Jueves, 11 Octubre 2018 00:00

Las idas y vueltas de Casandra y el Presidente

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Elisa Carrió ladra, sin duda, a condición de entender que rara vez su intención es morder. Si por ella fuese el ex–presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, nunca debió haber ostentado cargo de tamaña importancia. Tampoco formar parte del máximo tribunal de la República Argentina.

 

En el mismo orden de cosas, y si estuviese a su alcance la decisión, Cristina Fernández se hallaría presa hace rato. Ahora bien -más allá de estos casos emblemáticos, en donde las acusaciones destempladas de la líder de la Coalición Cívica deben ser tomadas al pie de la letra- en pocas otras oportunidades Lilita ha tenido la intención de levantar patíbulos. Es cierto que alza la voz como ninguno de sus pares en la cámara baja del Congreso Nacional y no lo es menos que, a la hora de denunciar actos de corrupción, no se anda con vueltas. Arremete con furia, como el toro contra la capa colorada, sin medir riesgos ni pensar demasiado en las consecuencias que podrían seguirse de sus actos. Pero en sus desplantes y berrinches, sus fobias y desmesuras, hay distintas categorías que sería insensato desconocer.

Ella pertenece por voluntad propia a Cambiemos, una coalición electoral y -sólo en parte- de gobierno, que ayudó a gestar y de la cual, salvo imponderables, no piensa irse. Al margen de sus arrebatos emocionales -que no son pocos- es consciente de que fuera de ese espacio político lo que existe es el abismo. De modo tal que el terremoto que ha gestado en la última semana -por peligroso que parezca- no arrastra la intención de derrumbar una criatura que, en buena medida, es tan suya como de Mauricio Macri. De la misma manera que nunca podría acortar las distancias que la separan del peronismo en cualquiera de sus múltiples variantes, difícilmente estaría dispuesta a romper Cambiemos.

Si se repasa la relación del presidente en ejercicio y la diputada de origen chaqueño, lo que salta de manera inmediata a la vista es que a las turbulencias le han seguido siempre periodos de remanso. Las riñas públicas han sido luego suavizadas con palabras dulces. Como todo romance -de naturaleza política en esta ocasión- las peleas y reconciliaciones son las dos caras de una moneda común.

En sus orígenes, la Carrió no quería saber nada con el jefe del Pro y su definición de entonces -como todas las suyas- fue terminante: “mi límite es Macri” dijo sin que se le moviera un pelo. Después vino el acercamiento que epílogo en la posterior creación de Cambiemos y un prolongado idilio con alguna que otra discusión. Nada que no fuera conocido y de lo que hubiera que preocuparse. Sin embargo, y casi por generación espontánea, hace pocos días a la calma le continuó la tempestad. El primer blanco de la señora fue el titular de la cartera de Justicia, cosa que no debería sorprender en atención a los vínculos que -según la diputada de la Coalición Cívica- unen a Germán Garavano con el Tano Daniel Angelici. Al tomar estado público la cuestión no fueron pocos los que pensaron en una de las clásicas embestidas de Lilita, enderezada esta vez tanto en contra del ministro como de los operadores judiciales de Balcarce 50. No obstante, la ofensiva escaló de una manera inédita y el blanco resultó ser Macri.

Nunca antes Elisa Carrió había dicho que su confianza en el presidente estaba desaparecida y que éste debía escoger entre ella y algunos enclaves mafiosos que tienen cabida en el oficialismo. Si no lo hiciera –vaticinó- “va a caer”. Lo que se dice: un discurso sin filtro ninguno y con un destinatario inequívoco. Si en oportunidades anteriores la munición pesada había sido dirigida a distintas figuras -inclusive de primera línea- del gobierno nacional, jamás rozaron al jefe del estado. Ahora las cosas parecen haber cambiado. De Garavano no se acuerda nadie y con razón.

En la mesa chica que forman Marcos Peña y Jaime Durán Barba -conjuntamente con Macri, claro- a Elisa Carrió le tienen terror básicamente porque la juzgan -y en ello no se equivocan en lo más mínimo- incontrolable. Desde el mismo momento en que llegó a la Casa Rosada, el núcleo duro del Pro tomó la decisión -mantenida hasta hoy- de montar en torno de Lilita una malla de contención. Lo que se armó, pues, fue un esquema en donde los encargados de calmar las rabietas de la diputada fuesen personalidades que ella respetase. No sólo debían actuar cuando hubiese levantado temperatura sino antes, con el propósito de anticiparse a los ataques de iracundia que todos temían.

A Lilita la han tenido informada de las decisiones trascendentales que ha tomado el gobierno antes que a toda la Unión Cívica Radical. Tal es la consideración que ha merecido su figura de parte del presidente de la Nación. En ningún momento se la dejó de lado o se soslayó su opinión. Lo que no significa que sus ideas hayan sido transformadas en políticas de estado. En reiteradas ocasiones bastaron los buenos oficios de Emilio Monzó. Pero cuando el primer escalón de contención era sobrepasado, fue Macri el encargado de recibirla a solas y de ponerle paños fríos a su beligerancia. Casi podría decirse que en la Rosada definieron una estrategia de malcrianza que dio sus resultados y tuvo sus costos.

Como todo le fue tolerado, de alguna manera crearon un personaje que, si antes resultaba incontrolable, ahora no lo domina ni San Pedro bajado a la tierra. A una persona con rasgos místicos -que poco le falta para emular, en eso de escuchar voces celestiales, a Juana de Arco- consentirle sus caprichos y tenerla entre algodones, es riesgoso. Es que, consentida siempre, resulta lógico que se crea la figura emblemática de la república y la voz de la conciencia moral de Cambiemos. Elisa Carrió siempre consideró a la política una empresa testimonial y nunca pensó seriamente en ser presidente de la Nación. Lo suyo es otra cosa. Hasta habría que considerar que no es, la que acaudilla, una coalición puramente política. Excede con creces lo político.

Qué pasará ahora? Aún si las cargas le fueron enderezadas a Macri, la diputada no escalará el diferendo. Por supuesto que no se retractara ni permitirá que nadie le enmiende la plana. Dejará que pase el tiempo, se olviden sus andanadas verbales y, en un par días, otro asunto habrá ganado las tapas de los diarios y será objeto de interminables polémicas televisivas. La sangre no llegará al río sencillamente porque Macri y Carrió se conocen demasiado bien y a ninguno de los dos se le escapa el resultado catastrófico que tendría una ruptura.

El presidente le tiene tomado el tiempo a la Carrió. Si la cruzase en público perdería por knock–out. En cambio si la llama, la cuida, le da en privado la razón y la adula un poco, sabe que Lilita saldrá hecha una seda de su despacho. Lilita es única y hay que entenderla. El puesto que se ha ganado, haciendo las veces de Casandra, no es para cualquiera. La ventaja que lleva Macri es que sabe los puntos que calza la Carrió y obra en consecuencia. Ni él ni Marcos Peña caerán nunca en la tentación de tomar las tronitonantes acusaciones de la Casandra nacional, como si fuesen ultimátum verdaderos. Hay más fuegos artificiales que otra cosa en una relación que no se vertebra sobre el eje amor-odio sino sobre uno distinto, cuyas componentes son tolerancia y malcrianza.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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