Viernes, 07 Diciembre 2018 00:00

Se fueron las visitas y hay que limpiar la casa

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La política internacional no es un juego de visitas sino una tarea colectiva que se hace en casa. El país debe afrontar esos desafíos acelerando reformas que impulsen el incremento de su productividad, ofrezcan seguridad jurídica a mediano y largo plazo.

 

La reunión del G20 en Buenos Aires se concretó en paz, concluyó con un plausible comunicado final que mostró algunos consensos (y, como era de esperar, postergó otros). La cumbre dejó un balance más que positivo para el país y también para el gobierno de Macri.­

Como postre de estas jornadas, el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping estableció una tregua en la llamada guerra comercial que venía alterando a los mercados y marcó probablemente el inicio de una nuevo orden bipolar (hecho de competencia y convergencia) que algunos han bautizado como G2.

Sin duda el bochorno y la violencia que frustraron el partido Boca-River (que ahora, irónicamente, dirimirán la final de la Copa Libertadores de América en la capital de la madrepatria) habían rodeado de expectativas ominosas la realización del gran encuentro del G20.

Pero la cumbre mundial fue un gran logro, tanto en materia de seguridad como en materia política. Merecía tranquilidad interior. Y la obtuvo. Por comparación con lo ocurrido en cumbres anteriores, la reunión de Buenos Aires fue el reino del sosiego.

Hubo protestas, hubo contracumbre pero no hubo violencia. Los movimientos sociales cooperaron en el mantenimiento del orden en esas demostraciones y aislaron y mantuvieron marginados a los grupos que, en nombre del anarquismo, pretendieron practicar ejercicios agresivos. El dispositivo oficial encargado de garantizar la calma tuvo -a diferencia del que fracasó en el episodio futbolístico de una semana antes- un despliegue meditado, eficiente y convincente. La ministra Patricia Bullrich se acreditó una buena nota y de inmediato el gobierno se dispuso a sacarle rédito político: proveer seguridad confiable promete respaldo electoral.

Por su parte, la oposición política acompañó con comprensión este momento. El peronismo alternativo sumó varias de sus figuras a actos sociales programados en el marco de la cumbre.

La señora de Kirchner, a su vez, desalentó el activismo de sus seguidores. Eligió la moderación, tal vez anoticiada de que la opinión pública le hubiera cuestionado otra actitud. El hecho de que ella adopte algunos consejos de mesura de ciertos asesores quizás obedece a la comprensión de que hay un giro en la situación general. ¿Anticipa esa conducta un cambio de modulación en su proyección electoral? Aunque ella nunca tuvo demasiado cariño por Juan Perón, tal vez le venga a la memoria aquella máxima del General que aconsejaba no cambiar de caballo en medio del río.

AVENIDA DEL MEDIO

En vísperas de la cumbre, algunos analistas exhortaron al Presidente a tomar partido en la competencia que se libra entre las dos primeras potencias, Estados Unidos y China. No parece que ninguna de ellas necesite de Argentina en esa pulseada, ni el país tiene fuerza o relevancia suficiente para zanjarla.

Más bien su mejor aporte es la asociatividad con ambas y la apuesta a encontrar con una y con otra puntos de conveniencia mutua, que contribuyan a mejorar la situación del país y la cooperación colectiva.­

Los Estados Unidos que preside Donald Trump están creciendo vigorosamente, mantienen su hegemonía estratégica y su ventaja en la decisiva carrera tecnológica. La China que preside el secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, ha realizado en las últimas cuatro décadas el mayor milagro económico, se ha convertido en segunda potencia mundial, aporta la tercera parte del producto mundial, desafía a Estados Unidos en el terreno de la alta tecnología, ha crecido durante cuarenta años a ritmo vertiginoso (y sigue haciéndolo, ahora modestamente, al 6 por ciento anual), se apresta a erradicar por completo la pobreza.

El respaldo del Estados Unidos de Donald Trump fue decisivo para que Argentina consiguiera los dos sucesivos aportes del Fondo Monetario Internacional, sin los cuales la economía del país habría recaído en el quebranto. Washington ha decidido cooperar con el país dando alicientes a empresas estadounidenses que inviertan en Argentina y exceptuando al país de barreras proteccionistas que ha decidido imponer a otras economías.

En cuanto a China, el propio Xi Jinping ha hecho un recordatorio de su importancia para Argentina: “Hoy por hoy, China es el segundo socio comercial y primer destino de la exportación agroalimentaria argentina. El comercio bilateral alcanzó los 13.800 millones de dólares en 2017, multiplicándose por casi 2.300 veces respecto a la cifra cuando se iniciaban las relaciones diplomáticas. A los consumidores chinos les encantan las frutas, la carne vacuna, el vino y los mariscos, entre otros productos argentinos. Superan los 10.000 millones de dólares las inversiones chinas en Argentina, que abarcan infraestructuras, energía, comunicaciones y agricultura, y crean decenas de miles de empleos locales. La cooperación financiera, que incluye el intercambio de monedas (swap) ampliado y la apertura de filiales de instituciones financieras chinas en Argentina, están al servicio del desarrollo socioeconómico del país''.

COMPETENCIA

Las dos grandes potencias, que compiten por prevalecer en el terreno estratégico de las tecnologías más avanzadas, libran también una competencia de prestigio mundial.

Pekín, convertida en paladín del comercio libre y sin restricciones, describe implícitamente a los Estados Unidos de Trump como responsable de obstrucciones a la cooperación mundial tanto en materia de intercambio como en relación con aspectos ambientales.

Washington, por su parte, alienta en su beneficio desde las clásicas aprensiones sobre el comunismo hasta la inquietud que puede despertar una potencia del tamaño y el formidable crecimiento y poder de China.

En el inicio de la reunión del G20, después del primer encuentro entre Trump y Macri, la vocera del presidente de Estados Unidos pretendió afiliar compulsivamente a Macri a los conceptos de Washington y afirmó que "ambos presidentes" habían coincidido, entre otros puntos, en considerar la conducta económica china como ``predadora''.

Esa frase obligaba a una desmentida. Primero tomaron distancia el canciller argentino, Jorge Faurie y el embajador en Pekín, Diego Guelar. Al cierre del encuentro, lo hizo el propio Macri: "Argentina - dijo- no ve la presencia de inversiones China como una amenaza, sino como una oportunidad de trabajo y desarrollo para todos los argentinos''.

De paso, el Presidente tomó distancia de quienes lo instan a que opte por una u otra potencia (preferentemente por una): "He escuchado estos días -comentó- que uno iba a tener que elegir (Estados Unidos o China). Argentina ha demostrado especialmente que somos capaces de tener muy buenas relaciones con todos los países. Hoy podemos decir que tenemos una excelente relación con Estados Unidos, y también con China, que vamos a tener una bilateral mañana y vamos a pasar varias horas con Xi Jinping, que cada vez se hace más fanático de la Argentina". A su manera, Macri se pronunció en este tema de tan grande importancia, por la avenida del medio.

OTRO MUNDO

Hemos señalado en esta columna que el consenso sobre la reinserción de Argentina en el mundo (que empezó a manifestarse prácticamente con la asunción de Mauricio Macri y la aprobación de las leyes que lo facilitaron) ``parece haberse ampliado''. Lo corrobora la actitud del conjunto de las fuerzas políticas ante la ocasión del G20.

Las nuevas condiciones del mundo y de la región plantean desafíos grandes, que deberá afrontar no solo el gobierno, sino el conjunto del sistema político que empezó a tejerse en la confrontación con el aislamiento que imperaba en el régimen anterior. A ese sistema político -del que algunos, inclusive en el gobierno, sospechan- se refirió elogiosamente el reelecto presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, llamándolo con desafiante ironía la rosca.

Ese sistema, que incluye negociaciones, acuerdos y también presiones recíprocas y arduas discusiones, es el que permite contar con la gobernabilidad que el país necesita para volver al mundo.

En cualquier caso, el mundo en el que es necesario reinsertarse dista de caracterizarse por la homogeneidad y tampoco se compone de algún conjunto de “políticas homologables” como -añorando un imaginado orden liberal- dibujan algunos comentaristas. Señala el lúcido estudioso George Friedman: "El problema es que el orden liberal nunca existió realmente. Y su nostalgia es peligrosa si lo que se busca es una ficción''.

Tuvimos a la vista el escenario del G20. Lejos de lo idéntico, fue más bien una muestra de convivencia de lo diverso: Trump, el presidente turco Erdogan, el príncipe saudita Bin Salman, Xi Jinping, Putin, Theresa May, el español Pedro Sánchez, por citar sólo algunos ejemplos.

Más que políticas homologables el mundo toma en cuenta la relevancia, la gobernabilidad y la capacidad para convivir y competir al mismo tiempo.

Ese mundo, para la Argentina, comienza en la región, donde el Brasil, que en unos días comenzará a aplicar el programa de Jair Bolsonaro, impulsará sin duda al Mercosur a una estrategia de rápida apertura.

El país debe afrontar esos desafíos acelerando reformas que impulsen el incremento de su productividad, ofrezcan seguridad jurídica a mediano y largo plazo. Las inversiones llegarán con mayor intensidad cuando Argentina corrija sus problemas de fondo, mejore tanto su entorno institucional como su infraestructura y su capacidad logística. Cuando asuma que el secreto de la nueva economía pasa por la integración en las grandes cadenas productivas mundiales, en el seno de las cuales se despliega el 80 por ciento de los intercambios comerciales del planeta, para valorizar en ellas sus capacidades y ventajas competitivas.

Si termina de afianzarse el nuevo consenso de la vinculación con el mundo, el debate que podría desarrollarse a partir de esta cumbre y con vistas al paisaje político venidero pasaría, no ya por una disyuntiva entre apertura o aislamiento, sino por las estrategias de apertura, por la discusión de las reformas indispensable y por las proporciones en que el poder atenderá la voz de los mercados y las de la sociedad sobre la que se asienta; las voces del mundo y las de la nación, que no siempre son coincidentes.

La política mundial de la Argentina no es -ni sólo ni principalmente- un juego de visitas, sino una tarea colectiva que se hace ante todo en casa.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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