Martes, 27 Noviembre 2018 00:00

Cuando el “centro de gravedad” pasa por la dependencia

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Una mezcla de abulia e inseguridad, provoca que muchos individuos necesiten canalizar sus proyectos personales a través de quienes les prometen cumplir con sus expectativas, utilizando un discurso donde campean la magia y la fabulación, sostiene la psicoanalista estadounidense Karen Horney.

 

Al no saber tomar sus propias decisiones y mientras manifiestan su enojo contra todo aquello que “no les parece bien”, luchan para que sus desvelos se corporicen “físicamente” en quienes ejecuten actos de simple disposición que no se deciden a afrontar por sí mismos.

En América Latina -un continente en vías de desarrollo que no termina de acomodar su economía en relación con la productividad y el nivel de los ingresos populares-, ha crecido de tal manera un sentimiento social que terminó promoviendo una suerte de “democracia delegada” en materia política (Horacio O´Donnell), que ha terminado depositando las esperanzas populares en manos de políticos audaces, ineficientes y corruptos.

En efecto, una vez arribados al poder, éstos contribuyen a consolidar una sociedad sumisa y dependiente pronunciando discursos infantiles, como señala la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, célebre por su falta de pelos en la lengua.

Esta nueva característica de una sociedad “fluctuante”, acostumbrada a quejarse invariablemente por situaciones que juzga desfavorables para sus intereses personales, nos ha convertido en una suerte de hipocondríacos que buscamos con afán a quien nos proporcione algún remedio mágico que nos permita progresar sin mayor esfuerzo personal.

A tono con esta corriente, la sociedad está dando signos alarmantes de haber engrosado una legión de “protestantes por defecto”, que han perdido la capacidad de formarse algún criterio razonable respecto de lo posible, lo improbable, lo innecesario y lo riesgoso, extendiendo una “pasta humana” constituida por individuos que terminan sucumbiendo por sumisión respecto de inescrupulosos que tendrían, supuestamente, la capacidad adecuada para satisfacer ciertas demandas populares insatisfechas.

La sociedad en su conjunto parece haber olvidado así que la madurez, desde un punto de vista colectivo, es consecuencia de la asociación de individuos que cultivan un estado de conocimiento, buen juicio y saber, que les permita gestionar en forma positiva los aspectos físicos, psicológicos y socioculturales aptos para gobernar armoniosamente una “travesía” que debe ser común para todos.

Pero, como si hubiésemos sufrido hasta hoy lo que los psiquiatras denominan el “síndrome de Peter Pan”, los argentinos nos negamos a madurar, insistiendo en vivir anclados en las etapas de una niñez en donde solíamos estar arropados –mal o bien, tanto da-, por la figura de nuestros padres.

Como consecuencia de lo antedicho, una gran mayoría de la sociedad no termina de entender la importancia didáctica de los fracasos y vive trasladando la responsabilidad de los mismos a quienes elige para representarla sin haberles exigido previamente mayores requisitos “ad hoc”.

Lo grave es que la violencia ha terminado adueñándose de masas disconformes desatadas que salen a la calle y provocan revueltas que las depositan, invariablemente, en un escenario de vandalismo intolerable.

Al mismo tiempo, los partidos políticos han cobijado en su seno a quienes toman “la delantera” merced a una conducta audaz y desprejuiciada; porque ya se ha probado que existen en este mundo kamikazes siempre dispuestos para librar batallas irreflexivas e inescrupulosas.

Hemos enhebrado de tal modo un sistemático camino a ninguna parte, sintiéndonos gratificados tontamente al manifestar con aire docto después de cada porrazo: “yo te lo dije”; como si jamás hubiéramos sido parte de entuerto alguno.

No resulta extraño así que en este “corsi e ricorsi”, como señalaba Benedetto Croce respecto de cuestiones de esta índole, haya gente que hoy, ante el atisbo de cualquier dificultad pasajera, esté dudando una vez más si no deberíamos volver a los tiempos de un peronismo kirchnerista delirante que nos puso de rodillas con grilletes, gritándonos al oído que ellos eran los “buenos” y nosotros los estúpidos que no sabíamos reconocerlos como tales.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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