Viernes, 30 Noviembre 2018 00:00

El consenso de la apertura, ¬más allá de River y Boca

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La Argentina no pudo con el Superclásico por la final de la Copa Libertadores, pero acoge a los principales líderes del mundo. La frustración­ del partido tuvo­ hasta ahora más­ repercusión en la­ opinión pública­ que la cumbre.

 

Quien puede lo más, no siempre puede lo menos. La Argentina está organizando una cumbre mundial, con la presencia de los máximos jefes políticos del planeta y, como se ha visto, no ha podido garantizar que River y Boca disputaran en Buenos Aires el último capítulo de un torneo regional de fútbol.

Sin duda la frustración del encuentro deportivo tuvo hasta ahora más repercusión en la opinión pública (y en los medios, "la opinión publicada") que la realización del gran encuentro del G20. Inclusive, en varios sentidos el fiasco futbolístico ejerció influencia sobre la reunión mundial o, más bien, sobre el dispositivo de seguridad preparado para éste.

En verdad, eso era lo que querían inicialmente tanto el presidente Mauricio Macri como la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Macri había insistido en que los dos matches (la "ida", en Boca, y la "vuelta", en River) se jugaran con asistencia de público tanto local como visitante.

Argumentó que el cumplimiento de la regla que veda el acceso a los partidos a los simpatizantes del equipo huésped en un encuentro que atraía la atención de la audiencia internacional daría una imagen oprobiosa del país. Garantizar que la fiesta futbolística se desarrollara en paz sería un buen entrenamiento para el desafío del G20, corroboró la ministra.

SIN COORDINACION

Pues bien: no hubo visitantes en las canchas, pero el entrenamiento, a la hora de la revancha, fue un desastre. Custodias deficientes, complicada coordinación entre las fuerzas federales y porteñas aplicadas al operativo, mal diseño del recorrido de los vehículos que debían ser mejor cuidados, agresión al equipo boquense, jugadores lesionados, destrucción en las calles de Núñez, partido suspendido.

El gobernador porteño, Horacio Rodríguez Larreta -siempre sospechado de ser blando en materia de control del espacio público- tuvo que asumir responsabilidades y aliviar así las del Gobierno nacional (gratuitamente autoinvolucrado en un tema que en principio no lo interpelaba).

El fusible fue el ministro local de Seguridad y Justicia, Martín Ocampo, un protegido de Daniel Angelici, sucesor de Mauricio Macri en Boca y, según Elisa Carrió, operador de la Casa Rosada en la Justicia.

Después del Waterloo futbolístico (una sinfonía aún inconclusa), había que divorciar ese capítulo de los preparativos del G20, aunque las fuerzas del orden involucradas fuesen en buena medida las medidas y aunque originalmente se hubiera definido la seguridad de los partidos como un aperitivo del episodio mayor. Si un argumento se vuelve inconveniente, tenemos otro: marxismo de Groucho.

Ahora el telón del escenario principal se ha levantado y el resto es silencio. Después de que los visitantes de este partido mayor se hayan retirado llegará el momento de lavar en casa los trapitos ajados.

La reunión del G20 merece un esfuerzo de tranquilidad de las partes, aunque se sabe que hay sectores que consideran exactamente lo contrario: que las presencias de los líderes del mundo es la mejor oportunidad para protestar (y también para alborotar). No se trata de una manía local: las mariposas son atraídas por la luz en todas las latitudes.

FOCO MUNDIAL

Y, dado que una reunión de estas características convoca a los medios de todo el mundo y concentra iluminación y flashes, los cuestionadores acuden en enjambre para compartir algunas partículas de ese efímero resplandor y, eventualmente, producir sus propias chispas.

La oposición política acompaña con comprensión este momento. El propio kirchnerismo (al menos sus principales jerarquías) parece asociado a este instante de tranquilidad: la señora de Kirchner, que asistió a eventos análogos durante su gestión, no podría coherentemente sumarse ahora a los sectores que impugnan al G20. Además, algunos de sus aliados más recientes (y hasta algunos de sus asesores más próximos) se lo reprocharían. Así, en este aspecto la señora exhibe una consistencia que muchos de sus críticos más rústicos le niegan.

Es de interés nacional que la reunión tenga el mayor éxito posible. Los visitantes representan las dos terceras partes de la población del planeta, el 85 por ciento de su producción y las tres cuartas partes del comercio internacional. Como emisores de inversión externa directa, en conjunto fueron en 2017 responsables por más de 1,2 billones de dólares de colocaciones. Para la Argentina la mayoría de los visitantes representan socios actuales o potenciales de enorme interés, sea en materia de inversión o de comercio.

En 2017 el país exportó más de 35.000 millones de dólares (60 por ciento de sus ventas externas) a países del G20 y casi el 80 por ciento de la IED recibida por la Argentina está originada en esos países.

El gobierno de Mauricio Macri inició un proceso de revinculación con el mundo sobre el que, si bien se mira, existía un consenso básico ya en la campaña electoral en la que él resultó triunfante (consenso que se ha ido expresando en leyes fundamentales que fueron votadas por oficialistas y opositores).

Hoy, así sea con matices (incluso matices importantes) ese consenso parece haberse ampliado. En todo caso, el debate que podría desarrollarse después de esta cumbre y con vistas a la próxima competencia electoral pasa, no ya por una disyuntiva entre apertura o aislamiento, sino por las estrategias de apertura, por las proporciones en que el poder atenderá la voz de los mercados y los de la sociedad sobre la que se asienta; las voces del mundo y las de la nación, que no siempre son coincidentes. No son diferencias superficiales, pero pueden procesarse con menos tensión que un River-Boca.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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