Miércoles, 31 Octubre 2018 00:00

¿Qué queremos decir cuando hablamos de progreso?

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El desamparo social en el que van quedando millones de ciudadanos en el mundo por falta de medios de subsistencia, en un escenario en que la puja por acceder a la riqueza y luego, una vez conseguida, retenerla por temor a retroceder en el juego esquivo de éxitos y fracasos, ha sumergido a gran parte de la población mundial en una lucha desesperada por cruzar fronteras y violar leyes migratorias para encontrar “una nueva vida”.

 

Zygmunt Bauman señalaba con acierto que “el progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas, en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable”.

“En lugar de grandes expectativas y dulces sueños”, añadía, “evoca un insomnio lleno de pesadillas en las que uno percibe que se queda rezagado, pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y no deja de acelerar”.

No hay duda alguna que no hemos conseguido –y dudamos que se consiga por el camino que vamos-, aminorar el ritmo de cambios cada vez más vertiginosos e impredecibles y esto crea en muchísima gente “desclasada” una sensación depresiva paralizante y agresiva al mismo tiempo, porque intuye que le será cada vez más difícil minimizar los riesgos de exclusión de un escenario cruel que se les presenta como inapelable.

El miedo se ha enseñoreado de la vida de quienes perciben haber quedado relegados a un rincón oscuro de la historia. Una historia que los enfrenta con puertas cerradas y cerraduras inviolables que les impiden pasar de la pobreza en la que viven a un estadio de mínimo confort.

Sabemos que estas reflexiones provocarán algo de espanto a quienes las leen, pero es la descripción más ajustada que puede hacerse frente a una realidad que llena los espacios de la radio y la televisión, señalados con el dedo de cronistas que parecen regocijarse con la desgracia ajena, movidos por sus mezquinas ambiciones de colocarse al tope del ranking mundial de propaladores de miserias humanas.

Desde los centros del poder se habla de “flexibilización” de las reglas laborales y desde la base social se clama por la “redistribución”. En ninguno de los dos casos se ofrecen detalles de una supuesta estrategia para la obtención de beneficios para los desplazados, contribuyéndose al sostenimiento de un estado general de temor frente a un sacrosanto “mercado” –constituido por diversos actores económicos PERTENECIENTES A DISTINTOS ESTRATOS SOCIALES-, que contribuye a consolidar la soledad y la impotencia.

La falta de solidaridad de los que mandan está sostenida por los escasos recursos “voluntarios” que dispone el Estado, ante la fragmentación que rige en las empresas privadas a quienes los gobiernos pretenden expoliar arbitrariamente, e impide construir consensos en la ciudadanía respecto de un “patriotismo constitucional” (Jürgen Habermas), que permita terminar con el capricho de quienes se enrostran mutuamente de falta de “legitimidad”, exigiendo que se consagren por ley sacrificios horizontales para todos según su peculiar “arbitrio solidario”.

Vivimos amurallados e integrados así a nuestras pequeñas miserias humanas, que consisten en la “protección” de bienes que consideramos nos pertenecen en orden a los esfuerzos realizados para obtenerlos y que de ninguna manera estamos dispuestos a resignar en defensa de los necesitados.

El socialismo fracasó. El capitalismo, como se lo entendió en el siglo XX, también.

Ambas ideologías, distorsionadas totalmente por políticos inescrupulosos, analistas ignorantes y servicios de “protección” desviados de sus fines originales, son hoy la trágica evidencia de hasta dónde puede crecer la fantasía de un individualismo que ya no tiene cabida en un mundo interrelacionado e interdependiente por antonomasia.

Frente a esta situación francamente angustiante, deberíamos callar por un rato e interrogarnos: ¿qué queremos decir cuando hablamos de progreso?

¿A quiénes incluimos en esta definición social? ¿Estamos dispuestos a cambiar radicalmente nuestras falsas certezas respecto de poder sostener por mucho tiempo más este tipo de desigualdad asfixiante promovida por una burocracia que solo busca perpetuarse a sí misma?

Un primer paso, por supuesto, sería desembarazarnos poco a poco de los charlatanes que invaden todos los foros de opinión mundial y sacarlos de las oficinas donde siguen ejecutando sus planimetrías econométricas basadas en ideas obsoletas que ya no tienen cabida en el mundo actual.

Al mismo tiempo, comprender perfectamente el significado de las palabras “progreso”, “progresía” y “progresista”, para no divagar insustancialmente sobre una verdadera enfermedad moral que nos acecha inmisericorde.

La Iglesia Católica –y especialmente el Papa Francisco-, deberían ajustar sus declaraciones al respecto, dejando de insistir con sus diatribas contra los “ricos insensibles” (que los hay, sin duda), tratando de acercarlos al concepto que de ellos tienen otras religiones, que no consideran la fortuna como un pecado, tratando de acercar a los “pudientes” a sus labores de apostolado SIN DENOSTARLOS.

Porque si no conseguimos “ganarlos” para la causa de una recuperación equitativa de la sociedad, NO HABRÁ FUTURO POSIBLE dentro del esquema democrático y republicano que todos anhelamos se sostenga en el tiempo.

A buen entendedor pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
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