Viernes, 02 Noviembre 2018 00:00

Argentina mira de reojo a Bolsonaro: ¿un nuevo Macri o pateará el tablero?

Escrito por 
Valora este artículo
(2 votos)

 

Todo el barrio está más que convulsionado por la llegada del disruptivo Jair Messias Bolsonaro a la presidencia de Brasil, para muchos un demonio nacionalista formado en instituciones militares que se trae el cuchillo bajo el poncho y que se ha hecho elegir democráticamente para provocar cambios drásticos en los paradigmas de convivencia dentro y fuera de su país.

 

Ante tan fuerte novedad y como primera reacción, en el conjunto de América latina y hasta en buena parte de la prensa, se observó primero cierto estupor por el drástico giro del electorado brasileño, aunque también muchos prejuicios hacia las formas poco republicanas del candidato. Y, sobre todo, un lógico temor a lo desconocido.

Está claro también que, tras la hecatombe del domingo pasado, hay una gran franja de perdedores, que tiene muchos seguidores también en la Argentina, que hoy luce más que alterada porque ha quedado notificada que, a su pesar, la etapa seudo-progresista parece que ha llegado a su fin en casi toda la región y en su resentimiento, trata de darle a la opinión pública referencias sesgadas sobre el futuro. En medio de la confusión mental que le provocó a muchos el golpe al mentón que las urnas brasileñas le provocaron al populismo de izquierda, se asistió por aquí a manifiestas e hipócritas contradicciones en los discursos, ya que mientras se presentaba a Bolsonaro como un monstruo, a la vez se le demandaba que viaje primero a la Argentina.

Para poner en perspectiva la elección brasileña, es más claro también apelar a los números absolutos, ya que fueron 57,8 millones los votantes de carne y hueso quienes lo consagraron Presidente, más allá de la fría regla de haber superado la mitad más uno de los votos válidos (55,1%). Es imposible no consentir que, por más propaganda en contra que se le haga desde la vereda de enfrente por sus tics violentos, misóginos, militaristas y racistas, para llegar a tamaño número de votos, al candidato lo han acompañado seguramente muchas mujeres, pero también negros, pobres y homosexuales.

Para observar las motivaciones que han pesado más en la balanza que los clichés que advertían sobre los peligros de su ideología, los seguidores del paulista en Brasil parecen haber priorizado las promesas de mano dura en materia de seguridad (hubo más de 60.000 asesinatos en 2017), sus deseos de salir de una vez de la recesión que dejó la fiesta populista y, sobre todo, la falta de contacto de los nuevos dirigentes con la recurrente corrupción que en hilera dejaron los casi tres lustros en manos del ahora derrotado PT (Mensalao, Lava Jato y el caso Odebrecht).

A la hora de evaluar la situación de tamaño corrimiento ideológico, algunos analistas hasta han llegado a cuestionar la elección desde el ángulo de la calificación del voto (como si la opinión de las urnas fuese algo antidemocrático), mientras que otros han marcado, con razón, que en este ballottage fueron 41 millones los electores que se abstuvieron de votar de una u otra forma (no concurrencia, votos blancos y anulados) debido a su disconformidad con ambos candidatos.

Más allá de todas las demás reacciones ideológicas que sucedieron a la elección brasileña, que desde la izquierda latinoamericana fueron desde descalificar al presidente electo por "ultra" hasta transformar en peyorativo el calificativo "de derecha" y batallar consignas desde las redes sociales, por ejemplo, hay otras cosas que, ante tamaño cambio, debería observar con alguna seriedad mayor toda la región, la Argentina inclusive, a la hora de orejear las barajas de lo que será la nueva realidad del gigante a partir del 1º de enero.

Más allá de la importancia religiosa de las iglesias cristianas que han ungido a Bolsonaro a partir de la suma de miles de fieles-votos y del dinero de las colectas (cóctel que debería preocupar aún más al papa Francisco que las peleas de la CGT y los movimientos sociales con Mauricio Macri, en comparación casi una estudiantina), hay en Brasil tres elementos más que no parecen haber jugado todavía, aunque alguna pata a la sota ya se le puede ver: el nacionalismo más acendrado, que tiene su raigambre en las Fuerzas Armadas pero que en general cultiva la población; la profesionalidad del cuerpo diplomático que habita el Palacio de Itamaraty en Brasilia y el lobby industrial de la ciudad de San Pablo.

En medio de estas teorizaciones sobre los condicionamientos que puede encontrar Bolsonaro puertas adentro, está el Mercosur como lastre de la región. El tratado de Asunción de 1991, que amasaron los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney en los años anteriores, significó en la práctica desactivar el aislamiento que tenían la Argentina y Brasil, solo conectados por un par de puentes sobre el río Uruguay que los militares de ambas márgenes tenían a tiro de cañón para impedir invasiones. Esa desconfianza, impulsada por los nacionalismos de ambos lados de la frontera, se fue de a poco retrayendo y más allá de los cambios tecnológicos que condicionaron el desarrollo de las guerras, las hipótesis de conflicto fueron desapareciendo.

Hoy, el Mercosur es un verdadero elefante blanco de la órbita de la política de integración, es decir un gigante abandonado más que difícil de destruir, desde que se lo destinó a negociar siempre en bloque (Decisión 32 del Consejo del Mercado Común) bajo las reglas de un arancel externo común. Esta traba, que luego se ajustó perfectamente a los intereses ideológicos de los presidentes Luiz Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner, amantes de los mercados cerrados, vaciaron de contenido al experimento, ya que los países quedaron en el peor de los mundos: por un lado, estaban impedidos de firmar tratados de libre comercio, generalmente por falta de consenso regional y por otro, de hacerlo de modo individual. A través de los años, esta mecánica generó un retroceso inconcebible frente a otros países (México, Perú y Chile, entre ellos) que se cortaron solos y se abrieron al mundo y, por lo tanto, no estaría mal terminar con dicha restricción.

Ahora, el más que probable ministro de Hacienda del nuevo gobierno, Paulo Guedes, habló sobre el Mercosur actual y sobre la intención de mirar a Chile, un país próspero y abierto, antes que a la Argentina con sus graves problemas económicos de arrastre, que potenció las dudas del actual gobierno. Luego, hay que computar el ruido que metió la desinformación de buena parte de la prensa argentina, que se mostró más que indignada por esos dichos, sin detenerse a analizar el proceso.

Deberían haber recordado que la Argentina, junto a Uruguay y Paraguay, están desde 2016 como países observadores de la Alianza del Pacífico y que Macri viajó a Chile especialmente invitado a una Cumbre. Es decir que más allá de la amistad con Sebastián Piñera, el presidente argentino ya hizo hace dos años ese acercamiento con Chile que ahora propugna Bolsonaro, con una Alianza que ni el matrimonio Kirchner, ni luego Dilma Roussef, quisieron generar con el prejuicio que respondía a los intereses de los Estados Unidos.

Al fin y al cabo, toda la progresía reinante en América latina en la primera década del siglo se ufanaba de haber echado al "diablo" (George W.Bush que impulsaba el ALCA) de Mar del Plata, en 2005, con Hugo Chávez a la cabeza. "El Mercosur fue ideológico, en el sentido que usted solo negocia con gente que tiene inclinaciones bolivarianas", acaba de decir Guedes a la hora de tratar de explicar por qué ya no será prioridad para Brasil lo que queda del Tratado de Asunción.

Cuando Itamaraty meta la cuchara frente a dos personas sin experiencia en materia internacional, como son Bolsonaro y Guedes, seguramente las cosas tenderán a alinearse con fórmulas de entendimiento, quizás con una escala en Buenos Aires para el nuevo Presidente brasileño, quien a fin de mes será invitado especial del presidente Macri en la Cumbre del G-20, quien será a la vez anfitrión y ayudará a instalarlo en el mundo.

Por último, hay que consignar que el nacionalismo brasileño y el amor por la cerrazón de los mercados son el sostén del espíritu proteccionista que está encarnado en la industria brasileña y que el liberal Guedes buscará derribar. Allí, en San Pablo, se jugará una batalla más que importante para el nuevo presidente, cuando los mercados comiencen a hacerle notar que se puede ser disruptivo en todo lo demás, pero que mejor no se meta con, al decir de Macri, el "círculo rojo" brasileño. Ya se verá entonces si en los primeros 90 días, el nuevo Presidente está dispuesto a mandar como un militar, a patear el tablero y a usar la receta del shock o si se meterá en el callejón casi sin salida del gradualismo a la argentina.

Hugo Grimaldi

Visto 119 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…