no había comicios.

Hace siete días, los arrepentidos sumaban apenas tres. Hoy amenazan convertirse en legión. Ninguno de los políticos, gerentes, dueños y ex–funcionarios comprometidos sabe bien dónde está parado. Tampoco lo sabe el inefable Norberto Oyarbide, cuyos lloriqueos -después de una histérica compadreada ante los periodistas- dejaron traslucir que, si no se ha quebrado, no falta mucho para que ello suceda. La sola idea de marchar preso, y sufrir las inclemencias de la reclusión, lo ha paralizado.

Hay que entender que, en buena medida, Carlos Wagner, Ángelo Calcaterra, Aldo Roggio y demás personajes de una historia con final abierto, se enfrentan a lo que se conoce como el dilema del prisionero. El espacio para especular y guardarse parte de lo que saben puede costarles caro. Ellos no están al tanto de la información precisa que manejan Bonadío y Stornelli, ni tampoco de lo que han confesado otros imputados cuando les ha tocado sentarse frente al magistrado y el fiscal mencionados más arriba.

Como éste es -tan sólo- el prólogo de un escándalo que nadie se halla en condiciones de saber dónde terminará y a quien arrastrará en su derrotero, la omerta -piedra basal de la estructura mafiosa moderna- no rige. En un país de opereta ninguno teme que lo maten o que secuestren a un miembro de su familia. Si testimoniasen en contra de un capo del narcotráfico mejicano, harían mutis por el foro. Pero el kirchnerismo es tan mistongo como los presuntos arrepentidos. De momento, Lázaro Báez, Cristóbal López, Julio de Vido y Ricardo Jaime resisten en su mutismo. En cambio, Claudio Uberti ya saltó el cerco y nada impide que Roberto Baratta y Julio López sigan el mismo camino. Mientras el todopoderoso Bonadío suscite más temor que el enclenque kirchnerismo, la lógica es que a Uberti lo imiten varios de sus ex–conmilitones.

La caja de calamidades que en la mitología griega abrió Pandora -y que, entre nosotros, ha reabierto Centeno, sin calibrar del todo los efectos que tendría su acción- ha dado lugar a un proceso que no sólo no puede detenerse sino que se desarrolla de manera autónoma. Aunque quisieran hacerlo, ni el presidente de la Nación, ni el titular de la Corte Suprema de Justicia, ni ningún factor de poder o grupo de presión nativo o extranjero, podrían detenerlo. Esta es su característica esencial, que lo convierte en único. Representa una bisagra en la historia argentina contemporánea.

Si bien la atención de la sociedad está concentrada desde hace dos semanas, -poco más o menos- en la corrupción K, la vulnerabilidad de los así denominados países emergentes puso de manifiesto hasta qué punto la crisis que padecemos no desapareció ni va a hacerse humo de la noche a la mañana. Por muchas y acertadas -y no siempre lo son- que resulten las políticas definidas por el gobierno en términos financieros y fiscales, lo cierto es que la debilidad de la Argentina se hace sentir cada vez que uno de sus pares en el pelotón de los subdesarrollados se resfría o los mercados de deuda se retraen y la consigna de la hora es el fly to quality. Hay cosas que están más allá del dominio y la voluntad de Mauricio Macri y Nicolás Dujovne.

Desde que se anunció el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional el peso perdió respecto del dólar 17 % de su valor. Ello, con tasas de interés de 45 % anual. Si acaso no bastase lo anterior para explicar la dimensión del problema, el riesgo país escaló en forma exponencial en el mismo lapso. No hay que ser un genio de las finanzas para caer en la cuenta de que el peso ha dejado hace rato de ser reserva de valor y que la administración de Cambiemos sigue sin recuperar la credibilidad que perdió al momento de estallar la crisis.

Hay sobradas razones para pensar que la causa abierta con base en las revelaciones de Oscar Centeno se retroalimenta con la debilidad de la economía. El hilo conducente entre uno y otro fenómeno es la falta de confianza que generan tanto los cuadernos como el peso, y la desazón que ello causa en la sociedad. El índice inflacionario de julio, de más de 3 %, cuando se haga público no hará más que echar leña al fuego.

Cristina Fernández está acorralada por Bonadío; Mauricio Macri, por los números de la economía.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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