Miércoles, 10 Octubre 2018 00:00

Los dilemas de la democracia

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Existe hoy día una puja manifiesta entre las aspiraciones de políticos y votantes en las elecciones, que lleva a que nos preguntemos si es factible que una sociedad funcione correctamente y logre adoptar las medidas que contribuyan al progreso y el bienestar general.

 

El primer inconveniente, radica en que muchos gobiernos asumen integrados por individuos que encubren sus verdaderos propósitos, cuales son mantenerse en el poder por tiempo indefinido. Necesario, según ellos, para lograr los beneficios que la administración del Estado debiera ofrecer a la sociedad, en relación con una igualdad que sea generada en el marco de un proyecto “inclusivo”, SIN DEFINIR JAMÁS LOS LÍMITES DEL MISMO.

Esta concepción política termina instaurando en la práctica estrategias monopólicas, donde se pone el acento en ciertas cuestiones declaradas de “interés nacional” SIN DERECHO A RÉPLICA ALGUNA, descuidando totalmente la interconexión que debe existir entre el bienestar “posible” y los factores de consideración económica que deberían limitar a la autoridad central, para no caer bajo la influencia de múltiples organizaciones de tercer grado que presionan para definir dicho concepto a la medida de sus deseos personales, sin importarles de dónde saldrán los fondos necesarios para atenderlos.

Al respecto, nos parece oportuno recordar una frase de La Rochefoucauld cuando aseguró de la corte de Luis XVI (en vísperas de la Revolución Francesa), que “la toma de decisiones políticas se había degradado hasta el punto en que LAS PROMESAS SE HICIERON EN LA EXTENSIÓN EN QUE LOS HOMBRES ESPERABAN, Y SE MANTUVIERON EN LA EXTENSIÓN EN QUE ELLOS TEMÍAN”.

Las modernas dictaduras democráticas de inspiración “proletaria”, olvidan que la salud de una república debería basarse siempre en un consentimiento popular que aceptase la vigencia de gobiernos renovables SIN REELECCIONES INDEFINIDAS, rechazando de plano el advenimiento de mayorías sin rango constitucional que les exijan “adecuarse a los tiempos” (sic).

Al respecto de estas verdaderas paparruchas, querríamos denotar que SIEMPRE HUBO TIEMPOS COMO ÉSTOS. Es decir, podrán cambiar circunstancias de modo y lugar, pero el ser humano responde, aún hoy, a mecanismos psicológicos que lo incitan a creer que siempre tiene razón; a que sean “los demás” quienes deben cumplir “con las exigencias de la realidad” (¿) y finalmente, arrogarse el derecho a elegir de acuerdo con sus intereses particulares las características de cualquier esfuerzo que deba realizar, sin aceptar disposiciones legales de ninguna índole.

La temible explosión demográfica, y el déficit habido en la producción de bienes al alcance de todos (por diversas razones que por su extensión exceden la síntesis de las presentes reflexiones), ha hecho crecer las preocupaciones de mucha gente ansiosa que no quiere (o no puede) aceptar que el bienestar popular parta de la respuesta que se dé a dos principios racionales básicos: NINGUNA SOCIEDAD PUEDE VIVIR DE LO QUE NO PRODUCE, NI PRETENDER ENDEUDARSE INDEFINIDAMENTE COMO CONSECUENCIA DE ELLO, ABJURANDO DE LOS ESFUERZOS NECESARIOS PARA ADECUARSE A SU REALIDAD.

América Latina en especial, ha evidenciado como consecuencia “el incomparable éxito de la izquierda, que ofrece la perspectiva de satisfacer aspiraciones y sueños de venganza tan profundamente consustanciados con el alma humana desde tiempo inmemorial, prometiendo un paraíso en la tierra y, lo que es más grato aún para los perdedores en el juego de la vida, la humillación de todos los que son mejores o más fuertes que la multitud” (Ludwig von Mises).

Con el pretexto de atender unos mal concebidos “derechos humanos” –que nadie alcanza a definir con precisión-, los gobiernos han terminado enredados en estrategias que legislan sobre una supuesta “igualdad” fomentada por impuestos distorsivos que restringen la libertad económica, construyendo un capitalismo de Estado que termina apoderándose de los sectores vitales de la economía para “redistribuir” la renta nacional sin ton ni son, con un absoluto desprecio por cualquier tipo de racionalidad “operativa”.

De tal modo, la sociedad sueña con líderes mesiánicos que resuelvan los problemas individuales “a como dé lugar”, mientras cada uno de nosotros olvida que deberíamos perseguir como fin último EL BIEN COMÚN PARA TODOS, porque “el principio de la sabiduría consiste en aceptar el hecho de que no hay planes que cubran todos y cada uno de los detalles, ni existen varitas mágicas en la historia”, como señalaba Robert Moss.

De allí que la democracia se halle estacionada hoy en un verdadero laberinto que pareciera no tener salida en el corto plazo.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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