Domingo, 02 Septiembre 2018 00:00

El dólar, símbolo contradictorio de la impotencia y de la sensatez argentina

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Desde la perspectiva de las personas comunes, en una economía crecientemente globalizada y con productos fabricados en cadenas globales o que llegan libremente a esos mercados, las tasas de cambio deberían tener un alto grado de estabilidad en el corto plazo como condición para la estabilidad política.

 

El dinero, en su carácter de reserva de valor, no debería tener oscilaciones que generen incertidumbres en los millones de actores económicos que conforman el gran “mercado”, que son los ciudadanos. Una alteración brusca o una incertidumbre mayor sobre su evolución implica privar a la moneda de su condición de reserva de valor, la que naturalmente será buscada en el bien que sí lo haga. La alternativa que en la concepción de las personas más ofrece esa cualidad es la divisa de mayor transabilidad y percibida como de mayor fortaleza, la que en la Argentina es el dólar americano.

De esta afirmación, confirmada por la realidad, se desprende una consecuencia que obliga a una profunda reflexión sobre los mecanismos tradicionales con que la política económica valoraba el tipo de cambio. En efecto, éste ya no es sólo “uno más de los precios de la economía”. Tampoco es sólo una moneda de transacciones internacionales, sea para comprar o vender bienes con producción final fuera del país, sea para operaciones financieras que atraviesen las fronteras. Por el contrario, ante una extrema variación del valor de la moneda nacional, despojada ya de su credibilidad y condición de reserva de valor, las personas acuden al mecanismo que más cerca tienen para preservar sus ingresos. Compran dólares. Personalmente he sido testigo de jubilados con la mínima, frente al cajero de un banco al momento de cobrar su jubilación, pidiéndole comprar 15 dólares -que era su ahorro mensual- con los ínfimos pesos que calculaba ahorrar.

¿Es especulación? ¿Es de los grandes, los medianos, los chicos? Tiendo a pensar que es una medida defensiva, y que la efectúan todos. Y que es lógica y defendible, porque defienden su dinero, que es el fruto de su esfuerzo.

El gran público no conoce -ni tiene por qué conocer- las complejas filigranas de los grandes mercados. Simplemente busca preservar su pequeña o gran riqueza, sea su sueldo, su capital transaccional de trabajo, o su ahorro con algún grado de liquidez. De ahí que uno de los principios fundamentales que aplica el “saber ortodoxo” sobre este tema, la “libertad cambiaria total”, es incompatible con el estado de desconfianza que, coyuntural o estructuralmente, sea atribuida a una moneda nacional. Y que sea una responsabilidad pública central e irrenunciable defender la moneda, porque es defender a cada ciudadano.

La Constitución Nacional -mediados del siglo XIX- atribuyó al Congreso la potestad de fijar el valor de la moneda, tan importante era como demostración del respeto a la propiedad privada, garantizada en los artículos 17, 14 y otros de su articulado. La norma ha quedado “demodé”, aunque sus resabios aún vigentes siguen manteniéndose simbólicamente en un poder que también se ha ido convirtiendo en cada vez más simbólico, el parlamento. En los hechos, hoy el valor de la moneda es el resultado de muchas variables que no pasan por decisiones directas del poder público y ni siquiera es definida por actores del país.

La creciente sofisticación económica que creció durante todo el siglo XX pero que alcanzó niveles exorbitantes en el último medio siglo fue seguida por los también sofisticados operadores financieros, internacionales o nacionales. Ello creó una burbuja gigantesca de riqueza financiera flotando hoy sobre una economía mundial que muestra valores “simbólicos” más de diez veces superiores al valor de la economía real. Esa burbuja viaja por el mundo y es amenaza constante de estallido, total o parciales. Los más afectados son los países con economías más vulnerables, aunque a la larga llegue a todos. Y en el océano de pícaros que comparten complicados entramados de poder, de juegos geopolíticos, de luchas comerciales y financieras, de concentraciones económicas gigantescas con actuación en todo el planeta, de automatización robótica de operaciones simbólicas en tiempo real contado en milisegundos, la capacidad de detectar a los vulnerables es una virtud apreciada… y utilizada. Allí están, al acecho de donde haya problemas y puedan maximizar sus beneficios, liberados de las molestas contenciones de la política del viejo mundo de los estados nacionales. No existe hoy un poder global que los contrarreste, y aprovechan esa libertad. La política está reaccionando, muy desde atrás. El propio G 20 es el germen de una herramienta de poder global, mirado con recelo por los grandes actores financieros y aún no internalizado por los ciudadanos.

Hoy se juntan en la Argentina entonces varias vertientes de inestabilidad, pero dos principales. La vertiente global, que a su vez tiene fuerzas “negativas” -la huida de capitales volátiles que ven más seguridad en economías más estables para realizar ganancias de corto plazo-, y positivas: el acceso a un mercado gigante para nuestros productos y la propia acción de la política económica global, que tiende una mano de ayuda sustancialmente mayor a la que negó en la crisis del 2001, cuando nos empujó al abismo; y la vertiente local, que muestra a los argentinos con la urgencia de preservar sus ingresos, ahorros o capitales en un mecanismo de reserva de valor más consistente que su moneda, también con dos fuerzas opuestas: quienes desean poner en caja las finanzas públicas como forma de blindar la moneda nacional ante el ataque y la desconfianza, actuando a la vez sobre la economía real con un portentoso esfuerzo modernizador de la infraestructura social y productiva, y quienes al contrario desean mantener la inestabilidad y la desconfianza, sea por razones políticas -como el conmocionante episodio de las coimas que avanza judicialmente en forma inexorable hacia su máxima responsable, acercándose ya también a actores institucionales del sector financiero, y la aproximación de las elecciones del año próximo- o por razones económicas: maximizar las ganancias especulativas aprovechando el río revuelto. Pero también quienes sólo buscan -como está dicho- no ser “licuados” por la lucha entre titanes.

Las causas adicionales son varias -la sequía, que disminuyó en 9000 millones de dólares la previsión de ingresos en la balanza comercial, la irresponsabilidad de la política amenazando con desfinanciar al Estado con la iniciativa populista de retrotraer las tarifas a las existentes antes del esfuerzo de actualización -que tuvo corresponsables en la oposición pero también en algunos actores de CAMBIEMOS-, la verborragia oportunista que desinformó con ruido incoherente el intento de reforma previsional cuyo objetivo era frenar a tiempo su marcha hacia el abismo de la insustentabilidad, y también la decisión tomada en los inicios de la administración de Cambiemos de apostar al equilibrio con un mecanismo de préstamos de corto plazo en pesos que creó una montaña de deuda interna a través de las LEBACS, en la ingenua convicción de que el gradualismo en la transición encontraría la solidaridad nacional de todo el arco político -olvidando que estaba en Argentina, y no en un ejercicio académico- cuyo estallido fue desatado por la conjunción de causas mencionadas, entre las cuales la ofensiva especulativa de origen político-delictivo fue la chispa que encendió todo.

Ahora, frente al estallido del desequilibrio, la realidad no sólo se cobra las viejas cuentas no saldadas, sino que también nos cobra el gradualismo.

¿Qué puede hacer el país ante esta situación?

Para no buscar inventar la pólvora, tal vez convenga echar una mirada al mundo. No estamos atados -como Grecia- a una moneda internacional que no se devalúe, ni tampoco somos socios de una sociedad económicamente sólida, como la europea. No tenemos poder para imponer respeto tácita o expresamente respaldado por la fuerza militar, como EEUU. Tenemos un fuerte orgullo nacional, pero ahorramos en la divisa norteamericana, país del que sin embargo somos recelosos por razones culturales. Nuestra experiencia dolarizadora de los 90 no tuvo un final exitoso, al resultar incompatible con el desequilibrio creciente de las finanzas públicas y mantener una extrema rigidez sin válvulas de escape ante la valorización de la moneda americana en esos años, lo que agregó el componente terminal del desequilibrio comercial. El entorno regional nos muestra ejemplos diferentes, con sociedades que no funcionan -ni reaccionan- igual que la nuestra. No somos Chile, ni Brasil, ni Uruguay, ni Paraguay, ni Bolivia, cuyas economías, a pesar del abanico “ideológico” de sus gobiernos, han asumido la importancia estratégica de la ortodoxia fiscal.

El camino que quizás más pueda iluminarnos en buscar una salida hacia un funcionamiento económico bimonetario permitiendo la utilización indistinta de la moneda propia y de la divisa en las transacciones internas, con una equivalencia tranquila asegurada por el equilibrio fiscal y una macroeconomía consistente. Tal vez habría que reflexionar sobre esa alternativa, recordando que la cantidad de activos en dólares en manos de argentinos es hoy más de tres veces el equivalente en moneda nacional. El peso en Argentina es una moneda transaccional. Para ahorro, inversión y reserva de valor, los argentinos utilizan abrumadoramente el dólar, en gran medida productivamente inmovilizado. Alcanza con observar el movimiento del mercado inmobiliario, para confirmarlo. No existen valores en otra moneda que el dólar. De cualquier manera, para éste u otro camino, la solvencia fiscal y externa son requisitos ineludibles sobre los cuales construir la confianza que permitirá tomar decisiones de ahorro, inversión y endeudamiento a tasas razonables. Y es justamente la solvencia fiscal la “parte dura” del camino, que no ha sido posible transitar con gradualismo y que las fuerzas desatadas de la economía terminan imponiendo por su propio peso.

La sociedad necesita también creer en su sistema institucional, que hoy no transmite total convicción de solidez, especialmente en la persistencia de la impunidad por gran parte del saqueo de la última década. Podría responderse que éste no es un tema económico. Sin embargo, lo es. Quienes compran dólares “minoristas” por incertidumbre sobre lo que puede pasar, moderarían su actitud si se sintieran viviendo en un país en el que los delincuentes fueran tratados como tales -en lugar de protegerse en fueros especiales o someterse a privilegios procesales que terminan cubriendo su impunidad-. Invertirían con mayor entusiasmo y confiarían en su emprendimiento, no sólo los argentinos sino el mundo. Tampoco esto es sencillo.

Numerosos políticos, empresarios, gremialistas, comunicadores y hasta jueces que aún forman parte del Poder Judicial y están protegidos por su estabilidad constitucional formaron parte de ese entramado cuya extensión y profundidad no tiene parangón en las sociedades modernas.

El camino no sería tan complicado en una sociedad política con diálogo. Éste, sin embargo, aunque existe, está contaminado por los coletazos de la gigantesca corrupción de la década pasada, que condiciona la posibilidad de acuerdos con los sectores maduros y lúcidos de la oposición, los que se encuentran en una dinámica turbulenta en su propio espacio limitante de su capacidad de aporte. Y por la existencia de actores políticos que, como en el 2001, apuestan fuertemente a la inestabilidad y si fuera posible, al derrumbe. “Estamos listos”, alertan cínicamente desde el Club del Helicóptero al que no son ajenos un par de gobernadores inmersos en las cloacas de la corrupción, como si la historia pudiera volver a repetirse y otra vez pudieran abrirse las puertas a una nueva década de saqueo salvaje.

Sin embargo, hay aún reservas de patriotismo en todos lados. Son mayoría, especialmente entre las nuevas generaciones, los periodistas, políticos, gremialistas, empresarios y jueces que no tienen complicidad con el pasado que nos avergüenza y quieren comenzar a vivir en un país sano. Por eso, aunque todo parezca complicado, la peor actitud sería la de no conversar entre nosotros, resignarnos o aislarnos. No estamos “condenados al éxito”, pero tenemos todas las posibilidades de lograrlo si enfrentamos la realidad, nos proponemos una meta y ponemos en ella pasión nacional.

Ricardo Lafferriere  
www.laspi.net/rel
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