Jueves, 13 Diciembre 2018 00:00

La desmesura termina “clausurando” las ambiciones personales de muchos políticos

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Muchas desmesuras conceptuales, consisten en el intento para deformar la realidad por parte de aquellos que buscan “interpretarla”, utilizando una suerte de moralina propia de “misioneros divinos”.

 

En ese aspecto, una gran mayoría de nuestros políticos hablan y escriben con palabras y frases que contienen casi siempre una censura de las costumbres de una sociedad a la que intentan “reformar” (¿), para que no naufrague –supuestamente y según ellos-, como si debiésemos cumplir una condena por nuestra naturaleza “pecadora”.

Friedrich Nietzsche solía decir que muchos políticos “se agolpan hacia la luz, no para ver mejor, SINO PARA BRILLAR MÁS”. Y en ese esfuerzo, también desmesurado, no parecen necesitar a nadie que los refute, porque, irónicamente, se encargan de hacerlo por sí mismos cada vez que acceden al poder y deben enfrentarse con una realidad que han insistido en negar empíricamente desde el llano.

Más aún, para abundar en su excelsa “pontificación”, tratan de ahuyentar cualquier acusación de quienes les enrostran muchas veces –con alguna perversidad, claro está-, ser meros charlatanes a los que no les ha ocurrido nada importante en su vida, volviéndose de tal modo “exquisitamente” autorreferenciales para no ser tenidos por acomplejados o por imbéciles.

Finalmente, terminan sufriendo los efectos de una metáfora del mismo Nietzsche, que asegura con crudeza que “quien se pone unos harapos muy limpios va vestido con limpieza, es cierto, PERO CUBIERTO DE HARAPOS”.

La desmesura en la política, suele ser el arma “pedagógica” de quienes se consideran un paradigma gigante de la interpretación que debe darse a la naturaleza de las cosas, a fin de que ésta logre adaptarse “a las necesidades de la gente” (¿), utilizando para ello un discurso plagado de silogismos y contradicciones.

Se ha extendido así una corporación de individuos eminentemente discursivos que se sienten con el derecho de elevar sus opiniones sobre las de los demás con el objetivo de medir la realidad con un solo metro: el suyo. Lo que constituye de por sí un elogio tácito de la desmesura.

Si midiéramos las diferencias y similitudes existentes entre el kirchnerismo y el PRO, llegaríamos a la conclusión que el “relato” de sus protagonistas políticos ha sufrido, más allá de aciertos y de errores, la impronta de una épica imprudente y desmesurada.

Las dificultades emergentes de un discurso que se fue agotando frente a “las evidencias de la naturaleza de las cosas” (siempre Nietzsche), parecen haber obligado al gobierno de Cambiemos a efectuar ciertas correcciones en estos días, ante el peligro de quedar devorado por las consecuencias de sus propias desmesuras, dando así muestras de haberse convencido que no posee las dotes “especiales” de las que creía estar imbuido –ni haber formado “el mejor equipo de los últimos 50 años” (sic)-, para comenzar a ocuparse con más ahínco de ciertas cuestiones “pedestres” que constituyen, y constituirán siempre, los objetivos a que aspira una gran mayoría de la sociedad.

En efecto, su reciente preocupación por corregir algunos de sus desbordes económicos populistas y el haberse decidido a enfrentar con más énfasis a una delincuencia atrincherada detrás de unos falsos derechos humanos, parecería indicar que ha comenzado una etapa de contención más “justa” de dispendiosos y malhechores simultáneamente.

A nuestro modo de ver, esto ha ocurrido porque “quien no haya sentido en la mano palpitar el peligro del tiempo”, como decía Ortega y Gasset, “no ha llegado a la entrada del DESTINO y no ha hecho más que acariciar su mórbida mejilla. Un ingrediente terrible lo pone la arrolladora sublevación de las masas, imponente, indomable e inequívoca como todo destino”.

Son esas masas las que terminan decidiendo sobre el nacimiento y/o el ocaso de los políticos al momento de votar, siguiendo preferencias que están siempre ligadas a la percepción de lo que les está ocurriendo a cada instante.

Por incurrir en actos desmesurados cayeron –por dar algunos pocos ejemplos-, en los 50 el gobierno de Juan Perón, cuando decidió arrasar literalmente con opositores, instando a sus partidarios a atarlos con alambre de fardo para encarcelarlos luego sin misericordia, mientras quemaba las iglesias; como así también los gobiernos militares de los 70 que revoleaban por el aire a los subversivos haciéndolos “desaparecer”, mientras desafiaban, al mismo tiempo, el poderío bélico de Gran Bretaña invadiendo las Islas Malvinas; y Carlos Menem cuando comenzó a participar en actos de dudosa transparencia como la voladura de la fábrica militar de Río Tercero y anuncios alocados como la construcción de “naves espaciales que surcarán la atmósfera para llegar a la estratósfera, que nos permitirán llegar a cualquier lugar del planeta en una o dos horas COMO MÁXIMO” (sic); y Cristina Kirchner cuando pretendió continuar la política corrupta de su marido y comenzó su delirio de sentirse émula de Napoleón y los arquitectos egipcios, montando una red de sumisión ESCANDALOSA, etc.

Ejemplos como éstos sobran y llenarían largas páginas de nuestra historia política contemporánea.

Para finalizar nuestras breves reflexiones, queremos reproducir unos dichos de Zygmunt Bauman que se relacionan de algún modo con la renovada actitud de Cambiemos que hemos mencionado precedentemente y cuya sustentabilidad se comprobará en los próximos meses: ”la inseguridad (esto vale tanto para los asuntos económicos como la delincuencia) ha venido para quedarse, suceda lo que suceda”, decía el filósofo; “por lo tanto, lo que nos queda, lo que requiere nuestro esfuerzo y nuestra atención, es luchar PARA NO PERDER, e intentar estar al menos entre los CAZADORES, puesto que la única alternativa en caso contrario ES PASAR A ENGROSAR LAS FILAS DE LOS CAZADOS”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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