Martes, 28 Agosto 2018 00:00

¿Comparar al kirchnerismo con Robin Hood?

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En una reunión de amigos, alguien comparó a la gestión kirchnerista y peronista con Robin Hood. Sin embargo, el legendario personaje no tenía bienes ni tesoro propios y arriesgaba su vida para proteger a los demás. Hoy vivimos una oportunidad histórica para construir un país con más justicia y menos pobreza.

 

Hace unos días, mientras en un grupo de amigos conversábamos, con algo de demora, acerca del ya finalizado Mundial de fútbol, uno de los presentes decidió romper un pacto tácito que habíamos contraído e instaló, en voz bien alta, el tema que golpeaba y golpea a todos los argentinos: la corrupción en todas sus formas, si bien iluminada con crudeza en su territorio privilegiado: la obra pública, los contratos del Estado con los particulares, sostenidos mediante oscuras obligaciones y lealtades.

El buen amigo que había levantado la voz era el único simpatizante peronista del grupo (¿podría llamárselo, paradójicamente, kirchnerista moderado?) y, para ser francos, a él precisamente estaba dirigido el pacto de silencio que habíamos fijado, con la secreta esperanza de no deslizarnos por grietas indeseables. Como se verá, esta actitud conservadora constituyó un error, y solo sirvió para que el encuentro se hiciera más áspero y menos tolerante.

“-Si me permiten -empezó nuestro amigo cuasikirchnerista-, todo este asunto de los cuadernos no tiene seriedad ni pruebas de ninguna clase, y así como ocurrió con la despenalización del aborto, sólo se empleó para desviar la atención de la gente de sus verdaderos problemas, que lo son, en verdad, el ajuste económico y las dificultades para llegar a fin de mes. Los medios hegemónicos contribuyeron, como siempre, con su prédica antipopular”.

Ya la mecha estaba encendida. Dos o tres de los asistentes increparon a quien había, según ellos, faltado toscamente a la realidad de los hechos. La discusión se generalizó, sin que nadie cediera en sus puntos de vista. Por mi parte, no atiné a intervenir, aun habiendo sido, involuntariamente, el responsable de la situación. Antes de salir, el peronista/kirchnerista nos dejó su mensaje de despedida, bastante original, “para que lo pensáramos”.

“-Lo que ocurre, queridos amigos, es que el peronismo –y ustedes no lo quieren entender- desempeña en nuestra sociedad el papel de Robin Hood, aquel personaje mítico de la Inglaterra medieval, conocido también como ¨el rey de los ladrones¨. Sí, porque robaba a los ricos para darles a los pobres. Hay montones de películas y series con sus aventuras; la más famosa es aquella vieja, de fines de los `30, con Errol Flynn y Olivia de Havilland. Vean y comparen. Y traten de despegarse de Juan sin Tierra, el monarca usurpador”.

Entre palabras críticas para el que acababa de irse, nuestra reunión se fue disolviendo. Pese a la violencia de la discusión, coincidimos en que la amistad no debía romperse. Y por fin me fue encomendado gestionar, dentro de lo posible, la paz.

En lo que respectaba a Robin Hood, nada nos parecía menos defendible que su parecido a un típico jerarca kirchnerista/peronista, incluso dejando de lado las obvias diferencias históricas y culturales. El legendario Robin no tenía bienes ni tesoro propios, huía a través de los bosques, y arriesgaba su vida para proteger o rescatar a sus compañeros. Un funcionario que perteneciese al populismo criollo (y cuanto más alto, mejor) prefería tener a buen recaudo sus bolsas de dólares, usaba aviones propios (o de camaradas bien dispuestos) para escaparse o ir de vacaciones a la isla Margarita, y arriesgaba su vida para proteger o rescatar sus bienes en paraísos fiscales. No, no habría sido partidario de Juan sin Tierra, pero mucho menos del hermano de este, el valiente Ricardo Corazón de León, que luchó en las Cruzadas.

Le escribí varias veces a mi amigo (lo llamaré “El que se fue”), pero no conseguí que me contestara. Mientras tanto, en menos de una semana las evidencias en el caso de los cuadernos se habían hecho abrumadoras, y colocaron al peronismo en la incómoda disyuntiva de votar los desafueros o mantener fidelidad a la ex Presidenta. Al mismo tiempo, se afirmaba la convicción de que sería imposible avanzar con las transformaciones y el cambio de paradigma que el país requiere, sin un combate irrenunciable y exitoso contra la corrupción, tanto por razones morales como por razones económicas.

A medida que le mandaba el mail diario a El que se fue (y la única certeza de que disponía era que los mensajes llegaban a destino y eran leídos), me pareció que mis textos eran el producto de una realidad cambiante, pero que marchaban por la misma senda que los de unos cuantos intelectuales y periodistas a los que respetaba.

Fui aproximándome, entonces, a la conclusión de que en verdad disponíamos de una oportunidad extraordinaria para el cambio, tan deseado aunque no siempre merecido. Y cuando hablo de cambio me refiero a un país normal en el horizonte, un país en el que haya adversarios y no enemigos, más allá de lo que dicten los libros del señor Laclau. Un país con más justicia y menos pobreza.

Hoy invité a mi casa a El que se fue, para que los dos podamos hablar acerca de este cambio, con pocas posibilidades de que nos escuchen porque carecemos de representación, pero con firme voluntad de expresarnos. Espero que venga. Estoy seguro de que ambos coincidimos en este punto. La solución, o por lo menos el comienzo de la solución de nuestros problemas, es política.

Es importante que se construya –si es que no se ha construido ya, y no lo sabemos- un nexo permanente entre las fuerzas moderadas, y en especial los partidos políticos nacionales: por ejemplo, Cambiemos más el peronismo federal. Nadie perderá su identidad ni a sus candidatos. Deben ser aisladas las voces demenciales que piden el fusilamiento del Presidente en la plaza de Mayo. De todos modos, que edifiquen su propio Frente, y se presenten a elecciones. Y a la dirigencia política en general: no desaprovechen esta oportunidad. Piensen, por lo menos, en nuestros niños y adolescentes, sometidos a la amenaza de la droga y la mancha de la ignorancia, incapaces de entender un texto y de pensar un futuro.

Sonó el timbre de la puerta de casa. Hay esperanza.

Luis Gregorich

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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