Martes, 20 Noviembre 2018 00:00

Violencia anarquista: la democracia tiene el derecho y el deber de defenderse

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La famosa frase de Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en la que al recordar una idea de Hegel expresa que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa, tuvo ocasión de ser verificada en estos días en torno a la figura del coronel Ramón Falcón.

 

El 14 de noviembre de 1909, Falcón, que era el jefe de la Policía Federal, fue asesinado a pocos metros del Cementerio de la Recoleta, del que salía luego de asistir a un sepelio, cuando un artefacto explosivo fue arrojado a su carruaje por un joven anarquista ruso de 17 años, Simón Radowitzky. Falcón era una figura hostil para anarquistas y socialistas, porque había reprimido con dureza varias manifestaciones sindicales, en especial las de la conocida como Semana Roja, en mayo de aquel año.

Radowitzky fue condenado a cadena perpetua, que purgó en la cárcel durante unos veinte años, hasta que el presidente Hipólito Yrigoyen lo indultó y expulsó del país. Luchó más tarde en el bando republicano durante la Guerra Civil Española y murió en México, en 1956, ya convertido en una leyenda para el anarquismo.

Esa fue la tragedia. La farsa, que para quienes postulamos la dignidad de la vida humana aun para las personas más erradas tiene también contornos trágicos, ocurrió otro 14 de noviembre, el de este año, cuando Anahí Salcedo quiso volar con bombas caseras el mausoleo de Ramón Falcón en el Cementerio de la Recoleta y resultó severamente lesionada al estallar uno de los artefactos explosivos en sus manos.

Su vida corre ahora peligro. Ojalá que el sistema de salud del Estado, de ese Estado que, si tiene conciencia acerca de las consignas que enarbola, ella misma querría suprimir, logre restablecerle la salud. Tal vez la gravedad de las consecuencias que sufrió le permita reflexionar sobre el carácter absurdo del acto que cometió.

La violencia es siempre reprobable. Lo era también en 1909. Pero entonces había millones de trabajadores que prácticamente no tenían amparo legal, la democracia era aún restringida, no se admitía el derecho de huelga y cualquier manifestación obrera corría el riesgo de ser severamente reprimida.

Con todos los problemas derivados de las desastrosas políticas económicas de tantos años de populismo, hoy la pobreza es una herida que tiene nuestra sociedad, pero el Estado no permanece impávido. No solo los trabajadores cuentan con leyes protectoras (cuya rigidez, en muchos casos, contribuye a dificultar la creación de empleo), sino que hay una extendida red de contención social.

Por otra parte, la democracia funciona con plenitud. Todos pueden expresarse de la manera más libre. Las manifestaciones públicas son ya parte del paisaje urbano, especialmente en la Ciudad de Buenos Aires. El problema no lo tienen ahora los manifestantes, sino quienes quieren desplazarse normalmente por las calles.

Por eso, todo es farsesco en este revival del anarquismo: el contexto, el intento de matar a un muerto, la manipulación chambona de explosivos caseros, la vinculación de los sedicentes anarquistas con el Estado, las consignas vacías…

Sin embargo, haríamos mal en restarle gravedad. Ese mismo día otro "anarquista", no menos torpe, colocó un artefacto explosivo en la casa del juez federal Claudio Bonadío. Por suerte, nada ocurrió. Hay serios indicios sobre la conexidad de ambos incidentes.

La democracia tiene el derecho y el deber de defenderse. Todas las ideas son admisibles, lo que no se puede permitir de ningún modo es el ejercicio de la violencia. En el marco de la ley, cualquier episodio que afecte la convivencia pacífica y plural debe merecer la acción enérgica del Estado para hacerlo cesar, en primer término, y para que la Justicia determine las responsabilidades de quienes ejercen esas conductas sediciosas.

La sociedad es más libre cuanto más fuerte es su democracia. Y no hay democracia sin Estado. El anarquismo, despojado del ropaje romántico que pudo haber tenido a principios del siglo XX, es una idea imposible. No es progresista, sino profundamente reaccionario: una utopía que nos retrotrae a la ley de la selva.

Jorge Enríquez
Diputado nacional por CABA (Cambiemos- PRO)

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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