Miércoles, 07 Noviembre 2018 00:00

El que no sabe, no sabe que no sabe

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En estos días azarosos de la política nacional, hemos vuelto a recordar la frase con que comenzamos las presentes reflexiones, que nos fuera “legada” por don José María Monner Sans en alguna de sus clases inolvidables del Colegio Nacional de Buenos Aires de los 50.

 

Con esa idea “in mente”, correspondería decir antes que nada, que la corrupción, la inseguridad y la marcha tambaleante de la economía –de las que todo el mundo habla-, sufren hoy el análisis “cholulo” de nuestra cultura superficial, mientras intentan ser resueltas sin conocimientos específicos y con la “guitarra” de la improvisación.

Porque lo que le ha abierto la puerta a estos flagelos sociales es la ineficiencia de un Estado que no logra organizar sus tareas administrativas de manera “académica” y responsable, mientras el resto de la sociedad parece dormir la siesta de una queja prolongada.

A esta altura de nuestra historia, el escenario nacional sigue inundado por los berrinches de quienes acceden a la función pública evidenciando cuánto hemos retrocedido (¿voluntariamente?) en materia de cultura, educación, sentido de la oportunidad y preparación adecuada para navegar en las aguas procelosas de un mundo cambiante e impredecible, que parece reír de nuestro azoramiento.

Las noticias de cariz dudoso, los corrillos de las redes sociales y las estupideces y falsedades esparcidas a través de Whatsapp, Instagram, Twiter y cuanta plataforma tecnológica sobreabundante existe, son moneda corriente, mientras vivimos el mundo de “it girls” (¿), “influencers” (¿) y Tinelli y sus “bailadores-patinadores” , que de tanto en tanto terminan en los consultorios traumatológicos por su osadía acrobática.

La imagen y opinión de una masa de imberbes incultos nos inundan y, como dirían los españoles, no parecemos advertir que se trata de “quienes no saben siquiera cómo sacarse los mocos de la nariz”.

¿De qué manera se puede impedir que muchos gaseosos “pensadores” (¿) mal formados dejen de asestarnos pronósticos y asertos sobre una realidad sobre la que discurren con total falta de conocimientos, experiencia, criterio y sentido común?

La receta para no caer en la trampa de estos modernismos supuestamente “ilustrados” es bastante simple: no habría que darles cabida ni llevarles al apunte; hasta que sus protagonistas no tuviesen más remedio que quedar mirándose los unos a los otros como contertulios de alguna partida de Antón Pirulero (sí, aquel que decía que el que no se escondió se “embroma”).

Pero, ¿estamos dispuestos a hacerlo? ¿O somos parte complaciente de un mundo imaginario sin haberlo advertido aún?

¡Qué difícil se ve el futuro en los términos planteados por una masa humana que revela una fuerte y creciente inclinación a extender en forma extrema el poder de la sociedad sobre el individuo! ¡Cuán descarriados andamos si seguimos creyendo que el contubernio al que disfrazamos con el mote de “consenso” es política y el subsidio indiscriminado del Estado “sensibilidad social”!

Para mal de nuestros pecados, hasta el Presidente Macri parece regresar cada tanto a sus fuentes “futboleras” y se mete hasta con la organización de las finales de la Copa Libertadores -como ha ocurrido esta semana-, habiendo tantas cosas más importantes de qué ocuparse que del “culón” (sic) del entrenador del club River Plate Marcelo Gallardo.

Un motivo más para preocuparnos por los extravíos de políticos, supuestamente inteligentes, que parecen más afectos a trabajar por su popularidad que por la salud administrativa de su gobierno, y la contaminación general ha producido en todos ellos la propagación de una verdadera epidemia infecciosa de inoportunidad.

A este punto, se nos ocurre recordar la cuestión de las jerarquías. Es decir, qué es más importante en un orden de prioridades para lograr definirlas con propiedad, y poder actuar con la eficacia de quien si no sabe, al menos se esfuerza por aprender, teniendo en cuenta siempre que “su proyecto tropieza con el prójimo como la vida del prójimo aprieta la suya” (Ortega).

Hemos olvidado que las tareas inconclusas que nos envuelven nos corresponden a todos: los que gobiernan y los que somos gobernados.

Que deberíamos alumbrar el tiempo de las responsabilidades compartidas.

De comprender de una buena vez que “romper constantemente con el pasado (el gran pecado argentino), querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután” (siempre Ortega).

Pero aquí estamos: anclados y muy entretenidos en romper las buenas tradiciones, las enseñanzas de algunos períodos prolíficos de nuestra historia política y social (alguna vez las tuvimos); para terminar escarbando en los basurales, por negarnos a reconocer que la ineficiencia y la falta de preparación adecuada para desempeñar cualquier actividad específica, es una bomba de tiempo que una vez detonada deja todo en ruinas.

En ese escenario y “a falta de un principio general”, como dijo Balmes alguna vez, “tomamos a veces un hecho que no tiene más verdad y certeza de la que nosotros le otorgamos”.

“Porque ¿de dónde tantos sistemas para explicar los fenómenos de la naturaleza”, añadía el filósofo, “utilizando una suposición gratuita que el inventor del sistema tuvo a bien asentar como primera piedra del edificio?”.

“El hombre dominado por una preocupación (en nuestro caso son demasiadas hoy día) no busca ni en los libros ni en las cosas lo que realmente hay, SINO LO QUE LE CONVIENE PARA APOYAR SUS OPINIONES, creyendo sin asomo de duda que está trabajando por la causa de la verdad”.

Mientras tanto, seguimos pactando entre nosotros para que las cosas cambien sin que nada cambie demasiado como cultores de un firme “gattopardismo” que nos ha mantenido durante años sentados en una silla, chupando morosamente la bombilla de algún mate amargo (o dulce, tanto da).

De mantenerse este contexto, el futuro promisorio que decimos anhelar y creemos merecer (¿), es muy posible que no haga su aparición por estos lares ni por pienso.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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