Martes, 20 Noviembre 2018 00:00

El futuro es otro presente a ser vivido cuando llegue

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Así suelen definir el futuro muchos psicólogos y psiquiatras clínicos que tratan los casos de ansiedad en individuos que se dejan “capturar” obsesivamente por acontecimientos que no están en la “agenda del día”.

 

En efecto, se dice con razón que traer el pasado y el futuro al presente compulsivamente, viviéndolos con angustia por lo que alguna vez ocurrió o podría eventualmente suceder, hace colapsar el mismo, convirtiendo los asuntos “del hoy” en una estación “de paso” en la que nadie se detiene, buscando pretextos falsos o imaginarios para justificar errores y omisiones que llevan finalmente al fracaso en la resolución de problemas que no esperan el ritmo de ciertas especulaciones conceptuales subjetivas y abstractas.

En política, la palabra “futuro” parecería tener una connotación de dispensa especial para aquellos que no paran de cometer barrabasadas y tratan de explicar que están subordinadas a la previsión de lo que pueda ocurrir alguna vez “con nuestros hijos y nuestros nietos”.

Esa entelequia llena el discurso de quienes han comenzado a ejercitar en estos días -una vez más-, sus consabidas “roscas”, movilizando a sus adherentes para crear un clima de acción anticipada que les permita sostenerse en el candelero político.

Esta modalidad extravagante, que se ha hecho carne en los protagonistas de la vida pública, hace que hablen siempre de cosas raras, poco inteligibles o mágicas, distorsionando de manera sistemática la percepción de una realidad que consideran eventualmente perjudicial para sus intereses personales.

Se trata de la presencia disruptiva de quienes se encienden y discuten acaloradamente ENTRE ELLOS, manteniendo una absoluta frialdad y sensación de lejanía con aquellos a los que dicen defender, causando la impresión de que conforman una rara especie de “presencia ausente”.

Terminan así rozando una categoría de personajes “esquizotípicos” que se mueven con una excentricidad que causa asombro y pavura simultáneamente.

Mucha prensa escrita y televisada suele llenar sus portales con algunas de estas noticias “proféticas” en perspectiva, con el deseo de concitar la atención de quienes consumen sus productos, sometiendo a la opinión pública sana a una suerte de “examen pre quirúrgico”.

A un año de las próximas elecciones, la temperatura de estos “náufragos del presente” ha comenzado a levantar presión e inunda el parlamento de quienes exhiben una vez más su apego a celebrar alianzas y pactos delirantes para influir en los comportamientos de la gente, que solo denotan en realidad la índole de sus apetencias personales.

Dentro del peronismo, este rasgo se ha acentuado hasta el paroxismo, sin responder a ninguna razón que recoja la opinión de la gente del común, que vuelve a sentirse ahogada por quienes desfiguran o falsean lo que ellos denominan “opinión popular”: una suerte de nombre de fantasía con el que, como ya hemos dicho, tratan de mantener la agenda de sus propios intereses.

El pensamiento dominante de este “movimiento camaleónico” se caracteriza por ser dicotómico y absolutista, porque siempre clasificó los acontecimientos políticos y sociales en formas opuestas: blanco-negro; bueno-malo; amor-odio; y ninguno de sus militantes parece recordar una sutil advertencia de la escritora estadounidense Alice Walker: “la sabiduría se basa en entrenar nuestro corazón para que éste no desee algo que no podemos tener”.

Los que vemos aún lejanas las elecciones de 2019 –un año en materia política puede ser una eternidad en un país voluble por excelencia como el nuestro-, observamos absortos esta danza de figuras psicopáticas, que con el afán puesto en propiciar escenarios que les sean convenientes, no dudan en comenzar un montaje de alianzas extravagantes e indigeribles, HASTA AYER, PARA ELLOS MISMOS.

Asistimos así a los conciliábulos “asociativos” de Cristina y Alberto Fernández; La Cámpora y Schiaretti; Massa y Cristina; Alberto Fernández y Massa: Solá con quien “se ponga”; los Rodríguez Saá con Cristina y La Cámpora; el “ascendente” Grabois (¿Bergoglio Papa?) con Cristina; la Iglesia Católica con quien le asegure “rentabilidad conceptual eclesiástica”, etc., para que “siga y siga el baile al compás del tamboril”, como decía al cantante popular Alberto Castillo.

Quienes creemos que ya ha habido peronismo a punto de indigestión y empalago, tenemos la sensación que hay quienes no han reflexionado jamás sobre el certero contenido de una máxima atribuida a Abraham Lincoln que dice: “SE PUEDE ENGAÑAR A ALGUNOS TODO EL TIEMPO Y A TODOS ALGÚN TIEMPO; PERO NO SE PUEDE ENGAÑAR A TODOS TODO EL TIEMPO”.

Porque mientras esto ocurre, el presente nos mira fijo preguntándonos con curiosidad y bastante apremio: “¿y para hoy día qué?”

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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