Viernes, 21 Septiembre 2018 00:00

Visiones contrapuestas de la crisis

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Cristina Fernández sabe que tiene una sola posibilidad de alzarse como triunfadora en las elecciones que se habrán de substanciar en octubre del año próximo.

 

Su apuesta está basada en que la crisis actual escale y termine convirtiéndose en una verdadera catástrofe. Por eso, si deseáramos conocer su parecer sin necesidad de estar en su antecámara o de hacerle un reportaje, bastaría repasar el sincericidio en el que incurrió el integrante del trío Los Midachi, Dady Brieva, la semana pasada.

El cómico, metido a opinador mediático desde hace meses, dijo algo que le salió del alma. Aun cuando luego de darse cuenta de la polvareda que levantaran sus palabras retrocediera espantado y tratara de ponerle paños fríos, era tarde. No había enmienda capaz de remediar lo hecho. Su exabrupto -que eso fue- podrá causar desagrado pero tuvo el mérito, sin embargo, de graficar el pensamiento vivo de la viuda de Néstor Kirchner y de la gran mayoría de quienes la siguen a sol y sombra.

En la vereda de enfrente, Mauricio Macri aspira a triunfar en esos mismos comicios a pesar de la crisis. Supone el presidente -a semejanza de su “eminencia gris”, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, y de su mano derecha en todos los asuntos que llegan a su despacho, Marcos Peña- qué hay razones sólidas para suponer que el núcleo duro de su tribu electoral no lo abandonará y, al propio tiempo, que no dudará en votarlo cualquiera que sea la dimensión del pantano en el que se encuentra metido.

Esto significa que, en el mundo de los K, todo se subordine a pedirle al Cielo que la economía siga este rumbo errático y que a la hora de votar -dentro de un año, poco más o menos- la situación del país resulte peor que la actual. Sus chances de ganar son directamente proporcionales al creciente agravamiento del marco social. En cuanto a la capacidad que demuestre su jefa a la hora de convencer a los indecisos -dato que no resulta menor, en atención al alto índice de rechazo que registra Cristina Fernández- recién comenzará a tener importancia si el panorama se enrareciese sin solución de continuidad.

Para ponerlo en términos acaso más claros: mientras la ex–presidente le desea a su principal enemigo público el incremento del mal (la crisis), el hoy dueño temporario de Balcarce 50 piensa que puede cosechar un éxito en las urnas el año entrante malograda las calamidades de su mandato. Con esta particularidad: en tanto aquélla no tiene la potestad de desencadenar una tempestad de proporciones que la ayudaría a despedir a Macri de la Casa Rosada, éste, a su vez, carece de muchos de los elementos que serían menester para enderezar el barco que conduce y llevarlo a buen puerto en medio de la tempestad.

Los dos, en resumidas cuentas, deben delinear sus respectivas estrategias de cara a la campaña electoral -que da ahora sus primeros pasos- conscientes de que las fuerzas que ellos manejan resultan incomparablemente más débiles que las que -por muchos esfuerzos que realicen- escapan a su voluntad.

Los fenómenos climáticos capaces de convertir una cosecha potencialmente extraordinaria en cosa poco significativa; los vaivenes de los mercados internacionales; la fragilidad congénita de las naciones emergentes; la condición raquítica del peso argentino; el resultado final de la trascendental elección presidencial de la vecina república brasileña y el humor de los criollos, son variables -si se acepta el término- sobre los cuales la Fernández y Mauricio carecen en absoluto de poder. En esto, pues, reside la principal debilidad de uno y otro de los duelistas, casi excluyentes, de nuestra política.

Aunque existe una diferencia. El primer magistrado, en la medida que maneja el aparato estatal y la caja pública, goza de unas prerrogativas y tiene al alcance de la mano unos timbres -por insuficientes que parezcan- que le permiten intervenir en la crisis con medios que la indiscutible titular de Unidad Ciudadana no posee. Dicho de manera diferente: más allá de todos sus errores, Macri en parte depende de sí mismo. Cristina Fernández, en cambio, al encontrase en el llano, lejos del gobierno y de los centros de decisión, sólo depende de fuerzas que están fuera de su órbita de influencia.

Si la administración de Cambiemos da en la tecla y, de alguna forma, logra en los doce meses por delante mejorar su performance económica y acotar las penurias de las clases más necesitadas y las de las clases medias urbanas, llegará a octubre del 2019 con chances de prevalecer sobre cualquier adversario que quisiera hacerle frente. Inversamente, al kirchnerismo lo que le queda –apenas- es implorar que al elenco oficialista le vayan las cosas de mal en peor. Para el macrismo cuentan más sus -si es que acierta- que los errores ajenos. De su lado para el kirchnerismo cuentan los errores del oficialismo más que cualquier acierto propio.

Podría decirse que, en una situación de tanta inestabilidad -en donde no ha sido dicha la última palabra respecto de ninguna de las cuestiones fundamentales que determinarán el sentido del voto- adelantar un vaticinio electoral sería pecado de soberbia o de irresponsabilidad. Tal es la razón merced a la cual -hasta, por lo menos, el segundo trimestre de 2019- habría que prestarle mayor atención a las encuestas de carácter cualitativo que a las de índole cuantitativa.

Si bien a todos nos inquieta saber qué candidato arrastra una mayor intención de voto, lo cierto es que conocer cómo imaginan los votantes indecisos los meses venideros o cuáles son sus esperanzas o qué vislumbran en lo inmediato para ellos y su familia, resultan aspectos mucho más significativos. En buena medida el sentido del sufragio dentro de un año estará directamente relacionado a la percepción de ese segmento del padrón -el que todavía no terminó de decidir a quién elegir en el cuarto oscuro- sobre un aspecto básico: cuál presidenciable, de los muchos que desean llegar a Balcarce 50, será capaz de asegurarle un mejor porvenir.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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