Lunes, 03 Diciembre 2018 00:00

Macri en el G20, la ancha avenida del medio

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La Argentina está complicada, pero el mundo lo está mucho más. Vivimos una profunda transformación sin muchos palenques adonde apoyarnos porque las comparaciones históricas son muy precarias.

 

Basta sólo, para ver la dimensión de las diferencias, que el debate sustancial que hoy se verifica en el mundo es entre la principal potencia capitalista, los Estados Unidos de América, que descree de la globalización y propone como política económica al proteccionismo. Versus la principal potencia comunista, China (al menos ella se designa así), que no sólo se asume como abanderada de la globalización sino que lo hace desplegando, tanto interna como externamente, las banderas del capitalismo expansivo clásico. Que alguien se anime a explicar con teorías convencionales tamaña rareza.

La reunión del G20 en Buenos Aires se desarrolló en pleno auge de la tercera etapa de la globalización que no es tan fácil de explicar en sí misma, sino en tanto sus diferencias con las dos etapas anteriores.

La primera fue la de los años 90, la surgida tras la caída del mundo soviético.

Declarando el fin de las ideologías, fue absolutamente ideológica: era el capitalismo que se proclamaba como triunfador y se proponía expandir sus banderas por toda la humanidad. Sus agentes no fueron tanto el comercio internacional con el que avanzó el capitalismo inglés del siglo XIX ni el militarismo norteamericano del siglo XX, sino el reinado de los Ceos, esa extraña raza de marines gerenciales especialistas en marketing que inundaron el mundo con una riqueza ficticia que en realidad eran bombas financieras que tarde o temprano estallarían.

Frente a ellos, trataron de darle racionalidad a ese delirio de la “globalización feliz” de los Ceos, algunos viejos socialistas reconvertidos que defendían el sistema capitalista pero con reformas. Como Felipe González, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos, quien con más precisión definió la era al decir que la globalización tal cual estaba encarada generaba una nueva división entre países y personas globalizadoras y globalizadas. O sea, entre nuevos ganadores y perdedores.

Esa era de pax capitalista terminó políticamente en 2001 con el desafío musulmán y económicamente en 2008 cuando las bombas instaladas por los Ceos finalmente estallaron y el capitalismo vivió su peor crisis desde los años 30 del siglo XX.

En el medio, los nuevos populismos hicieron su entrada triunfal a las puertas de la historia. América Latina los acogió a casi todos en sus versiones de la vieja izquierda, que en vez de proponer una versión humanizada de la globalización se alzaron contra ella en todas sus formas. Hubo, no obstante, un líder que trató de mediar entre la izquierda cavernícola y el capitalismo financiero que se llamó Lula da Silva, a quien Barack Obama, el gran emergente de la crisis de 2008, trató de convocar para salvar la democracia liberal tanto de los globalizadores financieros como de los antiglobalizadores ideológicos. A ellos se les plegó Merkel, una conservadora magnífica y progresista que aún hoy, en su ocaso, sigue tratando de salvar la Unión Europea de los nuevos bárbaros que desde adentro intentan volver a la Edad Media.

Con el reemplazo de la era Obama por la era Trump esa segunda etapa de la globalización finalizó y desde 2017 un nuevo populismo hace su aparición triunfal al dejar de ser una fuerza minoritaria, contestataria y antisistema y devenir como el poder político en países como EEUU, Gran Bretaña, Brasil, Italia y casi toda Europa del Este, ahora por derecha, con sus proclamas antiglobalizadoras, aislacionistas, proteccionistas, nacionalistas y antiinmigratorias.

En este nuevo marco se acaba de desarrollar la reunión del G20 en Buenos Aires, en el momento de mayor decepción con la democracia liberal de la que se tenga memoria en muchas décadas. Con un Occidente cada vez más antiglobalizador y un Oriente (encarnado por China) cada día más deseoso por quedarse con las anteriores banderas occidentales de la globalización abandonada, pero sin el menor interés por la democracia y el liberalismo que las acompañaron.

Angela Merkel está haciendo las maletas frente a la amenaza antiliberal y antieuropea que crece en su país, y quien supuestamente vino a continuarla, el francés Emmanuel Macron asiste perplejo al G20 mientras París se incendia en manos de manifestantes que nadie atina a definir si son de derecha, de izquierda o de cualquier otro color o filiación. Pero que sin duda le ofrecen la decadencia anticipada a uno de los últimos defensores de la democracia liberal y la Unión Europea.

Frente a ese mundo complejo adquiere protagonismo Mauricio Macri con su presidencia rotativa del G20 sin tomar definición rotunda por ninguna de las partes. Su gobierno fue hasta ahora el intento de imponer en la política nacional la cultura de esos Ceos de la primera etapa de la globalización (quizá por eso le está yendo tan mal como les fue a ellos con su modo tecnocrático de ver la política) pero con una línea ideológica más cercana a los reformistas liberales como los citados González, Cardoso, Lagos, Obama o Merkel. Lo que pasa es que en su intento se quedó solo porque el mundo cambió hacia otra dirección. Sin embargo, es una dirección que, paradójicamente, sus principales representantes -los populistas de derecha- no sienten a Macri como un enemigo sino como un aliado, en particular por ser quien le hizo frente al populismo de izquierda de los Kirchner o los Maduro.

Por su lado, pensando más en las elecciones de 2019 y en sus juicios por corrupción que en el mundo, la expresidenta Cristina Fernández parece haberse dado cuenta que su contracumbrecita previa a la Cumbre del G20 fue apenas una suma de viudos tristes de un populismo fenecido y entonces le dejó el espacio de la protesta del G20 a la izquierda tradicional que hizo de su queja una movilización folklórica intrascendente.

Así, por esa suma de acontecimientos, el presidente Macri pudo convertirse dentro del G20 en el representante más cabal de la ancha avenida mundial del medio, esa que trata de equilibrar entre los extremos que intentan empujar al mundo para un lado o para el otro, pero que lamentablemente hoy casi no tiene defensores en ninguna parte.

Habrá que ver si Macri puede sostenerse en ese precario equilibrio, que sin dudas es mejor para el país que las relaciones carnales de Menem o cualquiera de las antiglobalizaciones populistas, ya sea en la versión kirchnerista o en la de Bolsonaro. Al menos, por un par de días pudo vivir a la felicidad de que ello puede ser posible. Y por si eso fuera poco, también le alcanzó para olvidarse por un rato de ese país de hinchas de Boca y River que está gobernando y que lo tiene tan a mal traer.

Carlos Salvador La Rosa
clarosa@ losandes.com.ar

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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