Viernes, 31 Agosto 2018 00:00

Médico, cúrate a ti mismo

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Quienes creen que el interminable desastre económico argentino es fruto de una mezcla tóxica de facilismo, cortoplacismo, voluntarismo, corrupción e ilusiones posibilitadas por la abundancia de recursos naturales coinciden en que todo es culpa de “la política”, pero entienden que los responsables de encontrar una solución, si habrá una, tendrán que ser personas que se formaron en agrupaciones que, de un modo u otro, contribuyeron al desaguisado.

 

Tanto los peronistas como los radicales y liberales de Cambiemos ayudaron a crear la situación actual, pero sabemos que no hay alternativas a la clase política existente; la idea de que las fuerzas armadas pudieran desempeñar dicho papel murió de manera miserable hace casi cuarenta años, mientras que, luego de una etapa breve de “que se vayan todos”, regresaron al centro del escenario muchos que habían colaborado, por comisión u omisión, para causar la gran crisis que estalló a inicios del tercer milenio.

Aunque Mauricio Macri distó de ser un novato cuando logró triunfar en las elecciones presidenciales del 2015, merced a los errores apenas concebibles que Cristina cometió al apoyar la candidatura de Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires y obligar a Daniel Scioli a aceptar a Carlos Zannini como compañero de fórmula, por lo menos no procedió de las filas del PJ o la UCR.

Por tal razón, pudo darse el lujo de asumir posturas que son heréticas desde el punto de vista de los comprometidos con las tradiciones políticas nacionales. Así y todo, Macri no resultó ser inmune a los vicios –el facilismo, cortoplacismo, etcétera– que en opinión de muchos hicieron fracasar a una larga serie de antecesores.

Si bien sus simpatizantes atribuían su apego al gradualismo y su convicción de que los países ricos subsidiarían hasta nuevo aviso un programa de reestructuración a la debilidad parlamentaria de la coalición gobernante, él mismo se dejó llevar por un grado irracional de optimismo. Pudo mantenerse en sus trece hasta abril pasado, cuando una corrida cambiaria puso fin a la fantasía de que el país estuviera por experimentar un renacimiento socioeconómico indoloro.

A Macri le ha tocado liderar, aunque sólo fuera de manera simbólica, ya que se afirma dispuesto a no intervenir en el trabajo de los jueces y fiscales, una lucha contra la corrupción no sólo política sino también empresarial justo cuando la economía está hundiéndose en una recesión que amenaza con prolongarse.

Para colmo, las guerras comerciales desatadas por Donald Trump hacen prever que la situación mundial se agrave mucho en los meses venideros, lo que es una pésima noticia para los emergentes adictos al crédito; aunque es factible que el deseo evidente del FMI, la institución que representa a los países más opulentos, de que la Argentina no se desplome nuevamente podría asegurarle cierto respaldo de la comunidad internacional.

Asimismo, el que andando el tiempo Vaca Muerta pueda aportar muchísimo dinero le brinda otra carta de triunfo en potencia. Reza para que los dólares, euros y yuanes pronto comiencen a salir a borbotones del suelo neuquino.

Huelga decir que a los preocupados por el futuro del país les hubiera parecido más conveniente que la ofensiva contra la corrupción cobrara fuerza en un momento de exuberancia económica, y que la reestructuración económica que tantos suponen necesaria no fuera afectada por las tribulaciones judiciales de los próceres de “la patria contratista”, pero por estar tan íntimamente relacionados sendos males acaso no hubiera forma de separarlos.

Sea como fuere, es lógico que los corruptos que corren peligro de pasar los años próximos entre rejas esperen que un colapso económico los rescate de la Justicia.

En efecto, algunos ya han acusado a Macri de inventar “el escándalo de los cuadernos” para tapar las penurias ocasionadas por el ajuste desprolijo que está en marcha.

Otros, un tanto más sofisticados, le recuerdan que en Italia y Brasil campañas similares a la que se ha iniciado aquí no prologaron un boom económico sino que, por el contrario, antecedieron a un período muy largo de estancamiento o peor.

La salud económica de los distintos países depende en buena medida de la calidad de la clase política local. A menos que merezca el respeto de la población, no le será dado tomar decisiones que para muchos serán antipáticas a fin de privilegiar el mediano y largo plazo.

Cuando la reputación de los políticos en su conjunto es mala, no podrán arriesgarse, de ahí la miopía extrema que, desde hace décadas, caracteriza a los gobiernos del país. ¿Será el de Macri una excepción? A menos que lo sea, su propio futuro, y aquel del país, será muy pero muy triste.

Cuando la reputación de los políticos en su conjunto es mala, no podrán arriesgarse, de ahí la miopía extrema que, desde hace décadas, caracteriza a los gobiernos del país.

James Neilson

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